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Objetivos

Descubrir que el discípulo de Jesús tiene una única tarea: amar a Dios y al prójimo. Aprender que sin amor no valemos nada y no podemos alcanzar la vida eterna.

Reflexión

San Juan De la Cruz dice: "Al final de nuestras vidas sólo se nos examinará de cuanto hayamos amado". Cuando te presentes ante Jesús en el día del juicio final, ¿qué te preguntará Jesús? […]. Jesús no te preguntará cuántos juegos tienes en tu ordenador, ni te preguntará si has ganado el partido de fútbol, ni te preguntará cuánto dinero tienes en la hucha. Él te preguntará: ¿Cuánto has amado a tus padres? ¿Cuánto has amado a tus hermanos? ¿Cuánto has amado a tus compañeros? ¿Cuánto has amado a ese chico que veías solo en el recreo? ¿Cuánto has amado a las personas necesitadas? ¿Has orado por ellas? ¿Qué le contestarás? […]. Jesús narra el juicio final diciendo: “Venid, benditos de mi Padre, recibid la herencia del Reino preparado para vosotros desde la creación del mundo. Porque tuve hambre, y me disteis de comer; tuve sed, y me disteis de beber; era forastero, y me acogisteis; estaba desnudo, y me vestisteis; enfermo, y me visitasteis; en la cárcel, y acudisteis a mí” (Mt 25,34-36).Jesús dice que recibirán la herencia del Reino aquellos que haya amado al prójimo. Jesús nombra algunas formas de amar al prójimo en este evangelio: dar de comer, dar de beber, dar de vestir, acoger, visitar al enfermo y al encarcelado. En otros textos Jesús enseña otras formas de amar al prójimo: no insultar, no mentir, servir, orar, perdonar… ¿Y qué ocurrirá para los que no hayan amado? “Irán éstos a un castigo eterno y los justos a una vida eterna” (Mt 25,46).

Nuestra tarea es amar. Lo que Jesús nos manda es amar. Dice en Juan 15,17: “Lo que os mando es que os améis los unos a los otros”. Durante estas semanas hemos aprendido un poco sobre la virtud del amor, sobre cómo vivir el amor a los demás. Nosotros podemos amar, porque hemos recibido el amor de Dios. Y aunque sabemos que amar no es tarea fácil, contamos con la ayuda del Espíritu Santo y con todas las capacidades naturales que Dios nos ha dado. Dios nos da inteligencia para comprender qué es amar y a quién debemos amar. Dios nos da voluntad para que nuestra mente le diga a los brazos: hay que ponerse en marcha y limpiar la habitación. Dios no da una boca que puede decir: “gracias”, “¿necesitas ayuda?” o “perdóname por haberte ofendido”. Dios nos da muchas capacidades, más de las que creemos, para poder cumplir sus mandamientos. Dios nunca nos pedirá algo imposible de realizar. Y Dios, que es muy sabio y conoce mejor que nadie nuestras debilidades, nos envía su Espíritu Santo para ayudarnos en la tarea de amar y en otras muchas. El Espíritu Santo nos “enseñará en aquel mismo momento lo que conviene decir” (Lc 12,12). Por ejemplo, nos enseñará a consolar al que lo necesite o nos ayudará a decir “perdón”, “gracias”. El Espíritu Santo nos guiará (cf. Sal 143,10), el Espíritu Santo nos mostrará cuándo estamos juzgando a alguien o cuándo lo estamos acusando falsamente, “el Espíritu de la verdad, os guiará hasta la verdad completa” (Jn 16,13). Podemos amar.

Todos queremos ser alguien importante en la vida. ¿Qué puedo hacer para conseguirlo? […] En la palabra de Dios encontramos la respuesta: “Si yo no tengo amor, yo nada soy” (1 Cor 13,2). Si no tengo amor: yo soy nada. ¿Cómo sería la frase en afirmativo? Si tengo amor: soy algo. En otra de las cartas de Pablo encontramos una gran recomendación: “Y por encima de todo esto, revestíos del amor, que es el broche de la perfección” (Col 3,14). Revestíos del amor, vestíos con el amor. Igual que no sales a la calle sin vestido y sin zapatos, tampoco deberías salir sin el amor. ¿Qué es mejor, caminar descalzo o calzado? […] ¿Qué es mejor, enfrentar las situaciones de cada día con amor o sin amor? […] . Dios nos da su amor, su amor nos acompaña cada día y nosotros sólo debemos darlo. Somos como un manantial que está lleno del amor de Dios y lo que debemos hacer es abrir el grifo para que salga y otros se beneficien también del amor.

Sólo se aprende a amar poniéndolo en práctica. No puedes aprender a nadar si no se metes en la piscina o el mar. Al principio asusta, te hundes, tragas agua y piensas que nunca flotarás, pero al final consigues avanzar por el agua moviendo las piernas y los brazos. Atrévete a tirarte a la piscina del amor al prójimo. Al principio te supondrá un esfuerzo, pero poco a poco descubrirás que la decisión de amar es la mejor decisión. Y eso es lo que Dios quiere de nosotros. “Si alguno dice: «Yo amo a Dios», y odia a su hermano, es un mentiroso; pues quien no ama a su hermano, a quien ve, no puede amar a Dios a quien no ve. Y nosotros hemos recibido de él este mandamiento: quien ama a Dios, ame también a su hermano” (1 Jn 4,20-21). Si amamos a Dios, amemos a nuestros hermanos.

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