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Para ser libres hay que nacer de nuevo

Juan escribió: “Sabemos que somos de Dios y que el mundo entero yace en poder del Maligno” (1 Jn 5,19). Mientras pertenecemos al mundo, -y no hay que hacer nada extraordinario para pertenecer a él, pues sin darnos cuenta el mundo nos envuelve, atrapa y mantiene bajo su esfera de influencia-, somos esclavos del mundo, del diablo y la carne; pero cuando decidimos seguir a Jesucristo, aceptándolo como nuestro único Señor, esforzándonos por ser obedientes a su Palabra, entramos ya a movernos en el Reino de Dios y adquirimos por gracia la libertad de los hijos de Dios, que luego tenemos que defender a capa y espada, si no queremos caer nuevamente bajo esclavitud de nuestros enemigos.

Jesús proclamó la necesidad de un nuevo nacimiento para entrar en el Reino de Dios: “‘En verdad, en verdad te digo: el que no nazca de lo alto no puede ver el Reino de Dios’. Dícele Nicodemo: ‘¿Cómo puede uno nacer siendo ya viejo? ¿Puede acaso entrar otra vez en el seno de su madre y nacer?’ Respondió Jesús: ‘En verdad, en verdad te digo: el que no nazca de agua y de Espíritu no puede entrar en el Reino de Dios’” (Jn 3,3-5). No se trata de un nacimiento natural, sino de un nacimiento espiritual. Los hijos de Dios, los nacidos a la vida nueva, reengendrados por el Espíritu a una vida incorruptible, la vida de Dios, no son engendrados de la carne ni la sangre, ni de deseo de hombre, sino de Dios (cf. Jn 1,13).

Nacer de nuevo implica recibir la vida de Dios en el espíritu del hombre. El hombre es cuerpo, alma y espíritu (cf. 1 Ts 5,23). Por el pecado nuestro espíritu nace muerto, pero cuando recibimos la vida de Dios por medio del Espíritu Santo, en virtud de la obra de Cristo, nuestro espíritu comienza a recibir vida. Ya no vivimos sólo con un cuerpo y un alma, sino que la parte más importante del hombre, el espíritu, recibe vida del Espíritu. Si el hombre no nace de nuevo, espiritualmente permanece muerto, pero si nace a la vida nueva, va experimentando y beneficiándose de la vida, que va adquiriendo siempre que colabore con el dador de la vida.

Es el nacimiento a la vida nueva, al hombre nuevo, al hombre espiritual, por contraposición al hombre carnal, que está vendido al poder de la carne y del pecado. Aquí el bautismo es fundamental. Dice Pablo a los Romanos: “¿O es que ignoráis que cuantos fuimos bautizados en Cristo Jesús, fuimos bautizados en su muerte? Fuimos, pues, con él sepultados por el bautismo en la muerte, a fin de que, al igual que Cristo fue resucitado de entre los muertos por medio de la gloria del Padre, así también nosotros vivamos una vida nueva. Porque si nos hemos hecho una misma cosa con él por una muerte semejante a la suya, también lo seremos por una resurrección semejante, sabiendo que nuestro hombre viejo fue crucificado con él, a fin de que fuera destruido este cuerpo de pecado y cesáramos de ser esclavos del pecado. Pues el que está muerto, queda librado del pecado” (Rm 6,3-7).

Este nacimiento se obtiene por la fe en el Hijo de Dios, sin la cual, por otra parte, no es posible agradar a Dios: “Todo aquel que cree que Jesús es el Cristo ha nacido de Dios” (1 Jn 5,1).

Estar o vivir en Cristo, es ser una nueva criatura, situación que nada tiene que ver ya con la de la esclavitud, sino con la de los hijos de Dios: “El que está en Cristo es una nueva creación; pasó lo viejo, todo es nuevo” (2 Co 5,17).

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