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Administradores y no señores (III). Administradores fieles.

 

“Ahora bien, lo que en fin de cuentas se exige de los administradores es que sean fieles” (1 Co 4,2).

Un administrador fiel es leal a su Señor y antepone los intereses de su amo a los suyos; es más, en el Reino de Dios diríamos que hay una identificación de intereses, porque el administrador verdaderamente fiel es aquel que no tiene otros intereses que los de su amo. Un administrador fiel no pone condiciones a su Señor, y está dispuesto a hacer todo lo que su Señor quiere, porque sabe que el Señor quiere lo mejor, que es sabio y no se equivoca. Un administrador fiel ama a su Señor. La entrega es un concepto próximo al de fidelidad. Un administrador fiel es el que se entrega por entero a su Señor.

La fidelidad se relaciona con el esfuerzo. No es tan importante cuánto producimos para el Reino de Dios, sino si nos esforzamos mucho y fielmente en su Reino. En la parábola de los talentos tanto el que recibió cinco como el que recibió dos, dieron el cien por ciento de lo que tenían. Ambos tuvieron el mismo tratamiento y la misma recompensa por parte del Señor.

La fidelidad es don de Dios, pero tenemos que quererla, aspirar a ella y buscarla de corazón, esperándola como don que viene de lo alto. En Cristo tenemos nuestro modelo: “Yo soy el Testigo Fiel (Ap 3,14), dice el Señor Jesús. El apóstol Pablo nos da una gran lección cuando dice: “Por eso todo lo soporto por los elegidos, para que también ellos alcancen la salvación que está en Cristo Jesús con la gloria eterna. Es cierta esta afirmación: Si hemos muerto con él, también viviremos con él; si nos mantenemos firmes, también reinaremos con él, si le negamos, él permanece fiel, pues no puede negarse a sí mismo” (2 Tm 2,10-13). Sus promesas son para siempre, él es fiel a cada una de sus palabras, y porque es fiel, también quiere que nosotros seamos fieles.

Nuestro Señor quiere que seamos fieles administradores suyos. El fue, es y será fiel. El fue fiel a la voluntad del Padre hasta cumplir todos y cada uno de sus designios. El Señor fue fiel hasta la muerte. Si hubiese dejado de ser fiel, aunque sólo hubiese sido el último día de su vida en la tierra, los planes del Padre en relación a él y a la humanidad no se hubieran llevado a cabo tal como estaban previstos. La fidelidad, a imitación del Maestro y Señor, debe ser hasta el final: Mantente fiel hasta la muerte y te daré la corona de la vida” (Ap 2,10).

La fidelidad que el Señor espera de nosotros lo abarca todo. Esa fidelidad comprende tanto el resultando final como los medios y el desarrollo del proceso para alcanzar esos resultados. Además, para llegar a resultados exitosos, que quiere decir simplemente llegar a la meta que se nos propone, no podemos hacer las cosas a nuestra manera, no podemos tomar nosotros las iniciativas en el qué y en el cómo, sino las del Señor.

Una de las claves para ser fieles al Señor está en ser fieles en lo poco: “En lo poco has sido fiel, al frente de lo mucho te pondré” (Mt 25,21). Además, ser fiel en lo poco es el único modo de ser fiel en lo mucho. La forma de ser fiel en lo mucho es siendo primero fiel en lo poco. El Señor no nos va a encomendar grandes tareas antes de encomendarnos las pequeñas. Esto nos debe llevar a cuidar todos los dones recibidos del Señor, no despreciando ninguno por pequeño que parezca. Todo es importante en el reino de Dios.

No son muchos los administradores fieles. A la vista de lo que dice el autor del libro de Proverbios, los hombres fieles escasean: “Muchos hombres se dicen piadosos, pero un hombre fiel, ¿quién lo encontrará?” (Pr 20,6). Sin embargo, un administrador fiel es un tesoro que al Señor le gusta sobremanera y en quien mucho se complace.

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