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Jesucristo, Señor de lo que soy y tengo (I)

Jesucristo es Señor de todo lo que somos y tenemos. Sin alargarme demasiado ni ser muy exhaustivo, quisiera poner de manifiesto algo de lo mucho que el Señor nos ha dado. Todo eso le pertenece. De todo ello es el Señor. ¡NADA NOS PERTENECE, NO LO OLVIDEMOS! En el lenguaje humano podemos hablar con propiedad diciendo que esto o aquello es mío, o nuestro, pero en términos absolutos TODO ES SUYO.
Veamos en éste y en el próximo tema algunos de esos dones y realidades en el ser humano que el Señor nos ha dado, y reflexionemos sobre ello. Se trata de dones que fácilmente nos apropiamos como nuestros y que tenemos el riesgo de manejar a nuestro antojo, sin considerar que Jesucristo es el Señor de todo lo que hemos recibido. Cuando actuamos así, esto es, convirtiéndonos nosotros mismos en señores de lo que somos y tenemos, caemos en idolatría e impedimos que Jesucristo gobierne nuestras vidas en alguna área, lo cual es algo muy serio e impedimento para recibir todo lo que el Señor quiere darnos.
Podemos afirmar, por ejemplo, que Jesucristo es Señor:
·        De la misma VIDA que hemos recibido. ¿Acaso alguien se ha dado a sí mismo la vida? La vida natural la recibimos de nuestros padres que son colaboradores en la obra creadora de Dios. No hablemos ya del alma y el espíritu que nos vienen directamente dados por nuestro Creador. En él vivimos, nos movemos y existimos cada instante de “nuestra” vida. Así, Jesucristo es Señor tanto de la vida natural como de la espiritual.
·        Del CUERPO. Muchas personas en nuestros días afirman sin rubor, partiendo de la falsa premisa de que son dueños de sí mismos: “yo hago con mi cuerpo lo que quiero”, pero habría que recordar lo que dice la palabra de Dios sobre nuestro cuerpo: “¿No sabéis que vuestro cuerpo es santuario del Espíritu Santo que está en vosotros y habéis recibido de Dios, y que no os pertenecéis? ¡Habéis sido bien comprados! Glorificad, por tanto, a Dios en vuestro cuerpo” (1 Co 6,19-20). Por eso, decir que podemos hacer con el cuerpo lo que queramos es una necedad y tal aseveración es propia de una mente que no ha sido transformada por los criterios renovados y verdaderos de la palabra de Dios. Esto implica por ejemplo, que el suicidio, el aborto –aunque aquí lo que está en juego ya no es la propia vida, sino otra vida- y la fornicación, por poner tres ejemplos, no son lícitos en ningún caso para el hombre. Pero la responsabilidad es todavía mayor para los cristianos. Pablo escribe esta carta a los cristianos de Corinto y les exhorta a tratar su cuerpo con todo honor, como conjunto de miembros al servicio de la justicia y la santidad, y no según la carne. Además, el cuerpo del cristiano es nada más y nada menos que santuario del Espíritu Santo. El cuerpo es el recipiente de barro (cf. 2 Co 4,7) en el que se deposita el gran tesoro, el Espíritu Santo, que mora realmente en nosotros cuando lo recibimos y no lo echamos fuera.
·        De nuestras ACCIONES. En una ocasión a Pedro y a otros discípulos de Jesús se les prohibió terminantemente enseñar en el nombre de Jesucristo, pero sin embargo ellos llenaron Jerusalén de la doctrina del Maestro, pues como ellos dijeron: “hay que obedecer a Dios antes que a los hombres” (Hch 5,29). Esta afirmación revela un gran principio espiritual que debería ser siempre obedecido.
·        De nuestra FAMILIA. Tampoco nuestra familia es “nuestra”. No tenemos un derecho de propiedad en sentido estricto sobre nuestros hijos o nuestro cónyuge, por ejemplo. Por otro lado, nadie elige la familia en que nace. Sin duda, el Señor nos ha dado una familia, que es suya, para que la cuidemos y cada uno llevemos a cabo nuestra misión de la mejor manera posible. El hecho de que Jesucristo sea Señor implica que no podemos dar más importancia a nuestra familia que al mismo Señor. Él debe ocupar el primer lugar en nuestras vidas, incluso por encima de nuestros familiares más queridos: “El que ama a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí; el que ama más a su hijo o a su hija más que a mí, no es digno de mí” (Mt 10,37). Hay gente que malinterpreta este texto diciendo que el Señor no da importancia a la familia o cosas parecidas. No, Jesucristo pone de manifiesto que nada ni nadie puede ocupar el lugar que sólo a él le pertenece y que nuestro amor, que se manifiesta principalmente en la entrega y obediencia, debe dirigirse por encima de todo al Señor. Por otro lado, ¿no es un descanso saber que Jesucristo es realmente el Señor de nuestra familia? Él la ama, la conoce y la cuida mejor que nadie. En él podemos descansar y confiar.
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