Skip to main content

Jesucristo, Señor de lo que soy y tengo (III): El dinero

Dando continuidad al tema de la semana pasada, la Biblia también afirma que todos los bienes materiales, las posesiones en general, las riquezas y el dinero en particular, pertenecen al Señor. En el libro de Ageo, por mencionar un texto muy explícito, deja Dios bien claro la propiedad de toda riqueza: “Mía es la plata y mío es el oro” (Ag 2,9).

Son muchas las referencias que hace la palabra de Dios al dinero y bienes materiales en general, quizá porque el hombre necesita especial orientación sobre el uso del dinero y porque el uso incorrecto de las posesiones ha traído la ruina a muchas vidas. Es reseñable que dos de los mandamientos del Decálogo: “no robarás” (Ex 20,15), y “no codiciarás la casa de tu prójimo” (Ex 20,17), se relacionan en buena medida con el modo de valorar las posesiones. Ciertamente estos mandatos se relacionan con las posesiones que uno no tiene, pero tanto en el Antiguo como en el Nuevo Testamento hay muchos mandamientos relacionados sobre cómo administrar el dinero y las posesiones en general y cuál debe ser nuestra relación con ellas.

El mismo Jesucristo dijo, entre otras muchas afirmaciones relativas al dinero y las riquezas: “Nadie puede servir a dos señores (se entiende que simultáneamente), porque aborrecerá a uno y amará al otro; o bien se entregará a uno y despreciará al otro. No podéis servir a Dios y al Dinero” (Mt 6,24); y en muchas ocasiones advirtió del peligro de las riquezas “Yo os aseguro que un rico difícilmente entrará en el Reino de los Cielos” (Mt 19,23), de cómo no podemos codiciar las riquezas: “Mirad y guardaos de toda codicia, porque, aun en la abundancia, la vida de uno no está asegurada por sus bienes” (Lc 12,15), de cómo no hay que amontonar tesoros en la tierra, “donde hay polilla y herrumbre que corroen, y ladrones que socavan y roban” (Mt 6,19). Por medio del apóstol Pablo vemos cómo las riquezas exponen a los hombres a la tentación porque “los que quieren enriquecerse caen en la tentación, en el lazo y en muchas codicias insensatas y perniciosas que hunden a los hombres en la ruina y la perdición” (1 Tm 6,9); y cómo “la raíz de todos los males es el amor al dinero” (1 Tm 6,10).

¿Cuál fue el problema del joven rico? Si leemos el texto del joven rico en el Evangelio de Mateo, Marcos o Lucas, vemos cómo este joven manifestó haber guardado los mandamientos de la Ley de Dios desde pequeño, y Jesucristo no dijo que no fuese así, por lo que no tenemos motivos para dudar de tal aseveración. Pero tras su encuentro con Jesús, el joven salió entristecido, ¿por qué? Porque fue voluntad de Cristo para aquel joven que vendiese lo que tenía y lo diese a los pobres para tener un tesoro en los cielos, pero no fue capaz de hacerlo. ¿Razón? El último versículo dice “porque tenía muchos bienes” (Mt 19,22). Y no es que el hecho de tener muchos bienes sea pecado ni causa de idolatría, pero no es fácil someter las riquezas que uno posee al señorío de Cristo, y más difícil todavía cuando se poseen muchas.

Las riquezas son pasajeras y fugaces: “No es eterna la riqueza” (Pr 27,4); “Porque nosotros no hemos traído nada al mundo, y nada podremos llevarnos de él” (1 Tm 6,7); existe el peligro de apoyarse en ellas y olvidarse del Señor, trayendo engreimiento al corazón (cf Si 5,1; Dt 8,11ss); el dinero es un poderoso caballero, como dice el refrán, y es a menudo motivo de seducción y esterilidad espiritual: “las preocupaciones del mundo, la seducción de las riquezas y las demás concupiscencias les invaden y ahogan la Palabra, y queda sin fruto” (Mc 4,19).

Algunos principios espirituales acerca de cómo actuar con el dinero, y posesiones en general:

  • Reconocimiento de que es del Señor tanto lo que tenemos, como la capacidad para obtenerlo y que de nada podemos gloriarnos. Comenzar, por tanto, reconociendo que no somos señores de “nuestro dinero”, sino que solamente somos administradores del dinero y demás bienes, y por tanto en sentido absoluto, no nos pertenecen (ver parábola de los talentos, Mt 25,14ss).
  • Ser fieles en la administración de lo que nos es entregado, mucho o poco, como en la parábola de los talentos (cf Mt 25,14ss).
  • Siendo generosos en el dar haciéndolo “no de mala gana ni forzado: pues Dios ama al que da con alegría” (2 Co 9,7).
  • No afanarse por el dinero, pues “la raíz de todos los males es el amor al dinero” (1 Tm 6,10); ni confiar en las riquezas, pues como aconsejaba Pablo a Timoteo: “A los ricos de este mundo recomiéndales que no sean altaneros ni pongan su esperanza en lo inseguro de las riquezas sino en Dios” (1 Tm 6,17).
  • Ser honestos y honrados en su obtención y administración, que es cualidad indispensable a un buen administrador.
  • Dar al Señor las primicias –diezmos–, ofrendas y limosnas (cf Gn 28,22; Lv 27,30; Ml 3,10; Lc 11,41-42).
  • Buscar la dirección del Espíritu Santo para utilizar los bienes con sabiduría y para gloria de Dios (cf 1 Co 10,31).
     

     

Tu valoración Promedio (7 votos)