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Hacer la voluntad del Señor (II)

En el Padre Nuestro, el Señor enseñó a los suyos a orar al Padre diciendo: “Hágase tu voluntad así en la tierra como en el cielo” (Mt 6, 10). En el cielo la voluntad de Dios es hecha de manera perfecta. Nada es hecho en la más mínima rebeldía en relación a Dios. Todo es armonía, comunión y amor. El plan de Dios se lleva a cabo a la perfección, porque las criaturas celestiales obedecen en todo y cumplen la santa voluntad del Señor. Así también los cristianos debemos orar para que la voluntad de Dios sea hecha en la tierra del mismo modo que es hecha en el cielo, empezando por cada uno de nosotros.

Jesucristo, el siervo de Yahveh, nuestro modelo a imitar en todo, buscó siempre y en todo momento hacer la voluntad del Padre. El dijo a los judíos: “Mi alimento es hacer la voluntad del que me ha enviado, y llevar a cabo su obra” (Jn 4,34); y también: “Yo no puedo hacer nada por mi cuenta; juzgo según lo que oigo; y mi juicio es justo, porque no busco mi voluntad, sino la voluntad del que me ha enviado” (Jn 5,30). La obsesión del Hijo, fue siempre hacer la voluntad del Padre. Como verdadero Dios, tenía una voluntad divina, pero también, como verdadero hombre, tenía una voluntad humana, que debía someter continuamente a la del Padre. El momento tal vez más dramático y representativo del amor y sumisión de su voluntad a la voluntad del Padre, tuvo lugar en la pasión: “Padre, si quieres aparta de mi esta copa, pero no se haga mi voluntad, sino la tuya” (Lc 22,41). A esto estamos llamados todos los hombres: a hacer la voluntad del Padre, a semejanza de Cristo que hizo la voluntad del Padre.

Hacer la voluntad del Señor es lo que de verdad caracteriza a un discípulo de Cristo. Además de lo que ya vimos en los dos temas anteriores, quisiera apuntar, de modo muy escueto, algunas claves de ayuda para poder hacer la voluntad de Dios:

  • Hay que querer hacerla –algo que parece obvio, pero en lo que se falla muchas veces, tal vez porque ese querer no tiene suficiente fuerza-.
  • Ese querer debe ser de corazón: “como esclavos de Cristo que cumplen de corazón la voluntad de Dios” (Ef 6,6).
  • Debemos hacerla no por obediencia sino por amor a nuestro Señor.
  • Para hacer la voluntad de Dios en totalidad, hay que morir a la voluntad propia en totalidad.
  • Para conocer la voluntad de Dios y así poder hacerla, es requisito necesario tener una mente renovada: “Transformaos, mediante la renovación de vuestra mente para que podáis distinguir cuál es la voluntad de Dios: lo bueno, lo agradable, lo perfecto” (Rm 12,2).
  • Necesitamos depender y caminar en comunión con el Espíritu Santo que conoce lo íntimo de Dios y nos capacita para hacer su voluntad.
  • El Espíritu Santo y la Palabra de Dios, con la ayuda del Cuerpo de Cristo, son nuestros guías en el cumplimiento de su voluntad.

Al final, hacer la voluntad del Señor es lo único que permanece: “El mundo y sus concupiscencias pasan; pero quien cumple la voluntad de Dios permanece para siempre” (1 Jn 2,17). Todo lo que hagamos al margen de la voluntad del Señor no vale para nada, por mucha apariencia que tenga, pero lo que hagamos según su voluntad, tiene el sello de la eternidad.

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