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6. Una luz en el horizonte

"Alzo mis ojos a los montes: ¿de dónde vendrá mi auxilio?" (Sal 121,1)

Justicia. Hemos ido analizando las consecuencias que el pecado introdujo en la historia de la humanidad. Lo cierto es que el hombre se vio metido en un problema que él no podría nunca solucionar. La justicia de Dios exigía además el cumplimiento de la pena que acarreaba el pecado: la muerte. Si el castigo no se ejecutaba, ¿cómo se haría justicia? Dios no podía pasar por alto el pecado y declarar, sin más, inocentes a los hombres. Por otro lado, el hombre era cautivo del diablo, convertido en "príncipe de este mundo" (Jn 12,31). ¿Quién podría arrebatarle la autoridad en la tierra al diablo si Dios se la había otorgado al hombre, que había cedido voluntariamente a la tentación de Satanás?

Dios no se echa atrás. Sin embargo, Dios demostró que no dejó al hombre solo a su suerte. Cuando maldijo a la serpiente hizo una promesa: "Enemistad pondré entre ti y la mujer, y entre tu linaje y su linaje: él te pisará la cabeza mientras acechas tú su calcañar" (Gn 3,15). De la simiente de la mujer saldría alguien que se enfrentaría al diablo, pero evidentemente alguien que no llevase la semilla del pecado, alguien capaz de revertir las consecuencias de la rebeldía de la humanidad, alguien capaz de acabar con el pecado, con su inductor y con la muerte. Una luz se vislumbraba en el horizonte, una esperanza para todo el género humano.

El amor de Dios. Dios había creado al hombre a su imagen por amor. Ahora en el hombre se había distorsionado la semejanza de su Creador, perdiendo la vida en el espíritu, por lo que Dios ahora dice: "eres polvo y al polvo tornarás" (Gn 3,19), señalando lo que nos queda y lo que realmente somos sin él. Sin embargo, Dios siguió amando al hombre, y quiso ver en él su imagen restaurada. Para ello, el Espíritu de Dios buscó tener amistad y comunión con hombres justos, de corazón recto, a los que mostró misericordia y libró de peligros y males. La historia de la relación de Dios con los hombres se revela así como una historia de amor y una historia de salvación.

  • Lo vemos, por ejemplo, con Henoc. De él dice la Escritura: "Henoc anduvo con Dios, y desapareció porque Dios se lo llevó" (Gn 5,24).
  • O con Noé y su familia: "Noé fue el varón más justo y cabal de su tiempo. Noé andaba con Dios" (Gn 6,9). Y Dios estableció una alianza con él para librarlo del diluvio y servir para repoblar la tierra.
  • La historia de Abraham también es muy significativa. Abraham no sólo anduvo en amistad con Dios, sino que recibió la promesa de Dios de ser padre de muchas naciones y otra tremenda promesa: "una alianza eterna, de ser yo el Dios tuyo y el de tu posteridad" (Gn 17,7), bendiciendo así a la descendencia de Abraham.
  • Dios confirmó su alianza con la descendencia prometida a Abraham: su hijo Isaac, su nieto Jacob (o Israel), y los hijos de Jacob: José y sus hermanos, que dieron origen a las tribus de Israel.
  • José libró a sus hermanos de la hambruna, más adelante Moisés libró a los israelitas de la esclavitud de Egipto, y muchos otros hombres y mujeres fueron escogidos por Dios para ser instrumento de liberación para su pueblo, salvación de sus enemigos y para guiar al pueblo a Dios: Josué, Gedeón, Samuel, David, Elías o Ester, entre otros.

Especialmente en tiempos de Moisés, el pueblo vio sobremanera la salvación de Dios: fueron librados de la muerte en Egipto, cuando pasó el ángel exterminador, librados de sus enemigos cuando cruzaron el Mar Rojo, o librados de la muerte por la picadura mortal de las serpientes en el desierto.

Alianza. Siempre Dios quiso proteger de la destrucción a un resto de entre los hombres y hacer alianza con ellos, fuese a través del diluvio, haciéndoles escapar de una generación perversa, o más tarde dando sus leyes y prohibiendo la idolatría a un pueblo que él se escogió. Esa lucha por la justicia mantuvo la esperanza de que un pueblo santo se librase de la ira que la justicia exigía por el pecado. Sin embargo, las transgresiones a la ley encerraron a este pueblo en la condenación. Alguien tendría que cumplir toda la ley, toda justicia, alguien que no transgrediese la ley sino que la encarnase en integridad, sólo un justo podría traer la salvación a todo el pueblo y no sólo librarlos de la maldición del pecado, sino también de la maldición de la ley, puesto que al fallar a la ley se hicieron además merecedores de las maldiciones contenidas en la ley.

Redención. En las leyes que Dios dio a su pueblo estableció que cada siete años, en el año sabático, se devolviese todo lo que había sido empeñado en el pago de las deudas. Suponía un gran alivio, aplazando un año el pago de las deudas y permitiendo recuperar todo lo empeñado hasta ese momento, incluido el trabajo como esclavo de algún familiar o alguna tierra cuyos frutos todos esos años habían estado comprometidos por la deuda: "Cada siete años harás remisión. En esto consiste la remisión. Todo acreedor que posea una prenda personal obtenida de su prójimo, le hará remisión; no apremiará a su prójimo ni a su hermano, si se invoca la remisión en honor de Yahveh" (Dt 15,1-2).

Pero había un día que todos esperaban. Cada siete años sabáticos, tras cuarenta y nueve años, llegaba la redención y el perdón de todas las deudas, coincidiendo con el día de la fiesta de la expiación por el pecado: "Entonces en el mes séptimo, el diez del mes, harás resonar clamor de trompetas; en el día de la Expiación haréis resonar el cuerno por toda vuestra tierra. Declararéis santo el año cincuenta, y proclamaréis en la tierra liberación para todos sus habitantes. Será para vosotros un jubileo; cada uno recobrará su propiedad, y cada cual regresará a su familia" (Lv 25,9-10). Era una oportunidad que se presentaba una vez en la vida, y suponía la liberación completa de las cargas y la remisión completa de las deudas de todos los habitantes, permitiéndoles comenzar una nueva vida, recuperando la libertad quien la había perdido, recuperando sus tierras, pudiendo reunirse nuevamente las familias que se habían visto separadas por la esclavitud. Era una verdadera nueva oportunidad.

La sombra y la luz. Toda esta historia de salvación que hemos ido recordando a grandes trazos no es sino sombra de la luz que supondría la liberación definitiva, la salvación definitiva de todos los males. Si Dios intervino en favor de un pueblo, a través de hombres enviados por él, ¿no podría enviar a alguien especial, que representase a toda la humanidad, para librar de todos los males a los hombres?

Efectivamente, para que todos estos hitos fuesen posibles, debía ser además en virtud de una salvación definitiva, como anticipando y recibiendo el alcance de una obra completa y suficiente. No fueron batallas de una guerra de final incierto, fueron fruto de una victoria que trascendió al tiempo.

Si Henoc se libró de la muerte fue porque alguien caminó con él que le acercó la redención, si Noé se libró de las aguas fue porque alguien iba con él dirigiendo aquel arca, si Moisés atravesó el Mar Rojo fue porque alguien lo abrió para él y para todo el pueblo de Israel y caminó delante de ellos, alguien ante quien la muerte, el mar y las aguas tenían que retroceder. Alguien que era el esperado de los siglos, ¡se hizo presente entre ellos!

La sentencia que pesaba sobre la humanidad decía: "morirás sin remedio" (Gn 2,17). ¿Qué remedio podía esperar la humanidad entonces? Tan sólo una redención de un año de gracia especial, un tiempo de jubileo definitivo, en que alguien asumiese la deuda, el pecado, la culpa y la muerte de la humanidad, e hiciese revivir a los que murieron y diese vida nueva a los hombres. Una oportunidad única, que sólo se podría presentar una vez, pero que sería suficiente para quien invocase la remisión, como en el Antiguo Pacto, pero esta vez para siempre. Era necesaria una alianza nueva, una alianza que trajese la salvación definitiva. ¿Pero quién sellaría esa nueva alianza entre Dios y los hombres? ¿Quién podría ser el redentor y salvador?

Preguntas para el diálogo:

  • ¿Qué exige la justicia de Dios?
  • El amor de Dios al hombre, ¿a qué le motivó?
  • ¿De qué o de quién nos habla la historia de la salvación?

 

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