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Esclavos del pecado por nacimiento

Nacemos bajo el poder del pecado. El rey David en el Salmo 51 considera al hombre concebido en la culpa del pecado: “Mira que en culpa ya nací, pecador me concibió mi madre” (Sal 51,7).
El hombre nace bajo el peso y con la mancha del pecado. No hay ni un hombre justo, ni siquiera uno, pues todos pecaron y por ello están en situación de excluidos de la gloria de Dios. Como consecuencia del pecado original, el hombre nace tocado por el pecado, y bajo su esclavitud. Desde el momento de la entrada del pecado en la historia, es aplicable la palabra de Dios: “Todos pecaron y están privados de la gloria de Dios” (Rm 3,23), “no hay quien sea justo ni siquiera uno, no hay un sensato” (Rm 3,10-11), “todos se desviaron, a una se corrompieron” (Rm 3,12). Juan nos recuerda que “todo el que comete pecado es un esclavo” (Jn 8,35) –esclavo del pecado-. Pero también dice a continuación: “Si el Hijo de Dios os libertare seréis verdaderamente libres” (Jn 8,36). El Hijo de Dios nos ha liberado del pecado, ha muerto por nosotros y nos ha hecho libres, pero esa libertad no nos es impuesta. Está a nuestro alcance, ya ha sido conseguida en nuestro favor, pero tenemos que querer ser libres, y esto lo hacemos cuando creemos en Cristo Jesús. No viene mal recordar aquí que la fe verdadera no es una fe apenas intelectual, sino una fe que comporta obras, las obras que nacen de la fe y que se concretan en vivir de acuerdo a los mandatos de la Palabra de Dios. En efecto, el mismo capítulo 3 de la carta a los Romanos explica que si bien todos pecaron… también todos “son justificados por el donde su gracia, en virtud de la redención realizada en Cristo Jesús, a quien Dios exhibió como instrumento de propiciación por su propia sangre, mediante la fe… para ser él justo y justificador del que cree en Jesús” (Rm 3,24-26).
El pecado original ha dañado la primera naturaleza humana, pero no la ha corrompido del todo. Por el pecado, la libertad humana no fue extinguida, «aunque sí atenuada y desviada en sus fuerzas» (Concilio de Trento, DS 1521). La inclinación natural del hombre no es al bien, sino al mal, y así su espíritu y su alma deben ser guiados para no caer bajo la esclavitud del pecado. Opera en el hombre una fuerza interior que empuja al pecado desde el mismo momento en que nace, y que se opone a la ley de Dios, de la cual Pablo nos habla cuando expresa: “Sabemos en efecto, que la ley es espiritual, mas yo soy de carne, vendido al poder del pecado. Realmente mi proceder no lo comprendo; pues no hago lo que quiero, sino que hago lo que aborrezco. Y si hago lo que no quiero, estoy de acuerdo con la Ley en que es buena; en realidad, ya no soy yo quien obra, sino el pecado que habita en mí. Pues bien sé yo que nada bueno habita en mí, es decir, en mi carne; en efecto, querer el bien lo tengo a mi alcance, mas no el realizarlo, puesto que no hago el bien que quiero, sino que obro el mal que no quiero. Y, si hago lo que no quiero, no soy yo quien lo obra, sino el pecado que habita en mí. Descubro, pues, esta ley; aun queriendo hacer el bien, es el mal el que se me presenta. Pues me complazco en la ley de Dios, según el hombre interior, pero advierto otra ley en mis miembros que lucha contra la ley de mi razón y me esclaviza a la ley del pecado que está en mis miembros” (Rm 7,14-23).
Son dos fuerzas existentes en el interior de todo hombre, una que conduce a la libertad (la ley de Dios) y otra que conduce a la esclavitud (la ley del pecado).
Pero el pecado no tiene poder sobre el verdadero cristiano, sino que al igual que Cristo venció sobre el pecado, nosotros, una vez bautizados e injertados en Cristo, tenemos poder en Cristo Jesús, por medio del Espíritu Santo, para no caer bajo la esclavitud del pecado. El cristiano no está a merced del pecado: aceptando la obra de Cristo y viviendo según sus enseñanzas, queda libre de su esclavitud.
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