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Cristo, un Señor diferente

El señorío de Jesús es totalmente diferente y opuesto al ejercido por los señores de este mundo. El Señor de señores y Rey de reyes, el verdadero y único Señor, viene a enseñar a la humanidad con su ejemplo quién es él y vemos en la Palabra revelada, el modo que tiene de manifestar su señorío sobre todas las cosas, entre ellas, sobre los hombres.

Entre las personas, aquellas que ejercen cualquier tipo de autoridad y poder, o bien lo hacen según el estilo del Maestro o bien lo hacen al modo humano, o más bien mundano, que nada tiene que ver con el modo practicado y enseñado por Cristo.

Una de las diferencias más importantes entre los señores de este mundo y Cristo es que el Hijo de Dios, siendo verdadero hombre y verdadero Dios, y estando infinitamente por encima de cualquier hombre, es UN SEÑOR QUE SIRVE. ¿A qué amo o señor de este mundo se le ocurriría ponerse al servicio de sus inferiores?

En su condición de siervo, Cristo sirve primero y antes de nada al Padre, y por él, sirve a los hombres. En la siguiente frase se puede resumir el contenido de su misión en la tierra, misión de que era sabedor y manifestó a sus discípulos: “El Hijo del hombre no ha venido a ser servido, sino a servir y a dar su vida como rescate por muchos” (Mt, 20, 28).

El amor de Cristo se hace presente en una actitud activa de servicio y entrega. Se entregó de tal modo que dio su vida por los hombres. ¿Qué amo o señor de este mundo sería capaz de dar su vida no sólo por sus inferiores, sino además por sus enemigos? –porque enemigos de Dios éramos los hombres, al estar enemistados con él por causa del pecado-.

Hay mucha gente que en cuanto tiene ocasión aprovecha su cargo, o su posición de autoridad, en beneficio propio, intentando sacar partido de su poder, bien sea social, económico, político o incluso religioso.

No fue así con nuestro Señor, quien teniendo todo poder en el cielo y en la tierra, se entregó hasta el extremo. Los amos de este mundo, que no conocen a Dios, buscan su propio interés, actuando para beneficio propio, pero Jesús ejerce su servicio desinteresadamente y sirve sin buscar el propio interés: “¿quién es mayor, el que está en la mesa o el que sirve? ¿No es el que está a la mesa? Pues yo estoy en medio de vosotros como el que sirve” (Lc, 22, 27).

Jesucristo es un Señor diferente en todo, porque en él se puede depositar toda la confianza, él nunca falla ni defrauda. Es un Señor al que vale la pena servir porque vive por la eternidad, es infinitamente sabio, justo, misericordioso, humilde y lleno de amor. ¿No querrían los hombres servir a un Señor como éste? Por supuesto, muchos lo querrían. El problema es que no le conocen, porque si conociésemos al Señor, no dudaríamos que no hay mayor honor que servirle.

En definitiva, se trata de un Señor único y diferente, porque actúa movido por su amor infinito. Es ese amor el que le lleva hasta dar su vida por los demás, pasando por una vida de cruz, padecimientos, y muerte, para luego resucitar glorioso de entre los muertos.

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