Skip to main content

Frutos de Otoño

Colección de 777 pensamientos nacidos de la experiencia de una larga vida, de lecturas y de vivencias que se convierten en luz del espíritu y profecias para el camino espiritual.

Ed CCS, 203 p.
Autor: Maximiliano Calvo.
Primera edición, 2003. Segunda edición, 2003.

 

 

 

 

 

 


Frutos de otoño

 
Pensamientos:
Del número 26 al número 49
 
26
El respeto y la libertad para mucha gente de hoy consiste en que nadie se meta con ellos, pero que al mismo tiempo les dejen hacer con el prójimo lo que quieran sin que nadie se atreva a reprocharles nada.
 
27
Cuando dejamos a Dios envolvernos con su amor respondiendo a las llamadas que nos hace en cada ahora personal, el temor desaparece y la fuerza de su Espíritu se adueña de nuestro vivir interior y exterior.
 
28
¡Con cuánta frecuencia no estamos dispuestos a someter a discernimiento nuestras decisiones por temor a que nos digan lo que no queremos oír o no queremos hacer, es decir, por temor en definitiva a que la voluntad de Dios no coincida con la nuestra!
 
29
Me pregunto quién soy yo y qué es lo que me pertenece de mi yo. Luego voy quitando lo que he recibido y, al final, me quedo sin nada, tan sin nada que ni siquiera existo.
 
30
La adolescencia es la etapa de la vida en la que creemos que nos vamos a comer el mundo; pero la experiencia nos va demostrando que al final casi siempre es el mundo el que se nos come a nosotros.
 
31
Cuando no podemos entendernos unos a otros nos queda el derecho y la obligación de respetarnos mutuamente.
 
32
Versión antigua de cómo relacionarse los hijos de Dios con el mundo: «Habla a los israelitas y diles: "No hagáis como se hace en la tierra de Egipto, ni hagáis como se hace en la tierra de Canaán a donde os llevo. No debéis seguir sus costumbres"» (Lv 18,1-3).
Versión más reciente del mismo mandato: «No améis al mundo ni lo que hay en el mundo» (1 Jn 2,15).
 
33
Para que las obras de Dios sigan adelante hay que depender primero de Dios, y luego de los apoyos humanos sometidos a Dios.
 
34
¡Qué gran cosa es llegar a ser humildes a la hora de valorarnos, valientes para enfrentarnos a los enemigos, y discretos en nuestras relaciones!
 
35
Te suplico, Señor, que me des la medida necesaria de conocimiento acerca de mi pecado para que nunca me salga de mi sitio.
 
36
Los seres racionales y libres sólo pueden optar en definitiva por uno de dos estados: el del pecado o e de la gracia. Dicho de otro modo: el de la muerte o el de la vida.
 
37
El desarrollo normal del amor cristiano en el matrimonio debe alcanzar tres niveles: el físico, el psí­quico y el espiritual. El matrimonio que no desarrolla el tercer nivel podrá llamarse matrimonio entre cristianos, pero nunca matrimonio cristiano.
 
38
¡Cómo nos enseñas a ser humildes, Señor, cuando nos muestras por una parte nuestro pecado, y por otra tu misericordia, cuando contemplamos nuestra suciedad y tu sangre que nos purifica!
 
39
La esperanza es un puente que Dios nos ha tendido entre las dos riberas del río de la plenitud: la que soñamos y la que poseeremos.
 
40
Sólo hay un producto capaz de limpiar los corazones: la sangre de Cristo entregada y derramada por la fuerza del amor.
 
41
La pasión dominante es el plato favorito de la carne de cada persona.
 
42
La falta de sensibilidad espiritual es signo evidente de la falta de crecimiento de la vida en el Espíritu.
 
43
Cuando nos enfrentamos al Maligno desde la hipótesis de que estamos en Cristo, pero no es así, la respuesta del enemigo puede hacernos mucho daño, porque no tenemos la defensa que deberíamos. Cuando estamos en él, nos defiende él, pero ¿quién nos defenderá cuando no permanezcamos en él? El secreto es permanecer en Cristo. Victoria o derrota dependen en último extremo de esta permanencia.
 
44
El poder destructor de la carne consiste en que cuanto más come más hambre tiene.
 
45
Señor, tú te definiste como el «Yo soy» (Ex 3,14). ¿No te entenderíamos mejor si te hubieras presentado como el «Siempre más»?; porque, cuando te miramos, cuando te buscamos, cuando te llamamos... parece que estás siempre más allá, siempre más lejos, siempre más escondido, siempre más no sé dónde.
 
46
Los gobernantes buenos y malos tienen algo en común: que todos conjugan el verbo «servir». Pero también una diferencia importante: los primeros procu­ran servir a los demás, mientras los segundos se sirven de los demás.
 
47
A medida que el Espíritu va iluminando nuestro interior podemos vernos peores de lo que suponíamos, pero lo que en realidad sucede es que descubrimos nuestro pecado con una luz nueva, de la que antes ca­recíamos.
 
48
Saborear a Dios en la frontera del corazón es alcanzar la sabiduría que viene de Dios, pero no sé si es que yo entro en Dios o es que Dios entra en mí.
 
49
Hay ocasiones en que nuestra imagen queda dañada por dejar de hacer algo que tendríamos que hacer o por haberlo hecho mal. Cuando esto sucede la reacción lógica debería ser de humildad; pero solemos reaccionar más bien con amargura y rebeldía. ¡Señal de que la soberbia aún tiene mucho que decir en nosotros!