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Hacer la voluntad del Señor (I)

En el tema pasado partíamos de la cita “No todo el que me diga: ‘Señor, Señor’, entrará en el Reino de los Cielos, sino el que haga la voluntad de mi Padre celestial” (Mt 7,21). Veíamos cómo el verdadero discípulo no es el que llama a Jesús Señor, sino además, y por encima de todo, el que hace su voluntad. Hacer la voluntad del Padre o del Señor Jesús es lo mismo, porque la voluntad de ambos es idéntica en todo.

Hacer o no hacer la voluntad de Dios, he aquí el secreto de la vida cristiana y lo que caracteriza a un auténtico discípulo de Cristo. Es lo que expresa Juan en el capítulo 8: Si os mantenéis en mi Palabra, seréis verdaderamente mis discípulos, y conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres (Jn 8,31). No se identifica a un discípulo de Cristo porque se autodenomine cristiano, ni porque sepa mucho de la Biblia, ni porque tenga grandes sentimientos o emociones hacia el Señor, sino porque guarda su Palabra, es decir, porque hace su voluntad. Más aún, hasta es posible gloriarse en Dios y en su ley, conocer su voluntad, y no cumplirla: “Si tú que te dices judío y descansas en la ley; que te glorías en Dios; que conoces su voluntad; que disciernes lo mejor, amaestrado por la ley, y te jactas de ser guía de ciegos, luz de los que andan en tinieblas, educador de ignorantes, maestro de niños, porque posees en la ley la expresión misma de la ciencia y de la verdad… pues bien, tú que instruyes a los otros ¡a ti mismo no te instruyes! Predicas: ¡no robar!, y ¡robas! Prohíbes el adulterio, y ¡adulteras! […]. Tú que te glorías en la ley, trasgrediéndola, deshonras a Dios” (Rm 2,17-23).

Hacer o no hacer la voluntad del Señor es la esencia de las siguientes palabras del Maestro: “Así pues, todo el que oiga estas palabras mías y las ponga en práctica, será como el hombre prudente que edificó su casa sobre roca; cayó la lluvia, vinieron los torrentes, soplaron los vientos, y embistieron contra aquella casa; pero ella no cayó, porque estaba cimentada sobre roca. Y todo el que oiga estas palabras mías y no las ponga en práctica, será como el hombre insensato que edificó su casa sobre arena; cayó la lluvia, vinieron los torrentes, soplaron los vientos, irrumpieron contra aquella casa y cayó, y fue grande su ruina” (Mt 7,24-27).

Los primeros son los verdaderos discípulos, pues no sólo han oído la palabra, sino que además la ponen en práctica, mientras los aparentes discípulos se limitan a oír la palabra, sin dar pasos que comprometan su vida; los primeros, son prudentes, los segundos, insensatos; los primeros son los que edifican su casa sobre roca; los segundos sobre arena; los primeros son los que se mantienen firmes ante las dificultades del camino; los segundos, al no tener raíces ni estar cimentados sobre la roca, no son capaces de perseverar en las pruebas ni seguir caminando a pesar de las tribulaciones.

Escuchar la palabra de Dios y no cumplirla, se parece a la actitud del hombre que dice y no hace, lo cual no deja de ser un engaño en opinión del Espíritu Santo cuando guió al apóstol Santiago a escribir: Poned por obra la Palabra y no os contentéis sólo con oírla, engañándoos a vosotros mismos” (St 1,22).

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