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Cristo, un Señor diferente (2)

La semana anterior vimos cómo nuestro Señor nada tiene que ver con los señores de este mundo. Veamos ahora algunas otras diferencias entre el Señor y los demás señores.

·        Los señores de este mundo oprimen a quienes pueden:

”Los jefes de las naciones las dominan como señores absolutos, y los grandes las oprimen con su poder” (Mt 20,25).

No es éste el camino que siguió Cristo, quien no vino “a ser servido, sino a servir y a dar su vida como rescate por muchos” (Mt, 20,28). Y enseñó que el camino de sus discípulos y siervos no es el de la opresión al prójimo, sino el del servicio: “No ha de ser así entre vosotros, sino que el quiera llegar a ser grande entre vosotros, será vuestro servidor, y el que quiera ser el primero entre vosotros, será vuestro esclavo” (Mt 20,25-27).

·        Los señores de este mundo se ensalzan y elevan a sí mismos, al modo de Satanás, que llevado por su orgullo exclama: “Al cielo voy a subir, por encima de las estrellas de Dios alzaré mi trono, y me sentaré en el Monte de la Reunión, en el extremo norte. Subiré a las alturas del nublado, me asemejaré al Altísimo” (Is 14,13-14).

Sin embargo, Cristo, siendo Dios, se despojó de sí mismo tomando condición de siervo haciéndose semejante a los hombres y apareciendo en su porte como hombre y se humilló a sí mismo obedeciendo hasta la muerte y muerte de cruz” (Flp 2,7-8). Una manifestación más de su humildad la podemos apreciar cuando lava los pies a sus discípulos: “Durante la cena,... se levanta de la mesa, se quita sus vestidos y, tomando una toalla, se la ciñó. Luego echa un lebrillo y se puso a lavar los pies de los discípulos y a secárselos con la toalla con que estaba ceñido” (Jn 13,4-5). Normalmente eran los siervos quienes lavaban los pies a los huéspedes, pero como allí no había criados, y nadie se prestó a asumir ese papel, Jesús aprovechó la ocasión para impartir una lección de humildad y servicio desinteresado.

·        Los señores de este mundo no son capaces de ver más allá de su propio ombligo ni son capaces de compartir lo más valioso con otras personas, sobre todo si son de “categoría inferior”.

Pero Jesucristo, el Señor, comparte su vida con sus discípulos, a quienes revela todo lo que el Padre le ha dado a conocer, y les llama amigos: “No os llamo ya siervos, porque el siervo no sabe lo que hace su amo; a vosotros os he llamado amigos, porque todo lo que he oído a mi Padre os lo he dado a conocer” (Jn 15,15).

·        Los señores de este mundo, si pueden hacerlo, esclavizan y oprimen a sus víctimas, para tenerlas todas mientras sea posible sometidas para satisfacer su egoísmo.

Sin embargo, nuestro Señor Jesucristo nos deja libertad para vivir sometidos a él o no: “Si alguno quiere seguirme…” (Lc 9,23). No fuerza a nadie a seguirle, pues no quiere ser amado ni servido por la fuerza, sino por amor -eso sí, si queremos seguirle es él quien marca las directrices de cómo lo tenemos que hacer-. Y a pesar de que sabe que sólo sirviéndole a él somos verdaderamente libres, nos deja optar por servirle o no. Así de grande es el amor y respeto que el Señor tiene por cada uno de los hombres.

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