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Administradores y no señores

Tras referirme en los anteriores temas el Señorío de Cristo sobre lo que el hombre es y tiene, podemos concluir sin riesgo a equivocarnos que ciertamente no es el hombre dueño, sino ADMINISTRADOR de todo lo que el Señor ha puesto bajo su cuidado: los dones espirituales, el tiempo, los bienes materiales, las capacidades intelectuales, la familia, el propio cuerpo, y otros muchos aspectos y realidades.

La palabra de Dios en todo su contexto no deja lugar a la duda: somos administradores de todo lo que somos y tenemos. Veamos una de las parábolas que más luz nos aporta sobre nuestra posición de administradores.

“En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos esta parábola: Un hombre que se iba al extranjero llamó a sus siervos y les encomendó su hacienda: a uno dio cinco talentos, a otro dos y a otro uno, a cada cual según su capacidad; y se ausentó. Enseguida, el que había recibido cinco talentos se puso a negociar con ellos y ganó otros cinco. Igualmente el que había recibido dos ganó otros dos. En cambio el que había recibido uno se fue, cavó un hoyo en tierra y escondió el dinero de su señor. Al cabo de mucho tiempo, vuelve el señor de aquellos siervos y ajusta cuentas con ellos. Llegándose el que había recibido cinco talentos, presentó otros cinco, diciendo: Señor, cinco talentos me entregaste; aquí tienes otros cinco que he ganado. Su señor le dijo: ¡Bien, siervo bueno y fiel!; en lo poco has sido fiel, al frente de lo mucho te pondré; entra en el gozo de tu señor. Llegándose también el de los dos talentos dijo: Señor, dos talentos me entregaste; aquí tienes otros dos que he ganado. Su señor le dijo: ¡Bien, siervo bueno y fiel!; en lo poco has sido fiel, al frente de lo mucho te pondré; entra en el gozo de tu señor. Llegándose también el que había recibido un talento dijo: Señor, sé que eres un hombre duro, que cosechas donde no sembraste y recoges donde no esparciste. Por eso me dio miedo, y fui y escondí en tierra tu talento. Mira, aquí tienes lo que es tuyo. Mas su señor le respondió: Siervo malo y perezoso, sabías que yo cosecho donde no sembré y recojo donde no esparcí; debías, pues, haber entregado mi dinero a los banqueros, y así, al volver yo, habría cobrado lo mío con los intereses. Quitadle, por tanto, su talento y dádselo al que tiene los diez talentos. Porque a todo el que tiene, se le dará y le sobrará; pero al que no tiene, aun lo que tiene se le quitará. Y a ese siervo inútil, echadle a las tinieblas de fuera. Allí será el llanto y el rechinar de dientes” (Mt 25,14-30).

Muchas enseñanzas podemos sacar de esta parábola de los talentos:

·        El Señor da talentos a todos, a unos más, a otros menos. Pero no hay nadie que quede sin nada. En muchas ocasiones el problema está en el desconocimiento y la falta de puesta en acción de esos dones.

·        El Señor quiere que pongamos a trabajar los dones que él nos ha dado, sirviendo en su Reino. No quiere que estemos ociosos, y premia la diligencia y la laboriosidad. “Enseguida” los que recibieron cinco y dos talentos se pusieron a trabajar, lo que sugiere que aprovecharon bien el tiempo. Por el contrario, cuando se dirige al que recibió un solo talento y lo devuelve tal cual lo ha recibido, recibe el calificativo de perezoso.

·        El Señor viene a pedir los frutos del trabajo. Más pronto o más tarde, pero vendrá. De eso no cabe duda y tendremos que rendir cuentas ante él, pues todo administrador debe rendir cuentas ante su señor.

·        No importa en la opinión del Señor si lo recibido es mucho o poco, lo que importa es ser fiel a lo recibido.

·        No podemos ni podremos justificarnos ante el Señor diciendo que no hemos hecho nada malo –que por otro lado seguro que lo hacemos-, sino que el Señor quiere frutos buenos. El que recibió un solo talento no lo malgastó, ni lo perdió. Lo conservó, incluso cuidadosamente, para que nadie se lo quitase. No podemos, por tanto, presentarnos ante el Señor con las manos vacías, aunque tampoco podemos presentarnos ante él con ningún mérito, porque ¿quién es capaz de presentarse al Señor diciendo “he hecho esto, o lo otro”? Tan sólo nos queda confiar en su misericordia.

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