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¿A quién queremos servir?

Tenemos que partir de que todo hombre sirve a alguien o a algo, aunque no se lo proponga. El modo de actuar en la vida, refleja a quién servimos. El servicio está relacionado en gran medida con nuestra conducta, dedicación y entrega. Esto nos lleva a la necesidad ineludible en la vida de tomar una decisión. Es necesario tomarla libre y conscientemente, decidir qué queremos de nuestra vida, por qué camino nos disponemos a andar, y dónde queremos llegar.

Al final todas las decisiones que podamos tomar se reducen a dos. Se trata de entrar por una de las dos puertas siguientes: la estrecha o la ancha; de andar por uno de estos dos caminos: el estrecho o el ancho, que llevan a metas muy diferentes: la vida o la muerte, temporales y eternas.

La Palabra de Dios en el capítulo 1 del libro de los Salmos habla de estos dos caminos, el de los impíos y el de los justos. Y en el Nuevo Testamento, el mismo Señor explica a sus oyentes cuáles son las dos puertas y los dos caminos, exhortando a los que le escuchaban a entrar por el camino de la vida: “Entrad por la puerta estrecha, porque ancha es la entrada y espacioso el camino que lleva a la perdición, y son muchos los que entran por ella; más ¡qué estrecha la entrada y qué angosto el camino que lleva a la Vida! y pocos son los que lo encuentran” (Mt 7,13).

Hay que tomar una actitud activa, porque dejarse llevar por la corriente, o lo que es lo mismo, por lo que hace la mayoría, no nos abre la puerta estrecha ni nos encamina por el camino de la Vida. No hace falta hacer nada especial para andar por el camino ancho, la mayoría de la gente anda por él sin proponérselo. Es el camino de la comodidad, del placer, de la autosuficiencia, del egocentrismo, del materialismo. El camino estrecho es el de la renuncia a uno mismo por amor a Cristo y al prójimo, el de tomar la cruz de cada día, y del seguimiento auténtico a nuestro Maestro y Señor. ¡Y no hay muchos que estén dispuestos a pagar el precio!, aunque éste sea el único camino que lleva a la Vida y a la felicidad.

Es aplicable aquí lo que dice el libro de Proverbios, a propósito de los caminos: “Hay caminos que parecen rectos, pero, al cabo, son caminos de muerte” (Pr 14,12). Lo que podría parecer un camino recto –el ancho y espacioso- es un camino de muerte; mientras el estrecho y sinuoso de que nos habla Cristo, es camino de vida; lo que podría parecer un camino de libertad –el camino ancho- es un camino de esclavitud, mientras el camino estrecho, -el difícil- es el de la libertad.

Para tomar esta decisión necesitamos por tanto determinación y esfuerzo permanentes por nuestra parte, por un lado por la propia dificultad del camino, ya que implica ir contra nuestro yo y contra todos nuestros enemigos, y por otro lado, porque el ambiente que nos rodea no nos ayuda. Servir a Cristo, es andar por el camino estrecho, el empinado, el sinuoso, pero el único que nos proporciona paz y gozo, temporales y eternos.

Si no optamos por servir y someternos a Cristo, a sus enseñanzas, a su Palabra, nos colocamos automáticamente en situación de esclavitud, porque sólo los hijos de Dios, nacidos a la vida nueva, gozan de la verdadera libertad. Y recordemos que no podemos quedarnos en una situación neutral en relación a este punto, porque ya dijo el Señor: “El que no está conmigo, está contra mí” (Lc 11,23).

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