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5. A la búsqueda de una solución

"¡Quién me diera alas como a la paloma para volar y reposar!" (Sal 55,6)

¿Y ahora qué? Si los problemas en los que el hombre se ve metido y en los que se mete son tan numerosos y tan graves, aunque los frentes se acumulen nos exigen continuamente dar una respuesta o buscar una solución o una salida. No podemos escapar a una tozuda realidad que nos reta constantemente a luchar: "¿no es una milicia lo que hace el hombre en la tierra?" (Job 7,1).

Misterio. Todos los hombres buscamos la felicidad. Sin embargo, nuestra experiencia frustra y contradice este anhelo. Muchos de los problemas que nos acosan constituyen un misterio para el hombre, se sitúan más allá de nuestra capacidad para explicarlos y no es sencillo por tanto responder de forma cabal a ellos.

  • El dolor. Es quizá la experiencia más temida. ¡Tantos esfuerzos de los hombres tienen como fin huir del dolor! Pero la realidad es que la vida de muchos seres humanos está marcada de una u otra manera por experiencias más o menos puntuales o continuadas de dolor: enfermedades, depresiones, pérdidas, frustraciones, dramas personales, experiencias traumáticas y un sinfín de heridas que puede acumular el alma. No sólo luchamos contra el dolor y queremos vernos libres de él, sino que nunca podemos llegar a asumirlo como propio, quisiéramos de alguna manera despegarlo de nuestra existencia y enviarlo a otro mundo. Pero ahí sigue, pisándonos los talones y amenazando nuestras vidas sin piedad: "Yo esperaba la dicha, y llegó la desgracia, aguardaba la luz, y llegó la oscuridad. Me hierven las entrañas sin descanso, me han alcanzado días de aflicción" (Job 30,26-27).
  • La muerte. Es el misterio por excelencia que nos interpela y nos deja sin argumentos. Muchas veces queremos olvidarnos de su presencia, pero implacablemente nos recuerda que a cada uno de nosotros, más temprano o un poco –no mucho- más tarde, nos va a visitar. Y surgen las preguntas: ¿cuál es el sentido de la muerte?, ¿y cuál el sentido de la vida, si vamos a morir?, y sobre todo: ¿qué hay después de la muerte?
  • Las injusticias. En este aparente desorden en que el hombre se ve inmerso, nos preguntamos si hay recompensa para los que buscan la virtud y los que tratan de obrar el bien. ¿O se trata de un esfuerzo estéril visto el aparente triunfo muchas veces de los que obran sin respetar a nada ni a nadie? ¿Cómo pueden darse tantas injusticias en el mundo, que sufren casi siempre los más inocentes y desvalidos? ¿Habrá un castigo para los que cometen estas injusticias y oprimen y explotan a los demás? Job se interrogaba: "¿Por qué siguen viviendo los malvados, envejecen y aún crecen en poder?" (Job 21,7).
  • Los desastres naturales. Con una frecuencia que sin embargo no permite que nos acostumbremos, ocurren grandes tragedias con la pérdida de numerosas vidas a manos de terremotos, inundaciones, huracanes y otros implacables azotes de la naturaleza. Nos sentimos impotentes, desamparados, diminutos, cuando los elementos se sublevan. Una pregunta se repite entre los que lo han perdido todo o, todavía peor, han perdido a seres queridos: ¿Por qué?
  • El mal en sí mismo es el gran misterio al que se enfrenta el hombre, un contrincante con mil rostros que no sabemos nunca por dónde puede atacarnos. Su sola existencia hace que experimentemos el vértigo de un abismo del que sin embargo no sabemos cómo escapar: "Porque ha ardido como fuego la maldad, zarza y espino devora, y va a prender en las espesuras del bosque: ya se estiran en columna de humo" (Is 9,17).

Soluciones. ¿Cuál es la solución que toma la gente? Muchas y muy variadas. En general, se trata de buscar medios para salir de los males y disfrutar de los bienes, sobrepasar los problemas y alcanzar la tan ansiada felicidad. En definitiva, buscar salidas o caminos de salvación. Son "soluciones" en las que los hombres ponen su confianza.

  • El dinero. Suele ser la primera solución de emergencia. Cuando hay problemas, los hombres solemos confiar en el dinero, esperamos que nos proteja de los males y nos dé la felicidad. Para muchos termina siendo la obsesión y el dueño de sus vidas. Muchos argumentan que el dinero no da la felicidad pero ayuda. Sin embargo, en numerosas ocasiones en vez de resultar de bendición llega a ser una verdadera maldición, provocando allí donde abunda ruina moral, división familiar, enfrentamientos y rencillas, egoísmos, e incluso crímenes. Cualquier desastre puede llegar donde se sirve al dinero: "la raíz de todos los males es el afán de dinero" (1 Tm 6,10). Los que confían en sus riquezas pueden encontrarse con este terrible final: "¡Necio! Esta misma noche te reclamarán el alma; las cosas que preparaste, ¿para quién serán?" (Lc 12,20).
  • El placer. Para muchos, la búsqueda del placer es el único sentido de su vida, y la motivación de todo lo demás que hacen. Sin embargo, los placeres que la vida presente nos ofrece, además de fugaces, no nos conducen a ninguna parte, sino a las profundidades del océano del vacío, arrastrados por las olas que dejaron en la costa la espuma da su vergüenza. Quien se convierte en esclavo de los placeres suele perder pronto cualquier nobleza de espíritu y su propia dignidad. Éstos son los que dicen: "¡Comamos y bebamos, que mañana moriremos!" (Is 22,13).
  • El conocimiento. Muchos hacen del estudio, de la ciencia, su dios. Pero no podemos poner toda nuestra confianza en el conocimiento o esperar de él la salvación: la ciencia sola hincha (cf. 1 Co 8,1). El conocimiento es necesario, pero por sí solo no es capaz de cambiar nuestro corazón ni dar vida a nuestro espíritu.
  • El esfuerzo humano. Hay doctrinas humanistas que exaltan la capacidad de auto-superación del hombre, o ciertas filosofías del pensamiento positivo, que nos tratan de enseñar a ver la realidad más agradable. Muchos tratan de seguir todas las normas que encuentran: la moral, la ley, la psicología, incluso siguen lo que los demás esperan de ellos… Es cierto que el esfuerzo del hombre le puede hacer llegar muy lejos; pero, ante los problemas que tratamos, confiar en nuestras propias fuerzas es, además de ingenuo, un fraude, pues si "todos pecaron y están privados de la gloria de Dios" (Ro 3,23), si todos somos pecadores, ¿cómo puede salvarse a sí mismo y tener la solución para el pecado alguien que es pecador?
  • La evasión. El egoísmo y el individualismo nos ofrecen otra salida: evadirnos de la realidad. Muchos prefieren así "vivir en su mundo", o probar las drogas, o llegar incluso al suicidio (camuflado en estos tiempos de eutanasia). Además de cobarde, obviamente la evasión no se revela como una verdadera solución.
  • Las religiones. Son la búsqueda que el hombre hace de Dios, intentando alcanzar lo trascendente y prolongar su vida en una vida mejor tras la muerte: "¡Quién me diera saber encontrarle, poder llegar a su morada!" (Job 23,3). Pero, ¿responderá Dios a este deseo del corazón del hombre?, ¿lo estarán buscando los hombres adecuadamente? Son muchas las religiones que existen, lo que habla de la búsqueda casi universal del hombre de lo sobrenatural y de Dios, pero muy a menudo estas religiones atan al hombre a la práctica de una serie de preceptos y a realizar una serie de sacrificios cuya eficacia se antoja infundada: ¿será suficiente el simple esfuerzo de los hombres por agradar a Dios? (y además al modo en que los hombres piensan que agradan a Dios). Las prácticas religiosas son muchas veces una especie de barniz que no sirve nada más que para engañarnos, porque por fuera parecemos presentables. Lo mismo ocurre con los sepulcros blanqueados, en los que la blancura de fuera no cambia la horrible realidad de dentro: ¡corrupción y muerte!
  • Lo preternatural. Dentro de la búsqueda espiritual hay un campo que denominamos preternatural para diferenciarlo de lo sobrenatural. Es el terreno del diablo. Muchos, con engaño o más o menos conscientemente, se introducen en este terreno buscando una ayuda para su vida y un alivio para sus problemas. En este apartado entran la magia, la brujería, el espiritismo, la adivinación, ciertas técnicas, filosofías, sectas y cultos gnósticos o de la Nueva Era (como por ejemplo las doctrinas neo-panteístas que hablan de una realidad espiritual en la que existirían una serie de energías positivas y negativas, que los "iniciados" –tras pagarles el curso correspondiente- explican cómo usar supuestamente en nuestro beneficio), y finalmente los cultos satánicos. Lamentablemente son muchos los que se adentran en este campo, de consecuencias terribles para los que por él caminan. Es como buscar apagar un incendio con la ayuda de gasolina o dinamita: quien tiene la gasolina o la dinamita puede pensar que ha alcanzado cierto poder, pero es el poder incorrecto, que se vuelve en seguida contra él, explotando en sus manos o haciéndole abrasarse en el incendio en vez de sofocarlo. Si alguien busca salvación estando en las manos del diablo, ¡que sepa que no va sino al abismo!

Podríamos seguir alargando la lista. Mas, ¿tantos salvadores y todavía tanto mal en el mundo? Con tantos caminos para lograr la felicidad y sobrepasar los problemas el mundo a estas alturas debería ser un mar de rosas; pero no es así; al contrario, parece que los problemas son cada vez más y mayores y la felicidad queda cada vez más lejos. ¿Será que nuestros "salvadores" fallan?

En resumen. La moral, la ley, la conciencia, la política, las religiones, etc., sólo demuestran que somos pecadores e incapaces de salir de este embrollo, sin solución humana: "Si de hecho se nos hubiera otorgado una ley capaz de vivificar, en ese caso la justicia vendría realmente de la ley" (Ga 3,21). Pero en nuestro pecado estamos "encerrados bajo la vigilancia de la ley" (v.23).

El gran fallo. Uno de los problemas fundamentales a la hora de no encontrar la solución correcta viene de no analizar adecuadamente el origen de todos los males, no afrontando por tanto la realidad del pecado y su gravedad, y nuestra relación con Dios. Hoy más que nunca parece que los hombres no quieren escuchar la palabra pecado, como si fuese una palabra maldita. Cualquier explicación o cualquier escape de la realidad se da por bueno mientras no nos recuerde la existencia del pecado y su fealdad. Quizá porque el pecado es algo que nos interpela personalmente y que no nos permite echar balones fuera, sino que pone al desnudo la realidad de nuestra vida, lo oculto que hay en nuestro corazón… y eso es algo de lo que queremos huir.

Sin embargo, precisamente por querer silenciar la realidad del pecado, sin buscar para ella un remedio, la experiencia de la humanidad es de fracaso tras fracaso, a todos los niveles, pero sobre todo fracaso espiritual, porque el pecado es la enfermedad del espíritu. Aunque pretendamos vestirnos de progreso económico, ocio y cultura para el alma, búsqueda de la salud para el cuerpo, búsqueda de amistades, relaciones interpersonales o amor, …el espíritu humano permanece indigente, y más que pobre, gravemente enfermo, paralítico, …medio muerto.

Preguntas para el diálogo:

  • ¿Cómo suelen reaccionar las personas que conoces ante el misterio de la muerte?
  • ¿Qué tienen en común todos los presuntos "salvadores" que hemos ido enumerando en este tema?
  • ¿Por qué crees que los hombres confiamos tanto en "salvadores" tan limitados y falsos?

 

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