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Jesucristo, vencedor de todo mal

Ni el pecado, ni la muerte, ni la ley, ni la enfermedad, ni Satanás junto con todas sus huestes tienen cualquier grado de dominio sobre Jesucristo. Por el contrario, Jesucristo demostró durante su vida en la tierra su autoridad sobre todos ellos.

Por el pecado entró en el mundo toda clase de consecuencias negativas para el hombre. Especialmente el hombre quedó apartado de la comunión con Dios y pasó del estado de la libertad al de la esclavitud. La desobediencia de nuestros primeros padres, dio lugar a que el hombre quedase bajo el poder del pecado, bajo el poder de la ley, bajo la esclavitud del diablo, bajo el poder de la enfermedad y, por si fuese poco, bajo el poder de la muerte y muerte eterna.
Pero Dios, por medio del amor y el poder de su Hijo Jesucristo, demostró su absoluta autoridad sobre todo mal y por medio de su muerte y resurrección derrotó en la cruz a todos sus enemigos, el último de los cuales en ser destruido será la muerte (cf. 1 Co 15,26). El discípulo de Cristo, que participa de su muerte y resurrección, participa también de su victoria y autoridad sobre todos sus enemigos.
Así, el dominio de Cristo se despliega:
  • Sobre el pecado. El pecado nunca tuvo dominio sobre Jesucristo. De hecho él vino a la tierra a tratar con el pecado. Como hombre, fue en todo igual a nosotros, excepto en el pecado, con el que nunca tuvo cualquier alianza, ya que no hay comunión posible entre la luz y las tinieblas, entre la santidad y el pecado. Por otro lado, no sólo no pecó sino que Cristo era el único ser, verdadero Dios y verdadero hombre, con capacidad y poder suficientes para perdonar pecados, como demostró en la curación del paralítico (cf. Lc 5). En la cruz, Cristo asumió todo el pecado de la humanidad, se hizo pecado por nosotros: “A quien no conoció pecado, le hizo pecado por nosotros, para que viniésemos a ser justicia de Dios en él” (2 Co 5,21), “su muerte fue un morir al pecado” (Rm 6,10) -no al suyo, que no lo tenía, sino al de los hombres- para que el pecado ya no reinase ni tuviese dominio sobre nosotros (cf. Rm 6,13); y libres del poder del pecado pudiésemos vivir como hijos de la Luz e hijos del Día.
  • Sobre Satanás y sus huestes. Jesucristo siempre ha detentado todo poder y autoridad sobre ellos. Justo antes de comenzar su vida pública, tras ayunar cuarenta días y cuarenta noches en el desierto venció al enemigo en las tres tentaciones que nos narran Mateo, Marcos y Lucas. Luego, durante su vida pública, la predicación de la Buena Noticia fue acompañada de obras de poder, al liberar a los endemoniados de espíritus inmundos, como cuando un día al atardecer le llevaron muchos endemoniados y “expulsó a los espíritus con una palabra” (cf. Mt 8,16). La derrota definitiva de Satanás y sus huestes se fraguó en la Cruz, a los que derrotó de una vez para siempre en la cruz del Calvario, donde fueron despojados los Principados y las Potestades incorporándolas a su cortejo triunfal (cf. Col 2,15). El Señor dio poder a sus discípulos sobre los espíritus inmundos (cf. Mc 6,7) y anunció que una de las señales que iban a acompañar a los que creyesen en él es la expulsión de demonios en su nombre (cf Mc 16,15 y ss).
  • Sobre la muerte. “Cristo, una vez resucitado de entre los muertos, ya no muere más, y la muerte no tiene ya señorío sobre él” (Rm 6,9). De hecho, como dice luego Pablo, “su muerte fue un morir al pecado” (Rm 6,10). Los Evangelios nos relatan cómo en diferentes ocasiones resucitó a los muertos, como sucedió con su amigo Lázaro (cf. Jn 11), o con la hija de Jairo (cf. Mc 5). También sus discípulos, en el nombre de Jesucristo, y en virtud del mandato recibido, obedeciendo las palabras del Señor, resucitaron en diversas ocasiones a los muertos como sucedió con Pablo en relación al joven Eutico (cf. Hch 20,9). El es Señor de vivos y muertos; él es “el Principio, el Primogénito de entre los muertos” (Col 1,18); y es que “Cristo murió y volvió a la vida para eso, para ser Señor de muertos y vivos” (Rm 14,9). Él es Señor de la Muerte y del Hades: “Soy yo, el Primero y el Ultimo, el que vive; estuve muerto, pero ahora estoy vivo por los siglos de los siglos, y tengo las llaves de la Muerte y del Hades” (Ap 1,18).
  • Sobre la enfermedad: “Recorría Jesús toda Galilea, enseñando en sus sinagogas, proclamando la Buena Nueva del Reino y curando toda enfermedad y toda dolencia en el pueblo” (Mt 4,23).
  • Cristo demostró su autoridad sobre la ley, bajo la cual el hombre del Antiguo Testamento se encontraba: “Cristo nos rescató de la maldición de la ley, haciéndose él mismo maldición por nosotros” (Gal 3,13).
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