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11. Experiencia de salvación

"El que está en Cristo, es una nueva creación; pasó lo viejo, todo es nuevo" (2 Co 5,17)

El cambio. Cuando alguien es salvado de un peligro mortal o supera una grave enfermedad se acostumbra a decir que esa persona "ha nacido de nuevo", metafóricamente es como una persona nueva…, pero en la práctica algunos de sus hábitos sí que puede que hayan cambiado. Por ejemplo, alguien que tras una dura lucha vence al cáncer, puede seguir una vida con hábitos diferentes a los que antes tenía, en cuanto a la alimentación, el ejercicio, o si era un empedernido fumador puede convertirse hasta en un activista anti-tabaco, puede también llegar a ser una persona vitalista, que aprecie las cosas que la vida ofrece y que antes le pasaban desapercibidas, etc. Pero cuando la salvación que alcanzamos se refiere a la salvación eterna, realmente esa persona no es sólo nueva metafóricamente o por el cambio de algunos hábitos… ¡realmente ha nacido de nuevo, porque tiene una vida nueva dentro de ella!

Cosa de tres. El negocio de la salvación se lleva a cabo entre tres partes. La primera y fundamental es el Espíritu Santo, que en la tierra ahora ofrece, en nombre de Cristo Jesús, la redención y la salvación alcanzadas para nosotros en la cruz. La segunda parte soy yo, el beneficiario de la salvación, y la tercera parte es la Iglesia, que es a la vez la asamblea de los que son llamados a la salvación y canal de la obra del Espíritu Santo -que usa medios humanos- para llevar la Palabra de Dios y extender la salvación a todos los hombres: "Con cuerdas humanas los atraía, con lazos de amor, y era para ellos como los que alzan a un niño contra su mejilla, me inclinaba hacia él y le daba de comer" (Os 11,4).

Una historia impactante. Cada vida humana es valiosa a los ojos de Dios, tanto como para amarnos hasta entregar a su Hijo en nuestro lugar. La muerte y resurrección de Jesucristo por nuestra Redención es el acontecimiento más impresionante de la historia… que tiene una continuación hoy, con cada persona que alcanza la redención en Cristo. El milagro más maravilloso ocurre. ¡Hay fiesta en el cielo! Esa persona ha sido trasladada del reino de las tinieblas al reino de la luz, liberado por Cristo de la esclavitud del diablo y del pecado. Y los ángeles lo celebran. Tal vez los informativos de televisión no hablarán de ello, pero en el cielo está en primera plana, y el nombre de esa persona es escrito en el libro de la vida.

El primero. La iniciativa en esta historia, siempre, es de Dios: "Él nos amó primero" (1 Jn 4,19). Dios pone un deseo, un anhelo en el corazón de los hombres, un sentimiento de insatisfacción, la necesidad de él, que nos creó y que es nuestro Sumo Bien. En definitiva, alejados de él estamos fuera de la vida verdadera y eterna y fuera de la felicidad. Pero al mismo tiempo, no podremos alcanzarlo con nuestras solas fuerzas: recordemos que "no se trata de querer o de correr, sino de que Dios tenga misericordia" (Rm 9,16).

La Iglesia, a través de sus miembros y su dependencia del Espíritu Santo, lleva también la Palabra de la salvación, por medio de la predicación de los ministros, pero también a través de la vida y expresión de cada creyente, destinado a ser luz del mundo: "¿cómo invocarán a aquel en quien no han creído? ¿Cómo creerán en aquel a quien no han oído? ¿Cómo oirán sin que se les predique? Y ¿cómo predicarán si no son enviados? Como dice la Escritura: ¡Cuán hermosos los pies de los que anuncian el bien!" (Rm 10,14-15). Por todos estos medios, sea tocados directamente por el Espíritu Santo, o con la ayuda del testimonio y la palabra de los creyentes, los hombres son confrontados a dar una respuesta al amor redentor y salvador de Dios.

Nuestra respuesta. Pedro y los apóstoles el día de Pentecostés anunciaron con la fuerza del Espíritu Santo a Jesucristo muerto y resucitado, y la Salvación por medio de la cruz de Cristo. La Palabra de la salvación tocaba los corazones de los que escuchaban. Nadie permaneció indiferente, en todos se produjo una reacción. Algunos reaccionaron rechazando la Palabra, insinuando que los testigos de Cristo estaban borrachos, burlándose de ellos. Pero otros, miles ese día, reaccionaron a las palabras de Pedro y sus compañeros de forma totalmente diferente:

"«Sepa, pues, con certeza toda la casa de Israel que Dios ha constituido Señor y Cristo a este Jesús a quien vosotros habéis crucificado.» Al oír esto, dijeron con el corazón compungido a Pedro y a los demás apóstoles: «¿Qué hemos de hacer, hermanos?» Pedro les contestó: «Convertíos y que cada uno de vosotros se haga bautizar en el nombre de Jesucristo, para remisión de vuestros pecados; y recibiréis el don del Espíritu Santo; pues la Promesa es para vosotros y para vuestros hijos, y para todos los que están lejos, para cuantos llame el Señor Dios nuestro.» Con otras muchas palabras les conjuraba y les exhortaba: «Salvaos de esta generación perversa.»" (Hch 2,36-40).

Entonces, ¿en qué consiste la respuesta de acogida al ofrecimiento de la salvación?

  • Acogida de la Palabra: "Por tanto, la fe viene de la predicación, y la predicación, por la Palabra de Cristo" (Rm 10,17). Todo comienza con la Palabra que llega a nosotros, Palabra que puede ser rechazada, pero que cuando es acogida produce fruto en nosotros.
  • Fe: Fruto de esa acogida de la Palabra, surge la fe en la verdad, fe de la que Dios dispensa una medida que obra para la salvación (cf. 2 Ts 2,13). Esta fe es compromiso, adhesión radical de todo nuestro ser al Señor, entrega consciente de nuestra vida a aquel que se entregó primero por nosotros. Sólo si le entregamos nuestro pecado, en respuesta a su acto redentor, él lo puede tomar, sólo si le entregamos nuestra vida él la puede cambiar.
  • Conversión: Por la fe en Dios, en la salvación realizada por Cristo y en su Palabra, el hombre adquiere conciencia de pecado y de su alejamiento de Dios. Y está motivado a realizar un cambio de rumbo en su vida: dirigirse hacia la cruz, al encuentro de Cristo, nuestro Salvador, abandonando la vida de pecado. El arrepentimiento de los pecados inicia el camino de la conversión a nuestro Salvador: "la tristeza según Dios produce firme arrepentimiento para la salvación" (2 Co 7,10).
  • Confesar a Jesucristo como Señor y Salvador personal es una declaración necesaria y lógica si nuestra fe y nuestra conversión son verdaderas: "Porque, si confiesas con tu boca que Jesús es Señor y crees en tu corazón que Dios le resucitó de entre los muertos, serás salvo. […] Pues todo el que invoque el nombre del Señor se salvará. Pero ¿cómo invocarán a aquel en quien no han creído? ¿Cómo creerán en aquel a quien no han oído? ¿Cómo oirán sin que se les predique?" (Rm 10,9.14).
  • Obediencia: La conversión y la fe se demuestran sobre todo en la confianza y la obediencia a la Palabra de Dios, y en la nueva relación con nuestro Redentor y Salvador, a través de la oración y el contacto con su Palabra, siempre con la ayuda del Espíritu Santo, que viene a capacitarnos en nuestra nueva vida de creyentes y ayudarnos en nuestra comunión con Dios: "Quien guarda sus mandamientos permanece en Dios y Dios en él" (1 Jn 3,24).
  • Bautismo. Nos hace hijos de Dios y miembros de su Iglesia. Es una confesión pública de fe y de la nueva pertenencia a Cristo: "Fuimos, pues, con él sepultados por el bautismo en la muerte, a fin de que, al igual que Cristo fue resucitado de entre los muertos por medio de la gloria del Padre, así también nosotros vivamos una vida nueva" (Rm 6,4).

Recibiendo el regalo. En resumen, la salvación de una persona comienza y se realiza realmente con un milagro, por el cual, el hombre se abre a la gracia redentora de la cruz y ésta transforma su vida. La respuesta del "buen ladrón" ante la cruz de Cristo fue: "Jesús, acuérdate de mí cuando vengas con tu Reino" (Lc 23,42). El Salvador le dijo en ese momento: "Yo te aseguro: hoy estarás conmigo en el Paraíso" (Lc 23,43). La salvación es algo gratuito e inmerecido, que Cristo ganó para nosotros, pero como todo regalo podemos aceptarlo o rechazarlo, abrirlo y disfrutarlo o perderlo.

Nuevo nacimiento. En el encuentro con Nicodemo, Jesús le aseguró: "En verdad, en verdad te digo: el que no nazca de lo alto no puede ver el Reino de Dios. […] El que no nazca de agua y de Espíritu no puede entrar en el Reino de Dios. Lo nacido de la carne, es carne; lo nacido del Espíritu, es espíritu" (Jn 3,3-6). De este modo Jesucristo estableció que hay una vida en el espíritu a la que accedemos a través de un nuevo nacimiento, en el que intervienen, con capacidad de engendrar esa vida nueva, desde "lo alto", el Espíritu Santo y el "agua", que en la Biblia representa a la Palabra de Dios: "pues habéis sido reengendrados de un germen no corruptible, sino incorruptible, por medio de la Palabra de Dios viva y permanente" (1 P 1,23). Además, el Maestro enseñó que sin este nacimiento a la vida en el espíritu no podremos conocer ni entrar en el Reino de Dios ni la vida eterna.

Encuentro personal con Jesucristo. Como en la historia de Nicodemo o la del "buen ladrón", la clave para este nuevo nacimiento y para ser salvos es conocer al Salvador. La salvación es una persona, Jesús de Nazaret, el Hijo del hombre e Hijo de Dios. El Espíritu Santo nos conduce de la mano y nos presenta a Jesucristo. Y este encuentro personal, cara a cara con nuestro Salvador, es suficiente para transformar nuestra vida presente y alcanzarnos la vida eterna. Pablo, tras tener también esta experiencia, afirma: "juzgo que todo es pérdida ante la sublimidad del conocimiento de Cristo Jesús, mi Señor, por quien perdí todas las cosas, y las tengo por basura para ganar a Cristo" (Flp 3,8). Hasta que no seamos capaces de "juzgar todo por basura" al lado de Cristo, podemos dudar de la calidad de nuestra respuesta al don de la salvación, y por tanto de nuestra acogida de la misma. ¿Hemos nacido de nuevo realmente? ¿Hemos abierto el regalo y no lo queremos perder por nada del mundo?

Consecuencias. Como el conocimiento siempre nos estimula y ayuda, veamos algunos de los tesoros contenidos en el regalo de la salvación, que todos los creyentes somos llamados a experimentar:

  • Una nueva mente: ya no la "mente insensata" (Rm 1,28) que conduce al error y a obrar lo que no conviene.
  • Una nueva voluntad: para buscar y hacer la voluntad de Dios, por encima de la propia voluntad y de los deseos de la carne –las apetencias del corazón del hombre viejo (cf. Rm 1,24)- y por encima de las seducciones de nuestros enemigos. Dios obra en nosotros "el querer y el obrar" (Flp 2,13) en los que se someten al señorío de Cristo y confiesan que "Cristo Jesús es Señor para gloria de Dios Padre" (Flp 2,11).
  • Una nueva justicia: "A quien no conoció pecado, le hizo pecado por nosotros, para que viniésemos a ser justicia de Dios en él" (2 Co 5,21).
  • Unas nuevas fuerzas: el Espíritu Santo capacita con nuevas fuerzas: "cuando estoy débil, entonces es cuando soy fuerte" (2 Co 12,10).
  • Una nueva relación: En Cristo y por el Espíritu Santo somos reconciliados con Dios y tenemos comunión con Dios, somos capacitados para orar y recibimos así vida para nuestro espíritu, y crecemos en el amor de Dios: "al llegar la plenitud de los tiempos, envió Dios a su Hijo, nacido de mujer, nacido bajo la ley, para rescatar a los que se hallaban bajo la ley, y para que recibiéramos la filiación adoptiva. La prueba de que sois hijos es que Dios ha enviado a nuestros corazones el Espíritu de su Hijo que clama: ¡Abbá, Padre!" (Ga 4,4-6).
  • Una nueva esperanza: poseedores de la prenda de la vida eterna, Pablo desea "que conozcáis cuál es la esperanza a que habéis sido llamados por él; cuál la riqueza de la gloria otorgada por él en herencia a los santos" (Ef 1,18).
  • Un nuevo destino: una asignación o plan de Dios particular para nuestra vida presente y un destino eterno: "lo que ni el ojo vio, ni el oído oyó, ni al corazón del hombre llegó, lo que Dios preparó para los que le aman" (1 Co 2,9).
  • Libertad de la esclavitud: ya no somos más cautivos de Satanás, ni deudores del pecado, ni de las consecuencias del pecado. En la práctica muchos, junto con el regalo de la salvación en su espíritu, reciben "el paquete entero", siendo libres de toda opresión demoníaca y sanos psíquica, anímica y físicamente de dolencias y enfermedades. Pablo nos exhorta a conocer cuál es "la soberana grandeza de su poder para con nosotros, los creyentes, conforme a la eficacia de su fuerza poderosa" (Ef 1,19).

En resumen, así como quien consciente de su nueva oportunidad tras superar el cáncer ya no vive como vivía antes, quien recibe la salvación gratuita de Cristo, con muchísimo mayor motivo ya no vive como vivía antes: le debemos la vida a tan precioso redentor que derramó su sangre por nosotros, de forma que ya no vivimos para nosotros mismos sino para aquel que "me amó y se entregó a sí mismo por mí" (Ga 2,20). Por eso, recibimos una nueva vida para vivir como hijos de Dios: "Si por el delito de uno solo murieron todos ¡cuánto más la gracia de Dios y el don otorgado por la gracia de un solo hombre Jesucristo, se han desbordado sobre todos! Y no sucede con el don como con las consecuencias del pecado de uno solo; porque la sentencia, partiendo de uno solo, lleva a la condenación, mas la obra de la gracia, partiendo de muchos delitos, se resuelve en justificación. En efecto, si por el delito de uno solo reinó la muerte por un solo hombre ¡con cuánta más razón los que reciben en abundancia la gracia y el don de la justicia, reinarán en la vida por un solo, por Jesucristo! Así pues, como el delito de uno solo atrajo sobre todos los hombres la condenación, así también la obra de justicia de uno solo procura toda la justificación que da la vida" (Rm 5,15-18).

¡Vamos juntos! El Señor nos salva uno a uno, pero quiere reunir un pueblo nuevo, formado por "hombres de toda raza, lengua, pueblo y nación" (Ap 5,9). Es más, en la Iglesia Dios ha establecido canales de gracia, como los sacramentos, y ministerios como la intercesión o la evangelización para hacer llegar su salvación abundante a todos los hombres. Así como nuestra responsabilidad individual a la hora de acoger o rechazar la salvación es real, también los que formamos la Iglesia -todos- tenemos una gran responsabilidad de colaborar con el Espíritu Santo para extender la salvación y su vida nueva a todos los que la necesitan, a todos los hombres, que Dios quiere que se salven.

Preguntas para el diálogo:

  • ¿Podemos "alcanzar" la salvación o más bien "acogerla"? ¿Cuál es la utilidad de nuestra sabiduría y nuestro esfuerzo humanos en relación a la salvación?
  • ¿Qué significa nacer de lo alto o nacer de nuevo?
  • ¿En qué consiste nuestra parte? ¿Cuál es la respuesta correcta al don gratuito de la salvación?

 

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