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10. Los instrumentos de la salvación (II): La sangre

"la expiación por la vida, con la sangre se hace" (Lv 17,11)

¿Por qué la sangre? La sangre tiene un significado muy especial para cualquiera de nosotros; representa nuestra vida, pues si se nos va la sangre nos debilitamos y si perdemos gran cantidad de sangre perdemos la vida. Para realzar su significado sagrado relacionado con la vida la Escritura enseña a tener mucho cuidado en no consumir sangre de animales (cf. Gn 9,4; Lv 19,26; Hch 21,25) y enseña la necesidad de vengar la sangre derramada (cf. Gn 9,6; Dt 32,43).

La ley del Antiguo Testamento explica: "Porque la vida de la carne está en la sangre, y yo os la doy para hacer expiación en el altar por vuestras vidas, pues la expiación por la vida, con la sangre se hace" (Lv 17,11). De esta forma Yahveh reveló a Moisés que:

  • La sangre representa y es donde reside la vida de la persona.
  • El derramamiento de sangre es necesario para hacer justicia cuando está presente el pecado.
  • Dios no desea nuestra muerte, aunque somos pecadores.
  • Dios provee una sangre que sea derramada en lugar de la nuestra.
  • El pueblo de Dios debe entender el poder de la sangre y usar con fe esta sangre que Dios provee para ser redimidos.
  • Este sacrificio se ofrece a Dios en el altar, con el doble objetivo de alcanzar el perdón, la expiación, y restablecer la comunión con Dios por medio de una alianza o pacto, a través de la sangre.

Una revelación de la sangre. Como hemos visto en relación a la cruz, también a lo largo de toda la historia de la salvación hay una abundante revelación de la sangre y su significado. A su vez, estas enseñanzas nos hablan de la sangre derramada por Jesucristo en su Pasión y muerte en la cruz.

Cobertura. En el relato del Génesis, "el hombre y su mujer se ocultaron de la vista de Yahveh Dios por entre los árboles del jardín" (Gn 3,8) tras haber pecado. La explicación del hombre fue: "porque estoy desnudo; por eso me escondí" (Gn 3,10). De hecho, al pecar "se dieron cuenta de que estaban desnudos; y cosiendo hojas de higuera se hicieron unos ceñidores" (Gn 3,7). Por primera vez el hombre se da cuenta de que está desnudo, de que tiene una carencia y necesita una cobertura. Anteriormente, la gloria de Dios era la cobertura del hombre, la santidad original, la justicia en que andaba el hombre, lo cubría. Pero al perderlas por el pecado, se ve desnudo y tiene que ocultar su miseria y su pecado, que no pueden permanecer en la presencia de Dios. La solución del hombre: cubrirse cosiendo hojas de higuera. Hoy también los hombres tratamos muchas veces de ocultar nuestra realidad y aparecer justos delante de Dios con la obra de nuestras manos, con nuestra propia justicia. Pero Dios no aceptó esa cobertura como válida, y fabricó una cobertura para el hombre: "Yahveh Dios hizo para el hombre y su mujer túnicas de piel y los vistió" (Gn 3,21). Vemos que es Dios quien provee la cobertura válida para ocultar el pecado del hombre y que éste pueda permanecer delante de él. Pero démonos cuenta de que esta cobertura tiene que ver con la sangre: Dios mató animales para usar sus pieles como cobertura. Algunos comentaristas dicen que cuando el hombre y la mujer recibieron estas túnicas, las pieles todavía estaban empapadas en sangre, de forma que realmente se cubrieron con la sangre de los animales sacrificados para que ellos no muriesen en ese momento.

La idea del vestido nos habla de protección, abrigo, defensa, a la vez que ocultar nuestra vergüenza: todo eso hace la sangre por nosotros. Abel y Caín escucharon de sus padres lo que era agradable a Dios y aprendieron estos principios. Sin embargo, sólo Abel obedeció y ofrendó a Dios lo que demandaba, contándosele como justicia. Cuando Abel fue asesinado por su hermano su sangre clamaba venganza, justicia. Hoy, tenemos "una sangre que habla mejor que la de Abel" (Hb 12,24), la de Jesucristo, el Justo, el Cordero santo. Ella es nuestra verdadera y definitiva cobertura, provista por Dios, que además no clama venganza, sino misericordia y perdón.

Salvación. Algo más de 500 años después de la alianza que Dios hizo con Abraham, el pueblo descendiente de Abraham clamó a Dios (cf. Ex 2,24) y Dios lo salvó de la esclavitud en Egipto. ¡Cuán gran valor el de aquel pacto de sangre con Abraham (cf. Gn 15)! Dios envió plagas a Egipto, la última de las cuales fue la de los primogénitos. Dios salvó al pueblo de Israel de la mortandad de los primogénitos y Faraón tuvo que permitirles salir. Fueron salvos y libres de la esclavitud por la sangre de un cordero o cabrito sin defecto, de un año, que tenían que sacrificar: "Luego tomarán la sangre y untarán las dos jambas y el dintel de las casas donde lo coman. […] La sangre será vuestra señal en las casas donde moráis" (Ex 12,7.13).

Los dos jambas y el dintel: a los lados y arriba, ¡la cruz fue revelada!, rociada con la sangre del cordero. La cruz de Cristo es la verdadera puerta de la salvación, que detiene la mortandad y nos abre el camino de la libertad: su sangre nos redime y nos salva. ¡La sangre de Cristo es la señal para nuestra casa!

Limpieza. La lepra era una enfermedad maldita además de contagiosa, y los que la padecían tenían que vivir fuera del campamento o fuera de la ciudad, lejos de su familia y de su casa, con su entrada prohibida. Pero si un leproso se curaba, podía recuperar su vida, su familia y sus bienes y ser reintegrado al campamento. Para ello debía someterse a un ritual de limpieza (cf. Lv 14): un sacerdote, afuera del campamento, sacrificaría un ave y con su sangre rociaría con un hisopo al antiguo leproso. La sangre era recogida en un recipiente de barro que también contenía agua y para el ritual se usaba también madera de cedro, púrpura escarlata, el hisopo y otra ave viva, todo lo cual era mojado en la sangre del ave sacrificada, para proceder luego a rociar siete veces con la sangre al que se purificaba, que era declarado puro, soltado entonces al ave viva.

La lepra representa la maldición del pecado, como enfermedad que cubre al hombre y le impide entrar en el Reino de Dios y disfrutar de los bienes de la casa del Padre y de la vida eterna. Según varios autores, las dos aves representan la muerte y la resurrección de Cristo, la madera de cedro representa la cruz, la púrpura su Pasión, y el hisopo la fe por medio de la cual aplicamos su sangre sobre nuestra vida para ser declarados limpios.

Las siete veces que se aspergía la sangre representan las siete veces que Cristo derramó su sangre: de su frente (cf. Lc 22,44), de su rostro (cf. Is 50,6), de su cabeza (cf. Mt 27,29-30), de su espalda (cf. Mt 27,26), de sus manos (cf. Sal 22,16), de sus pies (cf. Sal 22,16) y de su costado, hasta entregar toda su sangre (cf. Jn 19,34).

Protección. Cuando el que se purificaba entraba en el campamento, se hacía un nuevo sacrificio (cf. Lv 14,10ss) y se mojaba con la sangre el lóbulo de su oreja derecha, y el pulgar de la mano y del pie derechos. Una vez que se hacía esto aquel hombre podía entrar en su tienda y en la Tienda del Encuentro, para tener comunión con Dios. Estas tres aplicaciones de la sangre nos recuerdan los tres enemigos que tenemos: la sangre cubre nuestro oído para protegernos de la voz del diablo, el acusador; cubre el pulgar de la mano simbolizando la protección para evitar actuar en la carne, no siguiendo sus concupiscencias; y cubre el pulgar del pie como protección para nuestros pasos, para no caer en los caminos seductores y engañosos del mundo, sino caminar en el Espíritu. Cuando se mojaban estas tres partes, se vertía la sangre sobrante sobre la cabeza: esto para cubrir y proteger todo nuestro ser, desde la coronilla hasta la planta de los pies. ¡Nuevamente, el poder de la aplicación de la sangre!

Expiación. Expiar significa literalmente "cubrir", la expiación por el pecado con la sangre nos "cubre", de forma que los hombres, pecadores, somos declarados inocentes y son borrados nuestros delitos.

  • En la ley de Moisés se establecía que se ofreciesen sacrificios por el pecado. El sacrificio era hecho en la parte exterior del Tabernáculo o del Templo. La sangre de este sacrificio era introducida por el Sumo Sacerdote el día de la Expiación, una vez al año, al Lugar Santísimo -el Santo de los Santos-, y rociaba con ella el propiciatorio, que era la tapa de oro puro que cubría el Arca de la Alianza. Si Dios aceptaba el sacrificio, se alcanzaba la expiación del pecado del pueblo.
  • El sacerdote imponía las manos sobre el animal que iba a ser sacrificado y cuya sangre iba a ser derramada como expiación por el pecado. Por la imposición de manos, el pecado del pueblo se colocaba sobre el animal que se sacrificaba. Jesucristo es el Cordero inmolado, "sin tacha y sin mancilla" (1 P 1,19), que "por mano de los impíos" (Hch 2,23) fue inmolado en nuestro lugar.
  • Como en el altar del sacrificio (cf. Lv 17,6), la sangre de Cristo cubrió el madero de la cruz que sostenía al mismo Cristo. Pero el sacrificio de Cristo se realizó afuera de la ciudad de Jerusalén, la sangre tenía que ser llevada al Santo de los Santos. Para ello, Cristo penetró los cielos, y llevó su propia sangre actuando como Sumo Sacerdote de todos los hombres de todos los tiempos ante el trono del Padre, presentando su sangre por la redención del mundo ante un altar de oro en el cielo del que el propiciatorio no era más que la sombra. ¡El Padre aceptó este sacrificio y por medio de la sangre de Cristo fuimos reconciliados con Dios!

Purificación. La misma Ley y los instrumentos sagrados dedicados al culto (cf. Hb 9,21-22) eran rociados con la sangre, siendo así purificados y consagrados. El creyente puede aplicar la sangre de Cristo sobre sus propiedades igualmente, purificándolas y consagrándolas al Señor.

Pacto. Entre los hombres, la imagen de un "pacto de sangre" representa el pacto más fuerte que se puede hacer en la tierra, un pacto que no se puede romper, el pacto más sagrado y más fuerte que existe, hasta la muerte. Pero, ¡cuánto más fuerte es el pacto divino de sangre! Desde Noé (cf. Gn 8,20) hasta Abraham (cf. Gn 15) o sus descendientes (cf. Gn 17), llegando a Moisés y el pueblo de Israel (cf. Ex 24,8) los pactos entre Dios y el hombre se han sellado con sangre.

Entre los semitas, cuando dos hombres hacían este pacto entre sí partían en dos mitades el animal sacrificado, colocando una mitad frente a la otra, y recogían la sangre, que se aplicaba para sellar el pacto. Entonces ambos caminaban entre las dos mitades del animal, dando vuelta en forma de "8". Con este ritual decían: "si tú mueres antes que yo, yo cuidaré y proveeré para los tuyos; si algún enemigo viene contra ti, yo pelearé por ti; si tú o tu casa estáis en cualquier necesidad, yo os defenderé y velaré por vosotros. Y si soy yo quien muero antes, o quien se halla en algún apuro, tú velarás por mí y por mi casa. Este pacto es hasta la muerte, e incluso más allá: compromete a nuestra descendencia después de nosotros". Cuando el pacto era entre un rey y un súbdito, el rey no necesitaba pasar entre las dos mitades del animal: su palabra era ley, su palabra era el pacto, sólo pasaba el súbdito que se comprometía a servir a ese rey, mientras el rey se comprometía a proteger y considerar en adelante súbdito suyo a aquel hombre, con todos los deberes y privilegios que ello comportaba.

En el sacrificio de Abraham, "puesto ya el sol, surgió en medio de densas tinieblas un horno humeante y una antorcha de fuego que pasó por entre aquellos animales partidos. Aquel día firmó Yahveh una alianza con Abram, diciendo: «A tu descendencia he dado esta tierra»" (Gn 15,17-18). La gloria de Dios pasó entre las dos mitades de los animales, realizando el pacto y jurando Dios por sí mismo, por cuanto no tenía nadie mayor por quien jurar, sellando doblemente así el pacto de bendecir a Abraham, de ser su Dios y darle una tierra en herencia y una descendencia que la poseyese. La antorcha que pasó en medio de la sangre y que trajo el fuego del cielo nos habla de la cruz de Cristo, quien selló la nueva y más perfecta alianza por la que Dios ha jurado bendecirnos.

En la cruz, la gloria de Dios pasó por el cuerpo abierto de Cristo cuando "exhaló el espíritu" (Mt 27,50), sellando el pacto indeleble y eterno por el que quien se acerque a la cruz y crea en el Salvador es una criatura nueva, hecho hijo de Dios. Cristo dice: "dame tu pecado, yo te doy mi justicia; dame tu muerte, yo te doy mi vida; dame tu enfermedad, yo te doy mi salud; dame tu pobreza, yo te doy mi riqueza; dame tu miseria, yo te doy mi gloria; dame tu maldición, yo te doy mi bendición; ríndete a mí en integridad, ¡yo te entrego todo lo mío a cambio! Está hecho, ¡sellado con mi propia sangre! Te amo y eres mío, y ahora todo lo mío es tuyo, es tu herencia".

Dios ordenó a Abraham guardar la circuncisión (que conlleva un pequeño derramamiento de sangre) él y su descendencia, como señal para el pueblo de su alianza con Dios (cf. Gn 17). Hoy los creyentes en Cristo somos llamados a circuncidar nuestros corazones, confesando nuestra pertenencia a Cristo y no al mundo, entregando nuestra vida -más que nuestra sangre- y rindiendo nuestra obediencia a Jesucristo como nuestro Señor y Salvador.

La solución. La sangre de Cristo se revela la solución para:

  • Aplacar la justa ira y el justo juicio de Dios por nuestras transgresiones, pues es "una sangre que habla mejor que la de Abel" (Hb 12,24) y el pago adecuado por el pecado contra el Dios santo e infinito.
  • Alcanzar la expiación y el perdón de los pecados: "En él tenemos por medio de su sangre la redención, el perdón de los delitos, según la riqueza de su gracia" (Ef 1,7).
  • Alcanzarnos la redención: "¡Habéis sido bien comprados!" (1 Co 6,20), como dirá Pedro, "con una sangre preciosa" (1 P 1,19).
  • Alcanzar la justificación: Somos "justificados ahora por su sangre" (Rm 5,9), "justificados por el don de su gracia, en virtud de la redención realizada en Cristo Jesús, a quien exhibió Dios como instrumento de propiciación por su propia sangre, mediante la fe, para mostrar su justicia, habiendo pasado por alto los pecados cometidos anteriormente, en el tiempo de la paciencia de Dios; en orden a mostrar su justicia en el tiempo presente, para ser él justo y justificador del que cree en Jesús" (Rm 3,24-26).
  • Reconciliarnos con Dios: "pues Dios tuvo a bien hacer residir en él toda la Plenitud, y reconciliar por él y para él todas las cosas, pacificando, mediante la sangre de su cruz, lo que hay en la tierra y en los cielos. Y a vosotros, que en otro tiempo fuisteis extraños y enemigos, por vuestros pensamientos y malas obras, os ha reconciliado ahora, por medio de la muerte en su cuerpo de carne, para presentaros santos, inmaculados e irreprensibles delante de Él" (Col 1,19-22).
  • Limpiar nuestras conciencias y librarnos de la culpabilidad del pasado: "Pues si la sangre de machos cabríos y de toros y la ceniza de vaca santifica con su aspersión a los contaminados, en orden a la purificación de la carne, ¡cuánto más la sangre de Cristo, que por el Espíritu Eterno se ofreció a sí mismo sin tacha a Dios, purificará de las obras muertas nuestra conciencia para rendir culto a Dios vivo!" (Hb 9,13-14).
  • Anular toda maldición: "Cristo nos rescató de la maldición de la ley, haciéndose él mismo maldición por nosotros" (Ga 3,13).
  • Admitirnos a la presencia de Dios y a la comunión con Dios, librándonos del abismo que nos separaba de él: "Teniendo, pues, hermanos, plena seguridad para entrar en el santuario en virtud de la sangre de Jesús, por este camino nuevo y vivo, inaugurado por él para nosotros, a través del velo, es decir, de su propia carne, y con un Sumo Sacerdote al frente de la casa de Dios, acerquémonos con sincero corazón, en plenitud de fe, purificados los corazones de conciencia mala y lavados los cuerpos con agua pura" (Hb 10,19-22).
  • Alcanzarnos la victoria sobre Satanás: "Ellos lo vencieron gracias a la sangre del Cordero y a la palabra de testimonio que dieron" (Ap 12,11).
  • Quebrar el muro de la enemistad y reconciliar todos los pueblos de la tierra: "en Cristo Jesús, vosotros, los que en otro tiempo estabais lejos, habéis llegado a estar cerca por la sangre de Cristo. Porque él es nuestra paz: el que de los dos pueblos hizo uno, derribando el muro que los separaba, la enemistad, anulando en su carne la Ley de los mandamientos con sus preceptos, para crear en sí mismo, de los dos, un solo Hombre Nuevo, haciendo la paz, y reconciliar con Dios a ambos en un solo Cuerpo, por medio de la cruz, dando en sí mismo muerte a la Enemistad" (Ef 2,13-16).
  • Sellar las bendiciones de una nueva y más perfecta alianza. Él mismo dijo: "porque ésta es mi sangre de la Alianza, que es derramada por muchos para perdón de los pecados" (Mt 26,28).
  • Y granjearnos una herencia eterna: "es mediador de una nueva Alianza; para que, interviniendo su muerte para remisión de las transgresiones de la primera Alianza, los que han sido llamados reciban la herencia eterna prometida" (Hb 9,15).

¡Esa preciosa sangre! Pedro nos dice: "habéis sido rescatados de la conducta necia heredada de vuestros padres, no con algo caduco, oro o plata, sino con una sangre preciosa, como de cordero sin tacha y sin mancilla, Cristo, predestinado antes de la creación del mundo y manifestado en los últimos tiempos a causa de vosotros" (1 P 1,18-20), ¡para que fuésemos "rociados con su sangre" (1 P 1,2)!

El propio Redentor enseñaba acerca de él mismo que "el Hijo del hombre no ha venido a ser servido, sino a servir y a dar su vida como rescate por muchos" (Mt 20,28). Y ciertamente, derramó su sangre, su vida, el don más valioso que el hombre puede imaginar. Si lo comparamos con las riquezas de la tierra, somos necios, pero si lo comparamos con los tesoros del cielo, sigue siendo el mayor de todos ellos. Y esa sangre preciosa del Hijo de Dios fue derramada en la cruz del Gólgota por mí, por cada uno de nosotros, como una donación perfecta de amor, y amor "hasta el extremo" (Jn 13,1).

Sólo nos queda pensar que si el derramamiento de esa preciosa sangre fue por cada uno de nosotros, ¡qué valor debe tener nuestra vida para nuestro Salvador!, ¡cómo somos verdaderamente su tesoro y no quiere que perezcamos ni uno solo!

¡Qué cuidado, entonces, deberíamos tener en no pisotear esa preciosa sangre ni despreciar tan sublime gracia!

  • "Por eso, nosotros que recibimos un reino inconmovible, hemos de mantener la gracia y, mediante ella, ofrecer a Dios un culto que le sea grato, con religiosa piedad y reverencia, pues nuestro Dios es fuego devorador" (Hb 12,28-29).
  • "¿Cuánto más grave castigo pensáis que merecerá el que pisoteó al Hijo de Dios, y tuvo como profana la sangre de la Alianza que le santificó, y ultrajó al Espíritu de la gracia?" (Hb 10,29).

Preguntas para el diálogo:

  • Menciona diferentes usos y aplicaciones de la sangre en el Antiguo Testamento. De uno de esos ejemplos, menciona su valor práctico para nosotros a la luz de Cristo, el Redentor.
  • ¿Podemos aplicar la sangre de Cristo sobre nosotros? ¿Cómo?
  • ¿Qué te sugiere la idea de que la sangre de Cristo fue derramada para tu salvación?

 

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