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Arrepentíos y Convertíos

El crecimento cristiano está relacionado con la conversión de tal modo que es impensable sin ella. Ningún cristiano que se precie puede vivir al margen de una actitud permanente de conversión.

Ed CCS, 156 p.
Autor: Maximiliano Calvo.
Primera Edición 1998. Séptima Edición 2008.

 

 

 

 

 

 


Arrepentíos y convertíos

 
Capítulo 9:
Carencias espirituales
 
«Tomás, uno de los Doce, llamado el Mellizo, no estaba
con ellos cuando vino Jesús. Los otros discípulos le decían:
 "Hemos visto al Señor". Pero él les contestó: "Si no veo
 en sus manos la señal de los clavos y no meto mi dedo en
 el agujero de los clavos, y no meto mi mano en su
costa­do, no creeré"»
(Jn 20,24-25).
 
 
1. ¿Enemigos pequeños?
 
          La carne y el mundo son, como hemos visto, los dos obs­táculos más importantes que nos encontramos en el ca­mino de la conversión, pero no son los únicos. Y bien po­demos decir que éstos cuentan con la colaboración de otros, sin los cuales sus éxitos se verían reducidos en bue­na parte. Si tuviéramos, por ejemplo, un conocimiento profundo de las ventajas que acarrea vivir en el Espíritu, y al mismo tiempo de los problemas que origina la rendi­ción a la carne o al mundo, sería mucho más fácil nuestra lucha contra tales enemigos, porque nuestro esfuerzo se multiplicaría. Por eso, recordando aquello de que no hay enemigo pequeño, vamos a dedicar un espacio para la re­flexión sobre estos aliados de los enemigos principales, a los que daremos el nombre de carencias, porque se trata de algo que deberíamos tener y no tenemos, o no lo tene­mos en grado suficiente como para que resulte visible­mente útil y eficaz.
 
2. La conversión primera
 
          Creo sinceramente que el principal problema de la mayo­ría de los cristianos que intentan seguir con cierto grado de sinceridad al Maestro Jesús de Nazaret, tiene que ver con la conversión inicial: nunca han llegado a un verda­dero encuentro personal con Jesús como su Salvador y Señor personal, nunca ha habido un verdadero despegue de la posición en la que han nacido y han ido creciendo, y donde están recibiendo las atenciones masivas que se les da como a rebaño más que como a ovejas. En definitiva, están siguiendo unas costumbres, participan de unos ritos, viven unas leyes, pero no van más allá. ¿Cómo se les pue­de pedir que hagan un Camino que no han descubierto, que beban de una Fuente, de cuya existencia apenas tie­nen noticia, o que sigan a un Pastor, del que han oído ha­blar pero a quien nunca han conocido de cerca?
 
          Tengo la impresión de que la situación interna de la Iglesia de nuestros días está clamando por una primera conversión masiva. A un árbol que está empezando a crecer no se le puede dar el mismo tratamiento que cuando es adulto, ni se puede esperar que dé los frutos que no está en condiciones de dar; lo que necesita es un cuidado que lo lleve al crecimiento, sabiendo que el fruto de mañana depende de los cuidados de hoy. Si no se si­gue este tratamiento, el árbol nunca crecerá y nunca dará buen fruto. Algo así es lo que puede estar pasando entre nosotros: es posible que no se acometa certeramente la primera etapa de la plantación y el crecimiento, como es posible que no se haga con el suficiente acierto o con to­da la entrega necesaria, y hasta es posible que no se cuente con agricultores espirituales suficientes o sufi­cientemente capacitados para este cometido. Lo mismo que del árbol pequeño no podemos esperar el fruto del árbol grande, tampoco del cristiano subdesarrollado se pueden esperar los frutos que corresponden a la madu­rez. Si el profeta Oseas estuviera entre nosotros, tal vez nos dirigiría también aquellas palabras que dijo a Israel de parte de Yahveh:
 
«Yo quiero amor, no sacrificio; conocimiento de Dios, más que holocaustos» (Os 6,6).
 
          A poco que se reflexione sobre nuestra situación ac­tual, se tiene la sensación de que no se da mucha impor­tancia a esta conversión inicial de los cristianos. Parece como si la recepción periódica de algunos sacramentos fuera suficiente garantía de calidad cristiana, cuando la realidad es que también se ha perdido en buena parte la admiración y la valoración por los sacramentos, quedan­do reducidos en muchas ocasiones a un acto de culto co­munitario al que, en opinión de muchos, se puede asistir o dejar de asistir sin hacerse problema de conciencia. ¿Por qué hay fechas concretas del santoral en que se lle­nan las iglesias con personas que sólo en ocasiones excep­cionales acuden al templo, mientras permanecen medio vacías los días festivos ordinarios? ¿Por qué mucha gente que de ordinario no aparece por la iglesia no tiene incon­veniente en pasar a comulgar el día que asiste sin una re­conciliación previa? ¿Por qué el sacramento de la recon­ciliación ha pasado a ser un recuerdo para muchos, que defienden que bastante tienen con confesarse con Dios? ¿Por qué hay con la sexualidad tanta condescendencia, que se puede ver una película erótica sin darle importan­cia, o un empresario de etiqueta «muy cristiana» puede tranquilamente poseer salas de exhibición de películas con cualquier calificación moral —o mejor dicho, inmo­ral— y no se sonroja? ¿Cómo es posible que las celebra­ciones del día de santa Águeda comiencen con una misa por la mañana y terminen con una exhibición de desnu­dos masculinos, en la que una parte de las mujeres asis­tentes son de las que han ido a misa por la mañana, y se queden tan tranquilas?
 
          Creo que se puede afirmar que en la vida de todas es­tas personas no ha habido todavía una conversión real, y que detrás de tales comportamientos hay un problema de engaño y de desconocimiento de la auténtica realidad evangélica o de un simple uso de las cosas de Dios para sus intereses particulares. Al margen de sus apariencias y de sus etiquetas, su servicio es a la carne y al mundo, donde moran y de los que viven. De estos diría el profeta Isaías:
 
«Este pueblo me alaba con la boca, y me honra con los la­bios, pero su corazón está lejos de mí y el culto que me rin­den es puro precepto humano, simple rutina» (Is 29,13).
 
3. Problemas de fe: duda, miedo, seguridades
 
          En la vida en el Espíritu es imposible un crecimiento sos­tenido, si no va acompañado de un crecimiento simultá­neo de la fe. Al fin y al cabo la fe es, por definición, el ci­miento que sostiene nuestra vida cristiana, en cuanto que es «la prueba de las realidades que no se ven» (Hb 11,1). Ahora bien, la fe no puede pasar por alto la oposición de otras realidades de la vida que le son antagónicas, de tal modo que si no prevalece sobre ellas, pagará las conse­cuencias con la derrota. Me refiero en particular a las si­guientes, que son especialmente peligrosas: la duda, el miedo y las seguridades. Por naturaleza, son opuestas a la fe, de tal modo que si ésta crece, aquéllas disminuyen; y si ellas crecen, disminuye la fe. En cualquier caso, son incompatibles y se estorban mutuamente.
 
          A) La duda. Es en parte resultado del vacío de fe, pe­ro también es un factor activo de la mente humana, que se siente incapaz de penetrar las verdades que se le pro­ponen y tiende a rechazarlas o no aceptarlas. Es además, el instrumento que siempre tiene a mano el Maligno para atacar la fe, y que sabe usar con una habilidad impresio­nante. ¿Podemos olvidar que es la primera herramienta que usa en la historia de la humanidad, en la primera ten­tación y en el inicio mismo de la tentación a Eva? Según la narración del Génesis, el primer ataque del Maligno fue de esta manera:
 
«¿Así que Dios os ha dicho que no comáis de ninguno de los árboles del huerto?» (Gen 33,1).
 
          El diablo conoce muy bien el poder de la duda sobre la mente del hombre, oscurecida y debilitada por el peca­do, así como su superioridad intelectual sobre la humani­dad. Juega con tal ventaja que, cuando el hombre acepta el reto de razonar con el diablo —algo que hace con más frecuencia de lo que piensa— difícilmente escapa a la de­rrota. La duda estorba la fe de dos modos: entreteniéndo­la y atacándola. La entretiene con sus planteamientos e interrogantes sobre las realidades espirituales que no pue­de entender y quisiera entender; y la ataca, cuando recha­za de plano las verdades reveladas que la fe acepta y sos­tiene, y de acuerdo con las cuales quiere manifestarse.
 
          Nuestro tiempo se ha convertido en un campo abona­do para la duda. La verdad está hoy en crisis. Hay crisis de verdad en esta sociedad, que durante siglos ofreció unos principios religiosos, éticos y morales aceptados como vá­lidos de generación en generación. Muchos jóvenes y nu­merosos adultos de hoy no aceptan normas de conducta; se limitan a seguir sus inclinaciones y caprichos —que son los de la carne—, o se rebelan contra las normas establecidas y rechazan en la práctica todo principio de autoridad. La institución familiar está gravemente enferma, las rela­ciones humanas son la mejor expresión del egoísmo vi­viente, pocos tienen ideas claras acerca de lo absoluto y lo relativo, de la verdad y la mentira, del bien y del mal, por­que nuestra sociedad ha prescindido de referencias abso­lutas en las que orientarse. El afán de hedonismo arrasa y la sociedad ha prescindido de Dios para constituirse ella misma en su propio dios.
 
          Este mal ha alcanzado a las iglesias cristianas: en cier­tos ambientes se ha puesto en duda la credibilidad de la Biblia como fuente fidedigna de la verdad; la aplicación del método histórico-crítico a la Biblia, como si fuese un libro cualquiera, ha generado un mar de confusión doc­trinal y moral dentro de las iglesias cristianas. Pero el ata­que más dañino ha sido envolver la Palabra de Dios con la duda. Así, la verdad bíblica está sujeta a las investiga­ciones científicas, no pudiendo dar nada por definitivo, sino que hay que esperar a posteriores descubrimientos. Pero la Palabra de Dios tiene un juicio duro para el hom­bre que se deja llevar por la duda:
 
«El que duda se parece a una ola del mar agitada por el vien­to y zarandeada con fuerza. Un hombre así no recibirá cosa alguna del Señor; es un hombre de doble vida, un inconstan­te en todo cuanto hace» (St 1,6-8).
 
          B) El miedo. Es una manifestación patente de la falta de fe. No estamos hablando del miedo como mecanismo de defensa de la naturaleza humana frente a un peligro, que es algo lógico y necesario, sino del que provoca la falta de confianza en Dios, en su Palabra, en su amor y en su poder. Estando Jesús con sus discípulos en una barca, se levantó tal tempestad que las olas cubrían la barca y estaban a punto de perecer; entretanto, el Maestro dormía. Los discípulos, atemorizados, se dirigieron al Maestro y
 
«... le despertaron diciendo: "Señor, sálvanos, que perecemos"» (Mt 8,25).
 
          Pero la respuesta de Jesús dio un giro a la conversa­ción y desvió su atención hacia otro centro de interés:
 
«Díceles: "¿Por qué tenéis miedo, hombres de poca fe?"» (Mt 8,26).
 
          Pero, ¿no es razonable y sensato que los discípulos tu­vieran miedo a la vista de las olas y del peligro de perecer en que se encontraban? No hay otra lógica posible pen­sando humanamente. Ese fue el problema: que pensaban humanamente, mientras el Señor les hizo ver que ya era hora de que pensaran desde la fe. Por esto, en su pregun­ta van unidas las dos palabras: miedo y fe. Más aún: les acusa abiertamente de su falta de fe, que se hace eviden­te por el hecho de tener miedo. No trata de eliminar algo que es natural, y que por lo mismo viene de la mano crea­dora del Padre, sino que se sorprende de que a estas ho­ras su miedo sea todavía mayor que su fe, y de que en el enfrentamiento que han tenido ahora con ocasión de la tormenta en el lago, haya salido vencedor el miedo y de­rrotada la fe.
 
          ¿No es una experiencia igualmente frecuente en nues­tra vida de discípulos? ¡Cuántas veces podría decirnos también a nosotros el Maestro: «hombres de poca fe»! Una señal de que no avanzamos en la conversión es que nuestra fe suele estar «estabilizada». ¡Como si esto fuera un mérito para aspirar a medalla! Entre otras razones, tal vez no nos damos cuenta de que el mejor método para que la fe crezca es el de la práctica. Otro gallo nos canta­ría si, en vez de conformarnos con sólo pedir al Señor que nos aumente la fe, como si todo dependiera de él, nos esforzáramos en practicarla todos los días, en cada ocasión que se presentara, como si sólo dependiera de nosotros. ¡Cómo íbamos a sorprendernos nosotros mis­mos de su crecimiento!
 
          Una expresión muy frecuente del miedo es la que tie­ne lugar cuando escondemos nuestra fe, apartando cual­quier signo exterior que pudiera identificarnos como dis­cípulos de Cristo; o cuando dejamos de confesar la fe, algo que sucede cuando se producen en presencia nues­tra o en nuestros ambientes situaciones puramente mun­danas o carnales, contrarias a nuestra fe, y optamos por un silencio que tratamos de justificar con argumentos sin base, como el de la prudencia, la tolerancia o la caridad, siendo que el único móvil para permanecer en silencio es en realidad el miedo a hacer el ridículo. En verdad, nues­tra habilidad para escamotear la confesión de la fe no tie­ne límites. Sin embargo, la Escritura dice:
 
«Si confiesas con tu boca que Jesús es Señor y crees en tu corazón que Dios le resucitó de entre los muertos, serás salvo. Porque con el corazón se cree para conseguir la justicia, y con la boca se confiesa para conseguir la salvación» (Rm 10,9-10).
 
          C) Las seguridades. Otro enemigo acérrimo de la fe son las seguridades, que vienen a ser, en definitiva, una de las demostraciones más claras y palpables de nuestra falta de fe. El hombre natural necesita estar rodeado de seguridades. De hecho, todo lo que el hombre hace tiene esta finalidad, aunque no lo piense mientras hace las co­sas. Si tenemos dinero, descansamos, porque nos da mu­cha seguridad; sabemos que podremos comprar todo lo que necesitemos, al margen de que esté en un extremo del mundo o en otro. Si tenemos buenos médicos entre nuestros amigos, nos sentimos seguros, porque sabemos que en caso de necesidad vamos a estar en buenas manos y velarán por nuestra salud con todas sus capacidades, que son muchas. Quien tiene un coche blindado, se siente seguro porque sabe que, en caso de accidente o de aten­tado, está bien protegido. Si tenemos un buen trabajo nos sentimos bien, por lo que tiene de buena remuneración y de continuidad, etc.
 
          Pero cuando entramos en el terreno espiritual, nues­tras seguridades —todas esas cosas que el mundo tanto busca y tanto aprecia— no nos sirven más que de estor­bo, porque no dejan que la fe pueda manifestarse y cre­cer; son un contrapeso para ella por la sencilla razón de que mientras podemos solucionarnos los problemas con medios humanos que podemos controlar, no pensamos ni por un momento poner en marcha los mecanismos de la fe, cuya administración no está en nuestras manos, sino en las de Dios. Y en el fondo nos preguntamos: ¿Y si Dios tuviera en este asunto otro plan distinto del que yo pretendo y no me agradara? Por eso, tratamos de no dar­le entrada mientras podemos solucionar nosotros los pro­blemas. En realidad estamos demostrando nuestra falta de fe en el amor de Dios, en su providencia y en su po­der. El discípulo que tiene fe verdadera, está en sintonía con el profeta, cuando dice:
 
«Aunque la higuera no eche sus brotes, ni den su fruto las vi­ñas; aunque falle la cosecha del olivo, no produzcan nada los campos, desaparezcan las ovejas del aprisco y no haya ganado en los establos, yo me alegraré en el Señor, tendré mi gozo en Dios mi Salvador. El Señor es mi señor y mi fuerza, él da a mis pies la ligereza de la cierva y me hace caminar por las alturas» (Ha 3,17-19).
 
          ¿Difícil? Por supuesto. El Señor nunca dijo que fuera fácil ser discípulo suyo, sino todo lo contrario. Nos llama a vivir en él esta vida de fe plena, que es el resultado de una conversión diaria, de una insatisfacción permanente de nuestro estado actual, de inconformismo por nuestra falta de radicalidad, de desprendimiento frente a todas las seguridades que nos ofrece el mundo o incluso nues­tras propias estructuras eclesiales, de desapego frente a todas las ataduras sensuales y sentimentales que no están purificadas en él, sabiendo que el éxito no está en que lo hayamos conseguido, sino en que lo estamos intentando con todas nuestras fuerzas, a ejemplo de Pablo que dice:
 
«No que lo tenga ya conseguido o que sea ya perfecto, sino que continúo mi carrera por si consigo alcanzarlo, habiendo sido yo mismo alcanzado por Cristo Jesús» (Flp 3,12).
 
          Finalmente, la fe es esencial en nuestra lucha contra los enemigos de la conversión, hasta el punto de que sin ella no hay victoria posible, como nos hace ver la Escritura:
 
«Lo que ha conseguido la victoria sobre el mundo es nuestra fe» (1 Jn 5,4).
 
«Embrazando siempre el escudo de la fe, para que podáis apagar con él todos los encendidos dardos del Maligno» (Ef 6,16).
 
 
ÍNDICE
 
Prólogo
 
Introducción
 
1.      LA CONVERSIÓN
 
1.   Antecedentes
2.   Explicación del término
3.   La parte de Dios
4.   La parte del hombre
 
2.      LOS CICLOS DE LA CONVERSIÓN
 
1.   Una terapia universal
2.   Separados de Dios
3.   El hombre sirve a otros dioses
4.   Cambio de opinión (metanoia)
5.   Cambio de conducta (epistrofe)
 
3.      CONVERSIÓN A LA LEY
 
1.   La conversión es una
2.   La referencia de la Ley
3.   La rebeldía de Israel
4.   Dios sigue llamando
5.   Volver a Yahveh
6.   Sometimiento a la Ley
 
4.      CONVERSIÓN A JESUCRISTO
 
1.   Juan, mensajero para un tiempo nuevo
2.   Jesucristo, referencia de la nueva conversión
3.   El mandato de predicar la conversión
4.   La predicación de la conversión en la Iglesia
 
5.      QUIÉN TIENE QUE CONVERTIRSE
 
1.   La conversión es para todos
2.   Los que están alejados de Dios
3.   Los que vagan por las fronteras
4.   Los ciudadanos del Reino
 
6.      SIGNOS DE CONVERSIÓN
 
1.   Declaración de guerra
2.   Buscar el rostro de Dios
3.   Clamar a Dios
4.   Escuchar la Palabra de Dios
5.   Servir a Dios
 
7.      UN ENEMIGO DE LA CONVERSIÓN: LA CARNE
 
1.   Localización de obstáculos
2.   ¿Qué es la carne?
3.   ¿Dónde está la carne?
4.   El poder de la carne
 
8.      OTRO ENEMIGO DE LA CONVERSIÓN: EL MUNDO
 
1.   ¿Qué es el mundo?
2.   El verdadero rostro del mundo
3.   El poder del mundo
4.   Pasividad
5.   Condescendencia
 
9.          CARENCIAS ESPIRITUALES
 
1.   ¿Enemigos pequeños?
2.   La conversión primera
3.   Problemas de fe: duda, miedo, seguridades
 
10.        CARENCIAS HUMANAS
 
1.   Problemas de conocimiento
2.   Problemas de voluntad
3.   Rutina
4.   Carencias externas
 
11.        ESTÍMULOS PARA LA CONVERSIÓN
 
1.   Dios llama a conversión
2.   La acción interior del Espíritu
3.   La Palabra de Dios
4.   La disciplina
5.   Las pruebas
6.   La paciencia de Dios
7.   Circunstancias, personas, acontecimientos
 
12.    LA PEQUEÑA PARTE DEL HOMBRE
 
1.   ¿Realmente pequeña?
2.   Dos perspectivas diferentes
3.   La lucha contra la carne
4.   Victoria sobre la carne
5.   La lucha contra el mundo
6.   Victoria sobre el mundo
7.   El enemigo invisible
 
13.    BENDICIONES DE LA CONVERSIÓN
 
1.   Más allá de las dificultades
2.   La razón suprema del amor de Dios
3.   Hacia la plenitud de la nueva vida
4.   Desarrollo de la filiación divina
5.   Deificación
 
Recordatorio
 
Apéndice