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Jesucristo, triunfador sobre la muerte

¡Cristo venció a la muerte! ¡Aleluya!
 
El mismo Jesucristo, el Hijo de Dios, pasó por la experiencia de la muerte, si bien de un modo diferente al resto de los hombres. Su muerte fue única y diferente de las demás sobre todo por las siguientes razones:
a)    Porque sólo él, verdadero Dios y verdadero hombre, podía reconciliar al hombre con Dios y sólo por su intervención podía ser vencida la muerte a que el hombre abandonado a su suerte estaba sometido para siempre.
b)    Porque su muerte fue un morir a nuestro pecado: “Su muerte fue un morir al pecado, de una vez para siempre” (Rm 6,10).
Jesucristo ya afirmó en su paso por la tierra: “Yo soy la Resurrección. El que cree en mí aunque muera, vivirá; y todo el que vive y cree en mí, no morirá jamás” (Jn 11,25-26). No comprenderían muy bien sus oyentes el sentido se sus palabras. Pero ahora los cristianos creemos y sabemos que él murió y resucitó, y está sentado a la diestra de Dios. Y demostró su poder sobre la muerte, como primicia de la resurrección final, al resucitar a su amigo Lázaro o al hijo de la viuda de Naím.
Lo cierto es que Jesucristo murió, pero la muerte quedó derrotada en su propio terreno. Muriendo, Cristo destruyó la muerte. De este modo: “Cristo, una vez resucitado de entre los muertos, ya no muere más, y la muerte no tiene ya señorío sobre él” (Rm 6,9).
Pablo habla de “Nuestro Salvador Cristo Jesús, quien ha destruido la muerte, y ha hecho irradiar vida e inmortalidad por medio del Evangelio” (2 Tm 1,10).
Y Juan escribe en el Apocalipsis lo que le es revelado: “No temas, soy yo, el Primero y el Ultimo, el que vive; estuve muerto, pero ahora estoy vivo por los siglos de los siglos, y tengo las llaves de la Muerte y del Hades” (Ap 1,17-18). No sólo vive por la eternidad, sino que tiene las llaves de la Muerte y el Hades, lo que nos da idea de su absoluto poder y autoridad sobre la muerte. Y es que “Cristo murió y volvió a la vida para eso, para ser Señor de muertos y vivos” (Rm 14,9).
 
La Resurrección de Cristo, que es victoria sobre la muerte, está ahora al alcance del hombre de fe, o sea, de quien cree en el Señor y por tanto vive según su voluntad.
Desde que Jesucristo murió y resucitó, la muerte pasó a tener un sentido diferente para el hombre, sobre todo para el cristiano. La muerte ya no es el destino eterno e irremediable para el hombre. Ahora hay esperanza, hay salvación, hay liberación en Cristo Jesús, la Resurrección y la Vida. Quien crea en él, aunque pase por la muerte física, vivirá eternamente y no morirá jamás.
Por eso, la muerte y Resurrección de Cristo, son para el cristiano, que participa de su muerte y resurrección, motivo de agradecimiento y gozo, al ser consciente de que la muerte ha perdido su gran poder, y lo único que puede provocarle es una cercanía mayor con el Señor: “¿Dónde está, oh muerte, tu victoria? ¿Dónde está, oh muerte, tu aguijón?” (1 Co 15,55).
Ahora bien, para que esta palabra se cumpla en el tiempo, hay que dejar este cuerpo mortal, pues “la carne y la sangre no pueden heredar el Reino de Dios” (1 Co 15,50), hay que pasar por el tránsito de esta vida a la verdadera Vida, lo cual lejos de ser pérdida es para el cristiano una ganancia increíble: “Porque para mí la vida es Cristo y la muerte una ganancia (Flp 1,21), escribió Pablo.
En efecto, “es necesario que este ser corruptible se revista de incorruptibilidad; y que este ser mortal se revista de inmortalidad. Y cuando este ser corruptible se revista de incorruptibilidad y este ser mortal se revista de inmortalidad, entonces se cumplirá la palabra que está escrita: La muerte ha sido devorada en la victoria (1 Co 15,53-54).
Y llegará ese día en que finalmente la muerte dejará de manifestarse:
  • “Consumirá a la Muerte definitivamente” (Is 25,8).
  • “Enjugará toda lágrima de sus ojos, y no habrá ya muerte, ni habrá llanto, ni gritos ni fatigas, porque el mundo viejo ha pasado” (Ap 21,4).
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