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Jesucristo, triunfador sobre el pecado

Sabemos que Adán y Eva pecaron. Fue un pecado de desobediencia, de rebeldía, de autosuficiencia, de independencia, de querer ser como Dios. Desde entonces el pecado hizo mella en toda la humanidad. El ser humano perdió lo más valioso que tenía: la comunión con su Creador. Las consecuencias del pecado dejaron al hombre en una situación realmente lastimosa: separación de Dios, pérdida de la comunión con el prójimo, muerte física, experiencia de la enfermedad, caída bajo la esclavitud del Maligno…

Sin embargo, esta situación de enemistad y rebelión del hombre contra Dios, no provocó el abandono ni el rechazo por parte de Dios al hombre. Por el contrario, movido por su amor, Dios siempre ha salido en busca del ser humano para guiarle, mostrarle su amor y enseñarle el camino de regreso. De hecho la llamada de Dios a la conversión, es una constante en prácticamente todos los capítulos de la Biblia. Consumada la obra de Cristo en la cruz, su continuador, el Espíritu Santo, viene ejerciendo a la perfección su misión de convencer al mundo en lo referente al pecado (cf. Jn 16, 8).
 
La manifestación suprema de su amor, que ha supuesto para el creyente, victoria sobre el pecado, se ha plasmado en la venida de Cristo a la tierra, poniendo a su disposición una impresionante herencia y trayendo victoria sobre todos sus enemigos. Lo cierto es que estábamos muertos y destinados a la perdición por causa de nuestros pecados, pero Dios nos dio vida y victoria por medio de su Hijo unigénito. Pablo lo expresa de modo precioso así: “Y a vosotros que estabais muertos en vuestros delitos y pecados, en los cuales vivisteis en otro tiempo según el proceder de este mundo, según el Príncipe del imperio del aire, el Espíritu que actúa en los rebeldes... entre ellos vivíamos también todos nosotros en otro tiempo en medio de las concupiscencias de nuestra carne, siguiendo las apetencias de la carne y de los malos pensamientos, destinados por naturaleza, como los demás, a la Cólera... Pero Dios, rico en misericordia, por el grande amor con que nos amo, estando muertos a causa de nuestros delitos, nos vivificó juntamente con Cristo –por gracia habéis sido salvos- y con él nos resucitó y nos hizo sentar en los cielos en Cristo Jesús” (Ef 2,1-6). ¿Se puede pedir algo más?
 
Cristo vino para restaurar el Reino de Dios en la tierra, y buena parte de esa restauración pasaba por salvar al hombre de sus pecados. De hecho el nombre de Jesús, que significa “Dios salva”, nos da una pista importante sobre la misión de Cristo en la tierra. El Ángel del Señor se apareció en sueños a José y le dijo que María iba a dar a luz un hijo y él le pondría por nombre `Jesús´, “porque él salvará a su pueblo de sus pecados” (Mt 1,21). Él es el Cordero de Dios, el que quita el pecado del mundo (cf. Jn 1,36). 
 
Lo condenable fue objeto de salvación, lo que estaba muerto vivificado, lo que estaba bajo esclavitud, liberado: “Así como el delito de uno solo atrajo sobre todos los hombres la condenación, así también la obra de la justicia de uno solo procura toda justificación que da la vida. En efecto, así como por la desobediencia de un solo hombre todos fueron constituidos pecadores, así también por la obediencia de uno solo todos serán constituidos justos” (Rm 5,18-19). Y el apóstol Pablo continúa explicando cómo se lleva a cabo este proceso: “cuantos fuimos bautizados en Cristo, fuimos bautizados en su muerte y por tanto sepultados por el bautismo en la muerte, a fin de que, al igual que Cristo fue resucitado de entre los muertos…, así también nosotros vivamos una vida nueva…. Y si hemos muerto con Cristo, creemos que también viviremos con él, sabiendo que Cristo, una vez resucitado de entre los muertos, ya no muere más, y que la muerte no tiene señorío sobre él. Su muerte fue un morir al pecado, de una vez para siempre” (Rm 6,3 y ss).
 
La clave para mantener la victoria que Cristo obtuvo en nuestro favor, una vez que se ha creído en él, es no dar más ocasión al pecado: “No reine pues, el pecado en vuestro cuerpo mortal, de modo que obedezcáis a sus apetencias, sino más bien ofreceos vosotros mismos a Dios como muertos retornados a la vida; y vuestros miembros como armas de justicia al servicio de Dios. Pues el pecado no dominará ya sobre vosotros, ya que no estáis bajo la ley sino bajo la gracia” (Rm 6,12-14). El cristiano, el que vive en Cristo, ha quedado liberado del pecado: “Gracias a Dios, vosotros, que erais esclavos del pecado, habéis obedecido de corazón a aquel modelo de doctrina al que fuisteis entregados, y liberados del pecado, os habéis hecho esclavos de la justicia” (Rm 6,17-18)… “Pues el salario del pecado es la muerte; pero el don gratuito de Dios, la vida eterna en Cristo Jesús Señor nuestro” (Rm 6,23).
 
Ahora pues, gracias al triunfo de Cristo sobre el pecado: “Ninguna condenación pesa sobre los que están en Cristo Jesús” (Rm 8,1). Y podemos glorificar a Cristo pues Dios “nos libró del poder de las tinieblas y nos trasladó al Reino del Hijo de su amor, en quien tenemos la redención, el perdón de los pecados” (Col 1,13).
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