Skip to main content

Pecador yo

El contenido nos lleva a profundizar en las raíces del pecado, un tema trascendental del que no se trata lo suficiente.

Ed Grafité ediciones, 224 p.
Autor: Maximiliano Calvo.
Primera Edición 2004. Cuarta Edición 2008.

 

 

 

 

 

 


¿Pecador yo?

 Introducción
 
Soy consciente de que hablar del pecado en nuestro tiempo es, cuando menos, un riesgo. Yo me pregun­to a veces por qué apenas se oye hablar del pecado, por qué no reflexionamos con más frecuencia y con más empe­ño acerca de su naturaleza, de su presencia en el mundo y de sus efectos en las personas y en la sociedad. No estoy diciendo que nadie habla del pecado. Supongo que en algún sitio se hablará con claridad; pero hablar sólo en sitios aislados cuando se trata de una plaga universal de cuyo poder nadie escapa, parece que no tiene una expli­cación lógica ni fácil.
Otra situación relacionada con el conocimiento del pecado es que a veces se habla efectivamente de él, pero de un modo tan 'prudente' y con palabras tan meditadas, que sólo con buena imaginación y una voluntad que esté al mismo nivel de la imaginación se llega a percibir que el tema que se está intentando tocar es el pecado. Y por si no fuera bastante, cuando esto sucede no se termina tra­tando a fondo la materia, por lo cual el oyente termina por no enterarse prácticamente de nada que pueda influir en su vida y cambiarla. Hablar sólo de 'faltas' y además sin llamarlas por su nombre de pila sirve para la vida tanto como hablar de ideas y opiniones sin aterrizar en la pista del comportamiento.
Y como intento ser ecuánime y evitar la exageración, tengo que admitir que ciertamente se habla con bastan­te frecuencia de cierto tipo de pecados, aunque no se les llame por ese nombre: son los que tienen que ver con la solidaridad, la atención al hombre, el apoyo social, el reparto de la riqueza, las injusticias sociales, el abuso de poder, el desarrollo de las naciones pobres... Y esto es importante, no cabe duda. Pero uno tiene la sensación de percibir que, desde hace años, las acciones humanas que antes se consideraban pecado han terminado por polarizarse en dos grupos: en uno de ellos están los apar­cados, los que tienen que ver con la relación entre el hom­bre y Dios y la obediencia a Dios que ha hablado por medio de la palabra revelada; en el otro convergen los que hacen relación al bienestar de los hombres y a su cali­dad de vida. Y uno sigue teniendo la sensación de que se le ha dado tanta importancia al hombre y a su bienestar que la relación con Dios y la obediencia que se le debe han dejado de tener peso específico en la vida o lo tie­nen tan pequeño que pasa por insignificante al lado del otro conjunto de valores.
El resultado no puede ser más doloroso: la mayor par­te de los jóvenes de las nuevas generaciones se ríen si alguien se atreve a pronunciar la palabra 'pecado' en su presencia, y aún me arriesgo a decir que la mayoría de ellos ni siquiera conocen el verdadero significado de la palabra.
El principio moral -más bien tendríamos que decir inmo­ral— que parece regir los criterios de la mayoría de ellos no es otro que el del placer; de ahí las expresiones que usan como principios de su comportamiento: "Me va" o "no me va", "mola" o "no mola", "si te va, hazlo", etc. Se refieren, ante todo, a las satisfacciones del cuerpo, a la sen­sualidad y los apetitos de la carne. Y ¿quién no sabe lo que le va o no le va a su cuerpo?
No intento entrar en una búsqueda exhaustiva de cau­sas, pero creo que los cristianos somos más o menos cul­pables en la medida de nuestra responsabilidad educacio­nal y la falta de respuesta a la misma en las áreas en las que a cada uno le toca ser testigo de Jesucristo, luz del mun­do y sal de la tierra. El espíritu del mundo nos abruma, nos rodea y aún nos esclaviza más de lo que nos parece; y nuestra reacción, la mayoría de las veces, es la huida, que toma cuerpo en forma de silencio cuando deberíamos hablar, o de colaboración cuando ni siquiera somos capa­ces de huir. Pero no es ésa la forma correcta de actuar. La posición del cristiano en el mundo tiene que ser necesa­riamente de enfrentamiento con los enemigos del Reino. Cuando no lo hacemos es porque sencillamente claudica­mos. Esto es más cómodo que llevar la cruz de cada día y sufrir persecución por ser discípulos vivos y verdaderos de Cristo. Pero ¿puede ser el discípulo más que el Maestro?
El silencio no es el remedio a la situación de pecado y al dominio de las tinieblas por los que está pasando la Humanidad en nuestros días. Al contrario, hay que pro­clamar con más fuerza que nunca que "Cristo resucitó para ser Señor de muertos y vivos" (Rm 14,9) desde nuestra permanencia en él y la obediencia a sus mandatos.
Los cristianos, cada uno en función de sus responsa­bilidades dentro del Reino de Dios y según los talentos que ha recibido para administrarlos responsablemente, debemos tener siempre presente el mandato final del Maes­tro por dos razones: por el peso de su contenido y porque las últimas palabras de un personaje siempre tienen una carga especial que resume de algún modo sus criterios o sus mandatos. Según el evangelista San Lucas, en el encuen­tro final que Jesús tuvo con sus discípulos, les dijo: "Está escrito que el Cristo padeciera y resucitara de entre los muertos al tercer día y se predicara en su nombre la con­versión para perdón de los pecados a todas las naciones, empezando desde Jerusalén. Vosotros sois testigos de estas cosas. Mirad, yo voy a enviar sobre vosotros la Promesa de mi Padre. Por vuestra parte permaneced en la ciudad hasta que seáis revestidos de poder desde lo alto" (Lc 24,46-49). Un mandato y una promesa. La promesa -el envío del Espíritu Santo- dependía de él y la cumplió a corto plazo; el cumplimiento del mandato -anunciar la Buena Nueva para que los hombres se conviertan— depen­de de sus discípulos y tiene que durar hasta el final de los tiempos. Y no consta que se puedan declarar treguas uni­laterales ni tomarse vacaciones en la proclamación del men­saje, aunque sean pagadas.
 
 
índice de contenidos
Introducción, 9
el mal
1.        A vueltas con el bien y el mal
2.        Enfoque natural del mal
3.        Enfoque sobrenatural del mal
4.        El pecado existe
el pecado
5.        El pecado muerde
6.        ¿Conscientes del pecado?
7.        El pecado en la historia de la salvación
8.        Lo que sale de dentro
9.        El pecado: experiencia y misterio
origen del pecado
10.     El pecado empezó por los ángeles
11.     La caída de los ángeles
12.     El hombre sometido a prueba
13.     Estrategia diabólica
efectos del primer pecado
14.     La paga del primer pecado (I).
Un cambio radical
15.     La paga del primer pecado
Ruptura de equilibrio en el hombre
16.     La paga del primer pecado (III).
Ruptura con Dios y con la creación
17.     La paga del primer pecado (IV)
Bajo la tiranía del Maligno
18.     Transmisión del pecado
19.     Promesa de restauración
20.     Todos pecadores
EL PECADO PERSONAL
21.     La soberbia, raíz de todo pecado
22.     Las entrañas del pecado (I).
La incredulidad
23.     Las entrañas del pecado (II).
La impiedad
24.     Las entrañas del pecado (III).
La idolatría
25.     Las entrañas del pecado (IV).
Desobediencia y rebeldía
26.     Las entrañas del pecado (V).
Rechazo de Dios
efectos del pecado personal
27.     Efectos del pecado en el pecador (I)
28.     Efectos del pecado en el pecador (II)
29.     Efectos del pecado en la relación con Dios (I)
30.     Eíectos del pecado en la relación con Dios (II)
31.     Efectos del pecado en las relaciones humanas
Apéndice
Índice de citas bíblicas y del Catecismo
 
 
 

INTRODUCCIÓN

Soy consciente de que hablar del pecado en nuestro tiempo es, cuando menos, un riesgo. Yo me pregunto a veces por qué apenas se oye hablar del pecado, por qué no reflexionamos con más frecuencia y con más empeño acerca de su naturaleza, de su presencia en el mundo y de sus efectos en las personas y en la sociedad. No estoy diciendo que nadie habla del pecado. Supongo que en algún sitio se hablará con claridad; pero hablar sólo en sitios aislados cuando se trata de una plaga universal de cuyo poder nadie escapa, parece que no tiene una explicación lógica ni fácil. 

Otra situación relacionada con el conocimiento del pecado es que a veces se habla efectivamente de él, pero de un modo tan ‘prudente’ y con palabras tan meditadas que sólo con buena imaginación y una voluntad que esté al mismo nivel de la imaginación se llega a percibir que el tema que se está intentando tocar es el pecado. Y por si no fuera bastante, cuando esto sucede no se termina tratando a fondo la materia, por lo cual el oyente termina por no enterarse prácticamente de nada que pueda influir en su vida y cambiarla. Hablar sólo de ‘faltas’ y además sin llamarlas por su nombre de pila sirve para la vida tanto como hablar de ideas y opiniones sin aterrizar en las pista del comportamiento.

Y como intento ser ecuánime y evitar la exageración, tengo que admitir que ciertamente se habla con bastante frecuencia de cierto tipo de pecados, aunque no se les llame por ese nombre: son los que tienen que ver con la solidaridad, la atención al hombre, el apoyo social, el reparto de la riqueza, las injusticias sociales, el abuso de poder, el desarrollo de las naciones pobres... Y esto es importante, no cabe duda. Pero uno tiene la sensación de percibir que, desde hace años, las acciones humanos que antes se consideraban pecado han terminado por polarizarse en dos grupos: en uno de ellos están los aparcados, los que tienen que ver con la relación entre el hombre y Dios y la obediencia a Dios que ha hablado por medio de la palabra revelada; en el otro convergen los que hacen relación al bienestar de los hombres y a su calidad de vida. Y uno sigue teniendo la sensación de que se la ha dado tanta importancia al hombre y a su bienestar que la relación con Dios y la obediencia que se le debe han dejado de tener peso específico en la vida o lo tienen tan pequeño que pasa por insignificante al lado del otro conjunto de valores. 

El resultado no puede ser más doloroso: la mayor parte de los jóvenes de las nuevas generaciones se ríen si alguien se atreve a pronunciar la palabra ‘pecado’ en su presencia, y aún me atrevo a decir que la mayoría de ellos ni siquiera conocen el verdadero significado de la palabra. El principio moral –más bien tendríamos que decir inmoral- que parece regir los criterios de la mayoría de ellos no es otro que el del placer; de ahí las expresiones que usan como principios de su comportamiento: “Me va” o “no me va”, “mola” o “no mola”, “si te va, hazlo”, etc. Se refieren, ante todo, a las satisfacciones del cuerpo, a la sensualidad y los apetitos de la carne. Y ¿quién no sabe lo que le va o no le va a su cuerpo? 

No intento entrar en una búsqueda exhaustiva de causas, pero creo que los cristianos somos más o menos culpables en la medida de nuestra responsabilidad educacional y la falta de respuesta a la misma en las áreas en las que a cada uno le toca ser testigo de Jesucristo, luz del mundo y sal de la tierra. El espíritu del mundo nos abruma, nos rodea y aún nos esclaviza más de lo que nos parece; y nuestra reacción, la mayoría de las veces, es la huida, que toma cuerpo en forma de silencio cuando deberíamos hablar, o de colaboración cuando ni siquiera somos capaces de huir. Pero no es ésa la forma correcta de actuar. La posición del cristiano en el mundo tiene que ser necesariamente de enfrentamiento con los enemigos del Reino. Cuando no lo hacemos es porque sencillamente claudicamos. Esto es más cómodo que llevar la cruz de cada día y sufrir persecución por ser discípulos vivos y verdaderos de Cristo. Pero ¿puede ser el discípulo más que el Maestro? 

El silencio no es el remedio a la situación de pecado y al dominio de las tinieblas por los que está pasando la Humanidad en nuestros días. Al contrario, hay que proclamar con más fuerza que nunca que “Cristo resucitó para ser Señor de muertos y vivos” (Rm 14,9) desde nuestra permanencia en él y la obediencia a sus mandatos. 

Los cristianos, cada uno en función de sus responsabilidades dentro del Reino de Dios y según los talentos que ha recibido para administrarlos responsablemente, debemos tener siempre presente el mandato final del Maestro por dos razones: por el peso de su contenido, y porque las últimas palabras de un personaje siempre tienen una carga especial que resume de algún modo sus criterios o sus mandatos. Según el evangelista San Lucas, en el encuentro final que Jesús tuvo con sus discípulos, les dijo: “Está escrito que el Cristo padeciera y resucitara de entre los muertos al tercer día y se predicara en su nombre la conversión para perdón de los pecados a todas las naciones, empezando desde Jerusalén. Vosotros sois testigos de estas cosas. ‘Mirad, yo voy a enviar sobre vosotros la Promesa de mi Padre. Por vuestra parte permaneced en la ciudad hasta que seáis revestidos de poder desde lo alto” (Lc 24,46-49). Un mandato y una promesa. La promesa –el envío del Espíritu Santo- dependía de él y la cumplió a corto plazo; el cumplimiento del mandato –anunciar la Buena Nueva para que los hombres se conviertan- depende de sus discípulos y tiene que durar hasta el final de los tiempos. Y no consta que se puedan declarar treguas unilaterales ni tomarse vacaciones en la proclamación del mensaje, aunque sean pagadas.