Skip to main content

Administradores y no señores (II). Escogidos para dar fruto.

Nuestro Señor no quiere que nuestras vidas sean estériles. Hay que dar fruto. En la parábola de los talentos –que veíamos la semana pasada- o en la de las minas, -muy similar- (cf. Lc 19,11 y ss.), el Señor viene a recoger el fruto del trabajo de sus siervos o administradores. Como Señor tiene todo el derecho a exigir el fruto de lo que es suyo. Y ciertamente lo exige: “¿por qué no colocaste mi dinero en el banco? Y así al volver, yo, lo habría cobrado con los intereses” (Lc 19,23), dijo el hombre noble al siervo holgazán en la parábola de las minas.

El Señor usó otra parábola, la de los viñadores homicidas, delante de los sumos sacerdotes y los fariseos, quienes comprendieron que aquellas palabras iban por ellos. Y cuando Jesucristo concluyó la parábola les dijo: “Por eso os digo: Se os quitará el Reino de Dios para dárselo a un pueblo que rinda sus frutos (Mt 21,43-44).

Pablo, en la carta a los Romanos, al explicar a la Iglesia de Roma cómo el cristiano queda libre de la ley por la obra de la Cruz, afirma: “Así, pues hermanos míos, también vosotros quedasteis muertos respecto de la ley por el cuerpo de Cristo, para pertenecer a otro: a aquel que fue resucitado de entre los muertos, a fin de que fructificáramos para Dios (Rm 7,4).

Y el mismo Jesucristo dijo a sus discípulos: “No me habéis elegido vosotros a mí, sino que os he elegido a vosotros, y os he destinado para que vayáis y deis fruto, y que vuestro fruto permanezca…” (Jn 15,16).

Es necesario, pues, dar fruto, pero, ¿cómo dar fruto?

Para dar fruto tenemos que estar enraizados en el lugar correcto. Por mucha apariencia de fruto, si no estamos donde tenemos que estar no habrá fruto bueno. El secreto para dar fruto es, permanecer en él: El que permanece en mí y yo en él, ése da mucho fruto (Jn 15,5).

El apóstol Juan utiliza la imagen de la vid y los sarmientos, que nos da luz sobre la importancia y el modo de dar fruto: “Yo soy la vid verdadera, y mi Padre es el viñador. Todo sarmiento que en mí no da fruto, lo corta, y todo el que da fruto, lo limpia, para que dé más fruto….Permaneced en mí, como yo en vosotros. Lo mismo que el sarmiento no puede dar fruto por sí mismo, si no permanece en la vid; así tampoco vosotros si no permanecéis en mí” (Jn 15,1-4). Sólo injertados en él, sólo desde la comunión de vida y amor con Cristo podemos dar el fruto que el Padre espera. Eso implica además, que antes y durante la fase de fructificación es necesario morir a la vida vieja, al hombre carnal, morir al yo, porque si no, no es posible dar fruto: “En verdad, en verdad os digo, si el grano de trigo no cae en tierra y muere queda él solo, pero si muere, da mucho fruto” (Jn 12,24).

En la medida en que muramos al hombre viejo y nos esforcemos por permanecer en Cristo, los frutos del Espíritu irán habitando en nosotros. Algunos de ellos los menciona la carta a los Gálatas: “El fruto del Espíritu es amor, alegría, paz, paciencia, afabilidad, bondad, fidelidad, mansedumbre, dominio de sí… pues los que son de Cristo Jesús han crucificado la carne con sus pasiones y apetencias” (Ga 5,22-24).

El fruto que el Señor espera está directamente relacionado con nuestra acogida, guarda y cumplimiento de la Palabra de Dios, como se aprecia en la parábola del sembrador, donde “los sembrados en tierra buena son aquellos que oyen la Palabra de Dios, la acogen y dan fruto, unos treinta, otros sesenta y otros ciento” (Mc 4,20).

Así pues, esforcémonos en dar buen fruto, para no ser cortados. Juan Bautista habló del juicio de Dios motivado por la falta de fruto, lo mismo que haría luego el Señor en la parábola de los talentos: “Ya está el hacha puesta a la raíz de los árboles; y todo árbol que no dé buen fruto será cortado y arrojado al fuego” (Mt 3,10). Si damos buen fruto, recibiremos la recompensa del Señor: “¡Bien, siervo bueno y fiel!,… entra en el gozo de tu Señor” (Mt 25,23).

Tu valoración Promedio (4 votos)