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Jesucristo, Señor de lo que soy y tengo (II)

Si nos parásemos a pensar todo lo que el Señor ha puesto en nosotros seguramente nos quedaríamos asombrados. En el tema anterior vimos algo de todo ello. Esta semana quisiera mencionar dos dones que hemos recibido del Señor que tienen mucha enjundia, porque el uso que hacemos de ellos normalmente dice bastante acerca de nuestra persona. Son el tiempo y el dinero. De hecho, una frase que circula por ahí y considero bastante significativa, dice: “Dime en qué gastas tu tiempo y tu dinero y te diré quién eres”.

 

Para ambos asuntos –tiempo y dinero- la palabra de Dios nos ofrece abundantes criterios generales, en los que encontramos luz acerca de cuál es el punto de vista del Señor acerca del uso del tiempo y el dinero. Junto a estos criterios generales, válidos para todos, hay que añadir que el Señor tiene una voluntad específica para cada ser humano y desea mostrar personalmente a cada uno su perfecta voluntad en aras a administrar el tiempo y el dinero con sabiduría en nuestras vidas. Veamos alguna cosa en relación al tiempo y en el próximo tema en relación al dinero y bienes materiales en general.

 

El TIEMPO. El Señor ha puesto en nuestras manos las 24 horas de cada día para que las empleemos de la mejor manera posible. Es cierto que los días en la tierra son como un soplo o como vapor de agua, como dice la Biblia, pero también es cierto que el tiempo bien aprovechado da bastante de sí. El hecho es que los días, con sus horas, minutos y segundos, van pasando y cada día es una ocasión que el hombre tiene para dar gloria a Dios o para robársela. Damos gloria a Dios cuando hacemos un uso sabio del tiempo, empleándolo según la voluntad de Dios para nuestra vida. Dentro del uso del tiempo es bastante revelador el uso del tiempo libre, el que está al margen de las ocupaciones diarias. Jesús es, por cierto, también, Señor de nuestro trabajo, lo que conllevaría una reflexión importante sobre las implicaciones de esta afirmación en nuestra vida. Pero, centrándonos en el aspecto que ahora nos ocupa, ¿qué hacemos con el tiempo libre? ¿Lo empleamos sin pensar en el Señor y sus planes, según nuestro parecer, o se nos ocurre pensar que el tiempo no es nuestro y que tenemos que emplearlo como él lo haría en nuestro lugar? Siempre debemos tener en cuenta el principio bíblico: “Por tanto ya comáis, ya bebáis o hagáis cualquier otra cosa, hacedlo todo para gloria de Dios” (1 Co 10,31), y recordar que en relación a las cosas objetivamente buenas que podemos hacer, “todo es lícito, mas no todo es conveniente” (1 Co 10,23). Teniendo en cuenta la escala de valores del cristiano, sería lógico que el Señor, a quien servimos, ocupase un tiempo destacado y no despreciable en nuestro día a día, y además, que viviésemos esos encuentros con él como lo más importante del día. Y si hemos descubierto que Cristo es la perla preciosa o el gran tesoro de que nos habla la palabra de Dios, lo normal sería que orientásemos “nuestro” tiempo, especialmente el tiempo libre, a lo más importante: todo lo que está relacionado con el reino de Dios y su Rey, Jesucristo. No quiere decir esto que no haya un tiempo para el descanso, que también es necesario, pero todo ordenado, ocupando su justo lugar, dando a cada cosa la importancia debida.

 

Gran derroche es desperdiciar el tiempo. ¿Y no hacemos esto los cristianos frecuentemente? Sin embargo la palabra de Dios una vez más nos enseña: “Mirad atentamente como vivís; que no sea como imprudentes, sino como prudentes; aprovechando bien el tiempo presente, porque los días son malos” (Ef 5,15-16).

 

A semejanza de nuestro Señor, debemos invertir de la mejor manera posible el tiempo que se nos ha dado, preocupándonos de buscar en todo el Reino de Dios y su justicia, estando pendientes de las cosas de nuestro Padre Celestial, atentos a la voluntad de nuestro Señor y dispuestos a ponerla en práctica con prontitud. Nuestra misión como cristianos y siervos de Cristo es, al final, trabajar “no por el alimento perecedero sino por el alimento que permanece para vida eterna” (Jn 6,27). No lo dudemos, los tiempos de oración, y muy especialmente de adoración, personal y comunitaria, son siempre una sabia inversión de este don precioso que el Señor nos ha dado.

 

En resumen, hablar del tiempo es hablar de la vida misma con todos sus momentos. El Señor no es ajeno o indiferente a ninguno de ellos. Nuestro Señor tiene mucho que decir en relación a nuestras ocupaciones diarias, el tiempo libre, las vacaciones, los momentos de descanso,… Si queremos y nos ponemos en nuestro sitio, desde una actitud de obediencia, disponibilidad y amor, el Espíritu Santo nos dará la luz necesaria para usar sabiamente el don tiempo, que el Señor ha puesto en nuestras manos para que dé mucho fruto.

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