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12. Tu restauración: la obra de arte del Redentor

"¿No puedo hacer yo con vosotros, casa de Israel, lo mismo que este alfarero?" (Jr,18,6)

De la cruz a tu corazón. Jesucristo realizó la obra de la redención muriendo realmente en nuestro lugar por nuestros pecados. Sabemos que el Padre le resucitó, y le glorificó, exaltándole con su ascensión a las alturas y otorgándole el Nombre sobre todo nombre, confirmándole como Jefe y Salvador, con toda autoridad y poder. Por medio de él, los creyentes somos reconciliados con Dios y tenemos abierto el camino hasta su presencia, para recuperar la comunión con él y la vida eterna. Hoy, en la tierra, es el Espíritu Santo quien en nombre de Jesucristo nos acerca la obra realizada ya en la cruz. Verdaderamente el Espíritu Santo continúa trayendo la presencia de Cristo entre nosotros. Por eso podemos decir que Jesús salva hoy. Cuando aceptamos al Salvador de nuestra vida, la salvación nos alcanza: de la cruz a nuestro corazón.

En algunos casos, como hemos referido, el cristiano que acepta a Jesucristo y recibe su salvación encuentra el regalo del "paquete entero" de la salvación, experimentando un cambio radical en todas las áreas de su vida. Aun así, cada día necesitará renovar su compromiso con su Salvador y acercarse a la cruz de donde brotó la sangre que le liberó, perdonó, salvó y sanó, para mantener ese regalo y profundizar en la relación con su Salvador.

Sin embargo, habitualmente los creyentes con su primer encuentro personal con Cristo inician un camino de salvación en que el primer regalo se refiere a la salvación eterna, para ir descubriendo progresivamente los demás regalos que había junto con éste. El Señor va tratando así con nuestra vida, en un proceso de restauración espiritual, moral, emocional, psicológica, de la memoria, de la salud, y en definitiva de cada área de nuestra vida y de nuestras relaciones y acciones, incluyendo nuestro trabajo o servicio y nuestra vida familiar y social.

Sea uno u otro modo como Dios quiera tratar con el creyente, el resultado debe ser el mismo. Las obras del Señor son todas perfectas, y ¡cada uno de nosotros somos una obra del Señor! Él, como experto alfarero, quiere trabajar su obra hasta estar completamente satisfecho. Sin embargo, lamentablemente, no siempre colaboramos con el Espíritu Santo en este proceso de restauración, siendo nuestra falta de colaboración (a veces simplemente por ignorancia, la mayor parte de las veces por desobediencia) el principal motivo de que no se manifieste en nosotros la salvación completa que quiere el Señor para nuestra vida, y retrasando esa restauración de nuestra vida que el Señor quería realizar, cuando no retrocediendo en la misma.

El proceso. El plan de redención y salvación se completa con el plan de restauración: no sólo librarnos del pecado y sus consecuencias, sino resarcirnos de todo lo que el pecado estropeó en todas las áreas de nuestra vida, y colmarnos ahora de bendiciones donde antes había males o carencias. Así clama David: "Bendice a Yahveh, alma mía, del fondo de mi ser, su santo nombre, bendice a Yahveh, alma mía, no olvides sus muchos beneficios. Él, que todas tus culpas perdona, que cura todas tus dolencias, rescata tu vida de la fosa, te corona de amor y de ternura, satura de bienes tu existencia, mientras tu juventud se renueva como el águila" (Sal 103,1-5).

Lo primero y más importante, es restaurar la comunión con Dios. El pecado siempre es el principal obstáculo que se interpone en esa comunión, y que deberemos ir retirando conforme el Espíritu nos lo vaya descubriendo. Y junto al pecado, toda influencia del espíritu del mundo con sus costumbres, ambiciones, formas de relacionarnos, de usar el tiempo, el dinero, etc., también deberá ser reemplazada por una vida gobernada y guiada por el Espíritu Santo.

En este proceso de restauración, Dios es quien cura todas nuestras dolencias y nos satura de bienes. Las debilidades de nuestro carácter o temperamento, de nuestras emociones, de nuestra voluntad, o de nuestro cuerpo, tienen importancia para nuestro Salvador. Él desea que seamos sanos, primero, y seamos fortalecidos, a continuación, allí donde haya enfermedad o carencia. Así dice la tercera carta de Juan: "Pido, querido, en mis oraciones que vayas bien en todo como va bien tu alma y que goces de salud" (3 Jn 2).

El objetivo final que Dios tiene en mente no es otro sino "reproducir la imagen de su Hijo" (Rm 8,29) en nosotros. En otras palabras, que "lleguemos todos a la unidad de la fe y del conocimiento pleno del Hijo de Dios, al estado de hombre perfecto, a la madurez de la plenitud de Cristo" (Ef 4,13). Este objetivo nos puede parecer inalcanzable, y de hecho lo es para nosotros. Pero en este proceso de nuestra maravillosa restauración tenemos asegurada la poderosa ayuda del Espíritu Santo: "Él os fortalecerá hasta el fin para que seáis irreprensibles en el Día de nuestro Señor Jesucristo. Pues fiel es Dios, por quien habéis sido llamados a la comunión con su hijo Jesucristo, Señor nuestro" (1 Co 1,8-9). Pero aunque tenemos a Dios de nuestro lado, sin nuestra colaboración con el Espíritu no llegaremos a ninguna parte.

Nuestra parte. Colaborar con el Señor no es fácil. Muchas veces no sabemos qué quiere hacer el Señor y no caminamos en la misma dirección. Pero la mayor parte de las veces el problema es que nuestros intereses no coinciden con los del Señor, por lo que no le dejamos actuar. Queremos que arregle algo en nuestra vida, mientras el Señor quiere comenzar por otra área, más necesaria o urgente según su perspectiva. Frecuentemente, los hombres prestamos más atención a los problemas materiales, económicos, de salud, e incluso familiares y emocionales, pero no damos tanta importancia a problemas de mayor calado, como pecados ocultos, idolatrías que albergamos en el corazón, lazos emocionales incorrectos, falta de perdón a quienes nos han herido, o incluso problemas espirituales heredados de nuestros antepasados que requieren de una intervención específica del Señor.

  • Muchas veces, un simple acto de arrepentimiento o de renuncia a alguna idolatría permite al Señor comenzar a obrar para restaurar grandes áreas de nuestra vida. Pero hasta que no damos ese paso realmente le estamos impidiendo a Dios actuar en nuestra vida.
  • La conversión será nuestra constante actitud de cambio de rumbo en nuestra vida, dejando atrás nuestra vieja manera de pensar y de vivir, y sometiendo cada vez más parcelas de nuestra vida y en mayor integridad al señorío de Cristo.
  • La acogida de la Palabra es fundamental en este proceso de restauración. Pablo dice: "no os acomodéis al mundo presente, antes bien transformaos mediante la renovación de vuestra mente, de forma que podáis distinguir cuál es la voluntad de Dios" (Rm 12,2). La transformación que anhelamos en nuestra vida tiene mucho que ver con la renovación de nuestra mente, y para ello necesitamos conocer la palabra de Dios, para conocer la voluntad de Dios y dejar de vivir según los criterios del mundo.
  • La obediencia a la Palabra es garantía de éxito en nuestra vida. Una acogida verdadera de la Palabra incluye obedecerla. Muchas cosas se ordenarán en nuestra vida simplemente cuando comenzamos a obrar de acuerdo con la palabra de Dios. Al alinearnos con la voluntad de Dios se produce un cambio de nuestra vida, en nuestro obrar, por el que dejamos de realizar elecciones erradas y comenzamos a escoger sabiamente, beneficiándonos de las consecuencias de nuestras acciones correctas. Además, si aplicamos los principios de la palabra de Dios, si obedecemos su voluntad, las promesas de Dios nos seguirán, comprobaremos que Dios es fiel y está con nosotros: "Si pasas por las aguas, yo estoy contigo, si por los ríos, no te anegarán. Si andas por el fuego, no te quemarás, ni la llama prenderá en ti. Porque yo soy Yahveh tu Dios, el Santo de Israel, tu salvador" (Jr 43,2-3).
  • La comunión con el Espíritu Santo es la clave. No sólo él es quien nos lleva al arrepentimiento, quien nos revela la Palabra y nos lleva a la verdad completa, o quien nos enseña a orar, sino que es el encargado de acompañarnos, ayudarnos y llevar a término la obra de regeneración y restauración de nuestra vida. Así que de la calidad de nuestra relación con él depende todo.
  • La oración debe ser el ambiente donde nuestra vida en el espíritu se desarrolle. En la oración encontramos la protección, la luz, la orientación de Dios que necesitamos. Alguien ha dicho que "nada sucede sin oración", nada bueno, se entiende. Es decir, que si queremos que Dios intervenga en nuestro favor, ya podemos comenzar a perseverar en la oración.
  • La adoración es el taller de la transformación: En la presencia de Dios, cuando nos postramos a sus pies y desarrollamos nuestra comunión con él, no sólo nuestra relación con Dios crece y se fortalece, sino que le damos la oportunidad de trabajar en nosotros, le dejamos bendecirnos. Y como Dios está deseando bendecirnos y transformarnos, pero no le damos la oportunidad tan a menudo como él desearía, los momentos de adoración y más todavía una vida de adorador, son algo precioso para él. Así sí que Dios puede transformarnos y sanarnos desde dentro, profundamente, y darnos además lo que necesitemos: capacidad para perdonar, sabiduría, misericordia, humildad, etc. Todo es posible, en presencia del Salvador, en presencia del Sanador.
  • Las pruebas son otro método precioso que el Señor usa para adelantar su obra de restauración en nosotros. De ello hablamos a continuación.

Cuando los problemas crecen. Podemos tener un concepto equivocado en cuanto al término restauración, y pensar que se trata de que todo nos vaya bien en términos humanos. No es eso. Cuando Dios obra, cuando Dios bendice, cuando le damos la oportunidad al Señor de tomar las riendas de nuestra vida realmente todo nos "saldrá bien" (Job 22,28), pero desde la perspectiva de Dios. Muchas veces lo que para el mundo es un éxito, para Dios es un fracaso, y lo que el mundo desprecia frecuentemente es lo más valioso para Dios, quien mira y sondea el corazón y no ve, como los hombres, las apariencias externas.

Cuando nos rendimos verdaderamente al Señorío de nuestro Redentor y Dios entra en acción en nuestra vida frecuentemente los problemas en vez de solucionarse, parece que se multiplican. David tuvo esta experiencia, y dijo: "Muchas son las desgracias del justo, pero de todas le libera Yahveh" (Sal 34,19). Al tiempo que experimentó cómo crecían los problemas, su fe y su confianza en el Señor también crecieron, y vez tras vez pudo comprobar que el Señor le sacaba de todos los problemas y deshacía todos los enredos.

De hecho, una de las formas habituales como muchos problemas pueden verdaderamente solucionarse es poniéndose peor, o en otras palabras, tocando fondo, permitiéndonos conocer su verdadera naturaleza y alcance. De este modo, podemos buscar la ayuda apropiada y comenzar desde cero, sanando el problema de raíz. Es necesario que todo ello suceda, aunque no lo entendamos en ese momento. Más tarde comprenderemos que Dios tenía un propósito de restauración muy superior a lo que nosotros nos hubiésemos atrevido a pedir. Cuando Lázaro enfermó, el Maestro afirmó: "Esta enfermedad no es de muerte, es para la gloria de Dios, para que el Hijo de Dios sea glorificado por ella" (Jn 11,4), y sin embargo aparentemente no hizo nada… antes al contrario, ¡permitió que Lázaro empeorase y muriese!

Dios es todopoderoso, para él nada es difícil. Él se goza mostrando su "brazo fuerte" (Is 63,12) a favor de los suyos. Pero está más interesado todavía en nuestra salvación eterna. En muchas ocasiones las situaciones de dificultades que vivimos le sirven para llevarnos al crecimiento, para dotarnos de una experiencia y capacitarnos para ayudar a otros, para fortalecer nuestra fe, para unirnos más a él en definitiva. Y ello, sobre todo, cuando no estamos aprovechando al máximo el taller de transformación que es la adoración: es entonces, fundamentalmente, cuando se hace casi imprescindible el horno de la prueba. Así lo dice Dios por el profeta a un pueblo rebelde: "Voy a volver mi mano contra ti y purificaré al crisol tu escoria, hasta quitar toda tu ganga" (Is 1,25).

Las pruebas forman parte del proceso. Deberíamos estar prevenidos y esperar las pruebas. ¡Pero también la gracia para superarlas! Pablo elogia a los cristianos de Macedonia: "aunque probados por muchas tribulaciones, su rebosante alegría y su extrema pobreza han desbordado en tesoros de generosidad" (2 Co 8,2). El sabio consejo nos recuerda: "Hijo, si te llegas a servir al Señor, prepara tu alma para la prueba" (Si 2,1). De ellas, Dios saca tesoros escondidos y modela nuestra fe: "rebosáis de alegría, aunque sea preciso que todavía por algún tiempo seáis afligidos con diversas pruebas, a fin de que la calidad probada de vuestra fe, más preciosa que el oro perecedero que es probado por el fuego, se convierta en motivo de alabanza, de gloria y de honor, en la Revelación de Jesucristo" (1 P 1,6-7). La victoria es de los que luchan y vencen, y Dios nos llama vencedores: "en todo esto salimos vencedores gracias a aquel que nos amó" (Rm 8,37), puesto que el plan de Dios es hacernos partícipes de la victoria de Cristo: "¡gracias sean dadas a Dios, que nos da la victoria por nuestro Señor Jesucristo!" (1 Co 15,57).

De tu corazón a la cruz. Si de la cruz de Cristo nos llega toda la obra de salvación y el poder para restaurar nuestra vida, también es cierto que de nuestro corazón debe salir una respuesta de amor a aquel que "me amó y se entregó a sí mismo por mí" (Ga 2,20). Pablo exclama: "¡Dios me libre gloriarme si no es en la cruz de nuestro Señor Jesucristo, por la cual el mundo es para mí un crucificado y yo un crucificado para el mundo!" (Ga 6,14). Si es verdad que no hemos resistido al Espíritu Santo y no hemos desaprovechado su gracia, si es verdad que Cristo habita por la fe en nuestros corazones, reflejaremos nuestra identificación con él, en el amor, en la entrega, en la humillación, en la muerte, para que se manifieste también en nosotros el poder de su resurrección: "juzgo que todo es pérdida ante la sublimidad del conocimiento de Cristo Jesús, mi Señor, por quien perdí todas las cosas, y las tengo por basura para ganar a Cristo" (Flp 3,8).

Preguntas para el diálogo:

  • ¿Cuál es el papel del Espíritu Santo en el proceso de nuestra restauración?
  • ¿Qué valor tiene la adoración en relación con nuestra restauración? ¿Qué significa ser un adorador?
  • ¿Cuál es el objetivo final de nuestra restauración?

     

 

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