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Jesucristo es el Señor (II)

 En el tema anterior iniciamos la aproximación al término “Señor”. Vimos también cómo la Palabra de Dios nos revela con total claridad y sin lugar a dudas que Jesucristo es el Señor, algo que para nosotros los cristianos es evidente y claramente deducible de las Escrituras, pero que no es reconocido por el resto de religiones.

En este tema, prosiguiendo con el alcance del término “Señor”, abordaremos muy ligeramente dos claves que nos ayudarán a comprender mejor el señorío de Cristo.
Muchas de las palabras que utilizamos tienen un significado diferente a lo largo de la historia, por causas históricas, sociales o de otro tipo. A veces son simplemente matices, pero que dan luz a la hora de comprender el sentido exacto de las cosas. Así, trasladarnos en el tiempo a la época en que fueron escritos los textos sagrados, conocer el contexto social existente y el significado concreto de cada término, puede sernos de utilidad para captar mejor el sentido y alcance de la Palabra revelada. Esto nos sucede con la palabra “señor”, en griego ‘kyrios’ empleada a menudo en el Nuevo Testamento. Hoy tendremos una mayor comprensión del término “Señor” aplicado a Jesucristo, si consideramos dos aspectos: a) la existencia de la esclavitud en el Imperio Romano, y b) la divinización de los emperadores romanos.
a) La esclavitud en el Imperio Romano.
Los esclavos eran una verdadera clase social en aquella época. Los esclavos en el imperio romano tenían la condición de cosas y no de personas, de modo que sus señores podían hacer con ellos lo que querían y sin prácticamente limitación alguna. Podían ser objeto de comercio, de maltrato y hasta podían llegar a matarlos. Los esclavos carecían de derechos y estaban en todo bajo el poder absoluto de sus propietarios. Estaban las veinticuatro horas del día al servicio de sus señores y les prestaban todo tipo de servicios. Los señores o amos esperaban de sus esclavos sumisión y lealtad, entrega y fidelidad.
Así, cuando los autores de los libros de la Biblia, inspirados por el Espíritu Santo, se refieren al término “Señor”, todos los hombres de su época, están pensando en la habitual relación entre amos-esclavos, los derechos de unos y las obligaciones de los otros. Esta relación nos da una serie de pistas para comprender mejor el significado del término Señor aplicado a Jesucristo. Ahora bien, como veremos en temas posteriores, nuestra suerte es que Jesucristo no ejerce su autoridad de manera despótica ni arbitraria: él es Señor bueno, que no viene a aprovecharse de nosotros sino todo lo contrario, viene a darnos su vida: “Yo he venido para que tenga vida, y la tengan en abundancia” (Jn 10,10).
b) La divinización de los emperadores romanos.
Los emperadores romanos eran tratados frecuentemente como dioses. A lo largo del imperio romano se extendió el culto al emperador, que en muchas ocasiones llegó a ser adorado como lo eran los dioses paganos. El César, divinizado, era llamado “Señor”. Lógicamente, no era llamado así por los cristianos. Del mismo modo que el profeta Daniel no se arrodilló sino ante el único Dios verdadero, a quien servía, a pesar del edicto promulgado por el Rey Darío (cf. Dn 6), los primeros cristianos, fieles al único Señor, no doblegaron sus rodillas ante los emperadores romanos ni se rindieron a cualquier autoridad pretendidamente absoluta, fuera de Jesucristo. Al fin y al cabo habían aprendido lo que en una ocasión Pedro dijo a los ancianos, escribas y sumos sacerdotes: que había que obedecer a Dios antes que a los hombres (cf. Hch 4,19). En efecto, los primeros cristinos se encontraron con una situación bastante complicada. Cuando alguien les saludaba con las palabras de entonces “¡César es el Señor!”, ellos no respondían como la mayoría de la gente diciendo: “Sí, César es el Señor”, sino que decían: “No, ¡Jesucristo es el Señor!”, y tal afirmación no gozaba precisamente del favor ni del beneplácito de las autoridades políticas del Imperio.
En este contexto nada sencillo para los cristianos de entonces, y sin arrugarse lo más mínimo, impulsado por el Espíritu Santo, el apóstol Pedro se dirige a miles de judíos y habitantes de Jerusalén, proclamando con gran valentía y aplomo: “Sepa pues, con certeza, toda la casa de Israel, que Dios ha constituido SEÑOR y Cristo a este Jesús a quien vosotros habéis crucificado” (Hch 2,36). Eso significaba jugarse la vida en toda regla. Muchos habitantes de Jerusalén le estaban oyendo -de hecho unas tres mil almas se convirtieron en aquel momento- (cf. Hch 2,41), y con seguridad aquel discurso de Pedro no pasó desapercibido para las autoridades romanas. Pero ya no era Pedro, el discípulo miedoso de la Pasión, el que hablaba, sino el Espíritu Santo a través de él, y por medio de él, quien efectuó tal proclamación.

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