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La oración al alcance de todos

La oración como diálogo con Dios:
- Ideas generales sobre la oración.
- Habla el hombre, Dios escucha.
- Habla Dios, escucha el hombre.
Explica con lenguaje sencillo las dificultades normales del diálogo con Dios, la forma de vivirlas.

Ed CCS, 168 p.
Autor: Maximiliano Calvo.
Primera Edición 1995, Décimo novena Edición 2009

 

 

 

 

 

 


La oración al alcance de todos

 
Capítulo: 24
Las respuestas de Dios al hombre
 
          Necesitamos distinguir los modos que Dios tiene para contestar o no contestar a nuestras oraciones. Si no lo sabemos hacer, podremos equivocarnos fácilmente y luego sufrir las consecuencias. Entre la contestación y la negativa a contestar de Dios hay una posición intermedia que puede tener las dos lecturas: el silencio. Hay silencios negativos y silencios positivos; silencios en los que Dios está actuando y silencios que no tienen otro sentido que el de su negativa a responder. En este tema vamos a pre­sentar los modos concretos como Dios responde y el silencio positivo que hay que interpretar como un modo de responder de Dios.
 
1. Respuestas afirmativas
 
          Son las que esperamos cuando nos dirigimos a Dios con alguna petición o intercesión; son las que nos gustan y esperamos cuando pedimos. Y la experiencia nos de­muestra que hay ocasiones en que vemos contestados nuestros ruegos y obtenemos las respuestas que estábamos deseando, aunque éstas sean menos frecuentes de lo que quisiéramos. Los evangelios están llenos de estos relatos: «Dondequiera que (Jesús) entraba, en pueblos, ciudades o aldeas, colocaban a los enfermos en las plazas y le pedían que tocaran siquiera la orla de su manto; y cuantos la tocaron eran sanados» (Me 6,56).
 
2. Sí, pero todavía no
 
A veces Dios nos contesta, pero no lo hace con la rapidez que nosotros quisiéramos, porque no es su momento.
 
+  Una mujer cananea pidió a Jesús la curación de su hija que estaba «malamente endemoniada» (Mt 15,22). Pero «él no le respondió palabra» (15,23). Intervinie­ron sus discípulos en favor de la mujer, pero Jesús se limitó a decir: «No he sido enviado más que a las ove­jas perdidas de la casa de Israel» (15,24). ¿Estaba Je­sús poniendo a prueba la fe de esta mujer? «Ella insis­tió: 'Señor, socórreme'. Él le respondió: 'No está bien tomar el pan de los hijos y echárselo a los perritos'.» (15,25-26). Pero no se dio por vencida. Tal vez algo en su interior le estaba animando a insistir o tal vez su amor de madre quería llegar hasta el final. Así que le contestó: «También los perritos comen de las migajas que caen de la mesa de sus amos» (15,27). Y por fin «Jesús le respondió: 'Mujer, grande es tu fe; que te suceda como deseas'.» (15,28). Jesús pudo hacerlo al principio, pero no lo hizo. Había un plan en su forma de actuar y tenía que llevarlo a cabo. ¿Tal vez que que­dara constancia de cómo debemos perseverar en la oración?
 
+  Dice San Juan de la Cruz: «Así ha de entender cual­quier alma que, aunque Dios no acuda luego a su necesidad y ruego, que no por eso dejará de acudir en el tiempo oportuno el que es ayudador, como dice David, en las oportunidades y en la tribulación (Sal 9,10), si ella no desmayare y cesare» (C 2, 4).
 
3. Sí, pero de otro modo
 
          A veces también nos pasa lo que le ocurrió a la madre de Santiago y Juan, cuando intentó 'enchufar' a los hijos. «Ella le dijo: 'Manda que estos dos hijos míos se sienten, uno a tu derecha y otro a tu izquierda, en tu Reino'. Replicó Jesús: 'No sabéis lo que pedís. ¿Podéis beber la copa que yo voy a beber?' Dícenle: 'Sí, podemos'. Díce-les: 'Mi copa sí la beberéis; pero sentarse a mi derecha o a mi izquierda no es cosa mía el concederlo, sino que es para quienes está preparado por mi Padre'» (Mt 20,21-23).
 
4. Respuestas negativas
 
          La Palabra de Dios nos dice que «no sabemos orar como conviene» (Rm 8,26). Es lógico, porque solemos dejarnos llevar por los impulsos de la carne más que por los del espíritu; cuando hacemos esto, estamos pidiendo lo que no nos conviene, porque «la carne tiene apetencias con­trarias al espíritu» (Gal 5,17). Sucede entonces que, lo mismo que nosotros no damos a los niños cosas que les puedan hacer daño, aunque cojan una rabieta, nuestro Padre Dios se niega a concedernos nuestros caprichos. Entonces la respuesta es claramente negativa, aunque no la entendamos y protestemos.
 
5. Aterriza
 
          Sucede a veces que nuestro modo de expresarnos no es muy claro. Esto es importante en la comunicación huma­na y parece que no tendría que serlo en nuestro trato con Dios, ya que Dios sabe lo que hay en nuestro corazón y ni siquiera tendríamos necesidad de decírselo; sin embargo, quiere que, cuando nos dirijamos a él lo hagamos con cla­ridad. ¿Será que es una indicación de falta de fe cuando andamos dando rodeos?
 
+  Yendo un día Jesús de camino, un ciego que estaba sentado al lado del camino, al saber que Jesús pasaba por allí «se puso a gritar: 'Hijo de David, Jesús, ten compasión de mí'» (Me 10,47). En la mayoría de estas ocasiones Jesús contestaba a la primera llamada de petición de ayuda; sin embargo, ese día no obró así. Le trajeron al ciego y «dirigiéndose a él le dijo: '¿Qué quieres que te haga?'. El ciego le dijo: 'Rabbuní, que vea'» (10,51). Y entonces le curó.
 
6. Más o menos de lo que pedimos
 
          Es fácil que fallemos en nuestros cálculos acerca de lo que debemos pedir o hasta dónde llegar cuando nos dirigimos al Señor y que, en consecuencia, él corrija nuestras ope­raciones aritméticas.
 
+  Cierto día le presentaron a Jesús un paralítico con la esperanza de que lo curara. Cuando lo vio Jesús, «dijo al paralítico: 'Ánimo, hijo, tus pecados te son perdo­nados'.» (Mt 9,2). Luego dirigió una breve amonesta­ción a los escribas presentes, que le estaban juzgando, y finalmente «dijo al paralítico: 'Levántate, toma tu camilla y vete a tu casa'. Él se levantó y se fue a su casa» (9,6-7). Lo habían llevado para que Jesús le curara el cuerpo y salió sanado de cuerpo y con los pecados perdonados.
 
7. Silencio constructivo
 
          Esta es una situación que no nos agrada en absoluto. Cuando sabemos que Dios tiene un sí o un no para noso­tros, ya sabemos cómo movernos, pero cuando no hay más que silencio, no sabemos por dónde tirar ni cómo interpretarlo; nos quedamos en la más incómoda de las situaciones, que es la de no saber. Sucede a veces que Dios nos habla y no nos enteramos, pero en otras ocasio- nes estamos buscando a Dios con todas nuestras fuerzas, nuestra conciencia no nos acusa y clamamos como el sal­mista: «Escucha mi súplica, Señor, presta oído a mi grito, no te hagas sordo a mis lágrimas» (Sal 39,13). Y sin em­bargo, Dios no responde. ¿Qué está queriendo decir? Hay varias posibilidades:
 
+  Silencio de espera. No podemos olvidar quién es el hombre ante Dios y que a Dios no le podemos pedir que se comporte como un interlocutor humano. Nuestro diálogo discurre en una alternancia de hablar y callar; mientras uno habla, el otro calla —algunas veces— y al contrario. No suele considerarse correcto que uno hable mucho y otro no hable nada, aunque es verdad que hay personas que disfrutan mientras tienen a los demás escuchándoles y con la boca cerra­da. No es así con Dios. No podemos controlar sus silencios ni sus palabras. Es soberano y sabe qué y cuándo tiene que hablar. Entre estas interpretaciones hay una que es la de la espera: Dios quiere simple­mente que estemos a la escucha, más pendientes de él que de sus palabras, más en su persona que en su comunicación.
 
+  Silencio de prueba. Las pruebas —todo tipo de prue­bas— son instrumentos que Dios emplea para nuestro crecimiento. Sin pruebas, por ejemplo, difícilmente crecería nuestra fe. También el silencio de Dios puede ser una prueba. La historia de Job es la historia de un silencio de Dios frente a una pregunta constante del hombre que sufre y protesta: «Diré a Dios: 'No me con­denes, hazme saber por qué me enjuicias'» (Jb 10,2). Es un tiempo en el que Dios está cercano y en silen­cio, mientras el hombre lo cree lejano y sordo: «Quién me diera saber encontrarle, poder llegar a su morada. Un proceso abriría delante de él, llenaría mi boca de argumentos. Sabría las palabras de su réplica, com­prendería lo que me dijera» (Jb 23,3-5).
 
+  Silencio amoroso. El silencio es una de las formas más expresivas del amor. Cuando las palabras no sirven porque han alcanzado su límite, el amor habla de cora­zón a corazón, en el silencio de las palabras. La acti­tud correcta, si nos diéramos cuenta de lo que pasa en realidad, sería la de la novia del Cantar de los Canta­res: «No despertéis, no desveléis al amor, hasta que le plazca» (Cant 2,7).
 
 
Textos para la reflexión
 
a)    Mt 15,21-28                    b)   Mt 9,l-8              c) Sal 119,20
 
Preguntas para el diálogo
 
1.   ¿Recuerdas los seis modos específicos que Dios tiene para contestar y que hemos citado en el tema?
2.   ¿Qué sentidos positivos puede tener el silencio de Dios?
3.   ¿Puedes aportar alguna experiencia personal sobre alguna de las situaciones mencionadas como posi­bles?
 
 
ÍNDICE
 
Introducción
 
Primera parte
LA ORACIÓN
 
1.      Qué es oración
2.      Nuestro interlocutor
3.      Razones para orar
4.      Cuándo y dónde orar 
5.      Oración, crecimiento y acción
6.      Preparación para la oración
7.      A orar se aprende orando
8.      Las etapas de la oración. La oración vocal
9.      La oración mental o meditación
10.    La contemplación
 
Segunda parte
HABLA EL HOMBRE, DIOS ESCUCHA
 
11.    La práctica de la oración
12.    La oración de arrepentimiento
13.    La oración de petición
14.    La oración de intercesión
15.    La oración de acción de gracias
16.    La oración de alabanza
17.    La adoración
 
Tercera parte
HABLA DIOS, EL HOMBRE ESCUCHA
 
18.    Dios quiere comunicarse con el hombre
19.    Dios quiere revelarse al hombre
20.    Dios quiere guiar y gobernar al hombre
21.    Dios habla al hombre por la palabra revelada
22.    Otros sistemas de comunicación
23.    Condiciones personales para escuchar a Dios
24.    Las respuestas de Dios al hombre
25.    Cuando el silencio duele