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El día del Señor (II)

En el anterior tema vimos cómo el Señor vendrá glorioso, en el momento que Padre tiene previsto, para recapitular todas las cosas en Cristo y hacer que todo tenga a Cristo por Cabeza. El reinará por los siglos de los siglos y su reino no tendrá fin.

La Segunda Venida de Cristo era algo que los primeros cristianos tenían muy presente, tanto que muchos pensaban que ese momento llegaría en su generación. Son especialmente significativas las palabras del apóstol Pablo: “El Señor mismo a la orden dada por la voz de un arcángel y por la trompeta de Dios, bajará del cielo, y los que murieron en Cristo, resucitarán en primer lugar. Después nosotros, los que vivamos, los que quedemos, seremos arrebatados en nubes, junto con ellos, al encuentro del Señor en los aires. Y así estaremos para siempre con el Señor” (1 Ts 4,16-17).

Para este momento hay que prepararse debidamente. La Palabra de Dios da mucha importancia a la actitud que los cristianos deben tener de cara a su Venida.

  • Una receta infalible es permanecer en él: “Y ahora hijos míos, permaneced en él, para que cuando se manifieste, tengamos plena confianza y no quedemos avergonzados lejos de él en su Venida” (1 Jn 2,28). Esta permanencia en él, equivale a llevar una vida irreprensible: “Que el Dios de la paz, os santifique plenamente, y que todo vuestro ser, el espíritu, el alma y el cuerpo, se conserve sin mancha hasta la Venida de nuestro Señor Jesucristo” (1 Ts 5,23).
  • La actitud de vigilancia no puede faltar ante un acontecimiento de semejante magnitud. Hay que estar preparados para que ese día no nos sorprenda. Es ésta una de las principales recomendaciones del mismo Señor a sus discípulos: Velad, pues, porque no sabéis qué día vendrá vuestro Señor. Entendedlo bien: si el dueño de casa supiese a qué hora de la noche iba a venir el ladrón, estaría en vela y no permitiría que le horadasen su casa. Por eso también vosotros estad preparados, porque en el momento que no penséis, vendrá el Hijo del hombre” (Mt 24,42-44). La vigilancia y la preparación son propias de las cinco vírgenes prudentes, que salen al encuentro de su Señor: “…Como el novio tardara, se adormilaron todas y se durmieron. Mas a media noche se oyó un grito: ¡Ya está aquí el novio! ¡Salid a su encuentro! Entonces todas aquellas vírgenes se levantaron y arreglaron sus lámparas. Y las necias dijeron a las prudentes: ‘Dadnos de nuestro aceite, que nuestras lámparas se apagan’. Pero las prudentes replicaron: ‘No, no sea que no alcance para nosotras y para vosotras; es mejor que vayáis donde los vendedores y os lo compréis’. Mientras iban a comprarlo, llegó el novio, y las que estaban preparadas entraron con él al banquete de boda, y se cerró la puerta. Más tarde llegaron las otras vírgenes diciendo: ‘¡Señor, señor, ábrenos!’ Pero él respondió: En verdad os digo que no os conozco’. Velad, pues no sabéis ni el día ni la hora” (Mt 25,5-13).
  • Prepararse adecuadamente es vivir como siervo fiel y prudente: “¿Quién es, pues, el siervo fiel y prudente, a quien el Señor puso al frente de su servidumbre para darles la comida a su tiempo? Dichoso aquel siervo a quien su señor, al llegar, encuentre haciéndolo así. Yo os aseguro que le pondrá al frente de toda su hacienda. Pero si el mal siervo aquel dice en su corazón: ‘Mi Señor tarda’, y se pone a golpear a sus compañeros y come y bebe con los borrachos, vendrá el señor de aquel siervo el día que no espera y en el momento que no sabe, le separará y le señalará su suerte entre los hipócritas; allí será el llanto y rechinar de dientes” (Mt 24,45-51).
  • Es necesario también esperar con gozo su Venida: “…aguardando la feliz esperanza y la Manifestación de la gloria del gran Dios y Salvador nuestro Jesucristo” (Tt 2,13).
  • Y por supuesto, clamar como la primitiva Iglesia, para que el Reino de Dios venga en plenitud, diciendo: Ven, Señor, Jesús (Ap 22,20). 
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