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9. Los instrumentos de la salvación (I): La cruz

"Pues la predicación de la cruz es una necedad para los que se pierden; mas para los que se salvan -para nosotros- es fuerza de Dios" (1 Co 1,18)

Una revelación de la cruz. A lo largo de la historia de la humanidad y del pueblo de Israel, la cruz estuvo presente y fue anunciada constantemente. Algunos ejemplos:

  • El árbol de la Vida, en el jardín del Edén, contrapuesto al árbol del conocimiento de la ciencia del bien y del mal, cuyo fruto generó la semilla del pecado. Tan sólo el fruto del árbol de la Vida, que revela la cruz, con su semilla de obediencia, podría anular el devastador efecto de la rebeldía del pecado.
  • El arca de Noé: medio de salvación para escapar al juicio, que dividió la historia en dos, antes y después de la salvación a través del arca. La nave de madera prefigura a la cruz, único medio para hallar la salvación.
  • La leña del holocausto en el que Abraham iba a sacrificar a su hijo único, el hijo de la promesa, es una figura de la cruz. Abraham subió al monte de Moria con la leña, la madera, que cargó sobre su hijo, y con el fuego y el cuchillo para el holocausto en un altar que construyó. Dios finalmente proveyó el sacrificio, en vez de sacrificar a su hijo. El verdadero sacrificio que Dios buscaba era la obediencia, que le fue contada a Abraham como justicia, e igualmente a toda la descendencia de Abraham.
  • La serpiente de bronce en el desierto. El pueblo habló contra Dios y contra Moisés, por lo que Dios envió un castigo: serpientes abrasadoras. Ante el ataque de las serpientes en el desierto el pueblo estaba pereciendo. Cuando el pueblo se arrepintió y Moisés intercedió, Dios ordenó a Moisés hacer una serpiente de bronce y alzarla en un madero; los que la contemplasen serían liberados del efecto mortal del veneno de las serpientes: "Hizo Moisés una serpiente de bronce y la puso en un mástil. Y si una serpiente mordía a un hombre y éste miraba la serpiente de bronce, quedaba con vida" (Nm 21,9). La serpiente era el animal maldito, así que la serpiente de bronce representa la maldición que recae sobre el madero, dejando libres a las víctimas de todas las serpientes, de todas las maldiciones. Jesucristo mismo dijo: "como Moisés levantó la serpiente en el desierto, así tiene que ser levantado el Hijo del hombre, para que todo el que crea tenga por él vida eterna" (Jn 3,14-15). Y Juan dice: "Mirarán al que atravesaron" (Jn 19,37). Cuando contemplamos a Cristo en la cruz reconocemos que él tomó nuestra maldición, como la serpiente de bronce clavada en el madero, librando de la maldición y de la muerte a los que eran atacados y mordidos por las serpientes en el desierto.
  • El arca de la Alianza era donde se guardaba el testimonio que Dios había enviado desde el cielo al pueblo de Israel: sus leyes grabadas en piedra, el maná del desierto y la vara de Aarón, que retoñó. El arca era de madera de acacia recubierta por dentro y por fuera de oro. La madera representa la humanidad, el oro la divinidad. Jesucristo abrazó la cruz, como nueva arca de la Alianza o arca del Testimonio, y por ser mayor y más perfecta, realmente arca de una Nueva Alianza.
  • Isaías, el profeta de Dios, vio la muerte del Redentor en la cruz: "Despreciable y desecho de hombres, varón de dolores y sabedor de dolencias, como uno ante quien se oculta el rostro, despreciable, y no le tuvimos en cuenta. ¡Y con todo eran nuestras dolencias las que él llevaba y nuestros dolores los que soportaba! Nosotros le tuvimos por azotado, herido de Dios y humillado. El ha sido herido por nuestras rebeldías, molido por nuestras culpas. El soportó el castigo que nos trae la paz, y con sus cardenales hemos sido curados. Todos nosotros como ovejas erramos, cada uno marchó por su camino, y Yahveh descargó sobre él la culpa de todos nosotros" (Is 53,3-6).

En la plenitud de los tiempos. Dice la carta a los Hebreos que "muchas veces y de muchos modos habló Dios en el pasado a nuestros Padres por medio de los Profetas; en estos últimos tiempos nos ha hablado por medio del Hijo […] el cual, siendo resplandor de su gloria e impronta de su sustancia, y el que sostiene todo con su palabra poderosa, después de llevar a cabo la purificación de los pecados, se sentó a la diestra de la Majestad en las alturas" (Hb 1,1-3).

Dos rostros. Toda la vida de Cristo estuvo marcada por la cruz. Pero la cruz en Cristo tiene dos rostros. Un rostro de la cruz es el que vemos en:

  • la persecución que Jesucristo padeció desde el principio, desde su mismo nacimiento,
  • el desprecio de muchos de su patria y de su parentela,
  • el rechazo de muchos que no soportaron su enseñanza, cuando comenzó su vida pública,
  • los intentos de matarlo, como cuando quisieron despeñarle o cuando quisieron apedrearle,
  • la soledad que como hombre experimentó en muchos momentos,
  • las blasfemias y calumnias que tuvo que soportar de parte de los fariseos y sacerdotes judíos,
  • las envidias e intrigas que tramaron contra él,
  • la traición de uno de los suyos,
  • el abandono de sus mismos discípulos en la hora de la Pasión…

Por tanto, la cruz se revela en Cristo como sufrimiento, persecución y rechazo.

El otro rostro de la cruz. Jesucristo aceptó y abrazó la cruz a lo largo de toda su vida, pero el sufrimiento y rechazo que soportó no fueron estériles. Es más, si abrazó la cruz como persecución fue porque en la cruz había algo más, otra realidad:

  • Abrazó la cruz por amor, amor al Padre y a los hombres. En la cruz de Cristo está el mayor amor, que hizo al Redentor buscar en todo momento lo que le agradaba al Padre y la salvación de los hombres, por encima de su propio bienestar, e incluso por encima de su propia vida. Cuando buscaba la salvación de los samaritanos por encima de su propio descanso y alimento, les respondía a sus discípulos: "Mi alimento es hacer la voluntad del que me ha enviado y llevar a cabo su obra" (Jn 4,34).
  • En la experiencia de Cristo de la cruz, que cargó toda su vida, no sólo se revela el mayor amor, sino también el mayor perdón. Quienes le acusaban, quienes le persiguieron, nunca encontraron en él una respuesta de condenación. Ni siquiera defendió su propia honra, o sus derechos: "yo no busco mi gloria" (Jn 8,50), decía. Era más bien la gloria del Padre la que siempre buscó, y si los hombres en su ceguera lo rechazaron a él, su pesar fue que rechazasen en él la salvación, pero no consideró la ofensa personal que cometían. Él mismo enseñaba: "Porque Dios no ha enviado a su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por él" (Jn 3,17).
  • La experiencia de cruz de Cristo revela la perfecta obediencia al Padre y confianza en sus planes. Todo fue designio y permisión de Dios, hasta el más mínimo detalle en la vida de Cristo, y él voluntariamente abrazó la voluntad del Padre: "aun siendo Hijo, con lo que padeció experimentó la obediencia" (Hb 5,8).
  • También revela la perfecta humildad. Mientras los reyes buscan coronas y tronos, Cristo se despojó de su gloria y asumió condición de Siervo, abrazando la cruz, reflejando su corazón manso y humilde, y reinando y siendo glorificado por el Padre desde el trono de la cruz.
  • La experiencia de cruz del Redentor revela también el auténtico gozo, el gozo profundo que nace de dentro, del espíritu, y que las circunstancias no pueden cambiar, el gozo de vivir en las manos del Padre, el gozo desbordante del Espíritu de Vida y de Verdad: "Se llenó de gozo Jesús en el Espíritu Santo, y dijo: Yo te bendigo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has ocultado estas cosas a sabios e inteligentes, y se las has revelado a pequeños. Sí, Padre, pues tal ha sido tu beneplácito" (Lc 10,21).
  • En la vida de cruz del Salvador se revela también la mayor intercesión: "El cual, habiendo ofrecido en los días de su vida mortal ruegos y súplicas con poderoso clamor y lágrimas al que podía salvarle de la muerte, fue escuchado por su actitud reverente, […] y llegado a la perfección, se convirtió en causa de salvación eterna para todos los que le obedecen, proclamado por Dios Sumo Sacerdote" (Hb 5,7-10), es decir mediador e intercesor perfecto.
  • Este otro rostro de la cruz revela también liberación, sanación, salvación, restauración, Vida, en definitiva. Todas las actuaciones del Salvador iban encaminadas a llevar vida a los hombres, vida eterna y vida abundante, rescatándolos de las esclavitudes que los oprimían, sanando, restaurando, haciéndoles conocer el amor redentor del Padre y su perfecta voluntad para ellos, mayor y mejor que los deseos y sueños de los hombres: "Porque tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo único, para que todo el que crea en él no perezca, sino que tenga vida eterna" (Jn 3,16).

El momento cumbre. La cruz se reveló de forma definitiva en la vida de Cristo cuando fue clavado en el madero, levantado sobre la tierra, y –llevando sobre sí todos los pecados de la humanidad- abandonado del Padre. Los hombres se burlaban de él, los demonios le acosaban. Pero él no abría la boca. Entregó su vida por entero, amó hasta el extremo, perdonó sin medida, obedeció hasta la muerte y muerte de cruz, oró e intercedió por los pecadores. Y en la cruz se reveló la derrota de Satanás, la salvación de los hombres, la esperanza de toda la humanidad, la salvación completa y definitiva, el quebrantamiento de toda maldición, la justicia perfecta, la salud de toda enfermedad y herida, la restauración de todo lo que fue arrasado por el enemigo, la vida que venció a la muerte. Lo que era un imposible para la lógica humana tuvo que dejar paso a Dios para quien todo es posible: la fe que triunfó sobre el miedo y la duda, el bien y el amor sobre el imperio del mal, la misericordia sobre el juicio, la Vida sobre la Muerte. El pecado, con todas sus consecuencias, fue vencido y destruido: Cristo "se ha manifestado ahora una sola vez, en la plenitud de los tiempos, para la destrucción del pecado mediante su sacrificio" (Hb 9,26).

¿Fracaso o victoria? La cruz tiene un rostro de fracaso, de derrota. Cristo asumió nuestra condena, derrotado, débil, entregando su vida y muriendo realmente en la cruz. ¿Hay mayor fracaso? ¿Hay mayor derrota? Sin embargo, el amor y la obediencia de nuestro Salvador hicieron que cumpliendo toda justicia, toda la ley, consiguiese anular la ley con sus maldiciones, y descendiendo al infierno y al lugar de los muertos, hizo cautivos a los demonios, derrotando a Satanás bajo el peso de la cruz, con una herida mortal para el enemigo. Y liberó a los que, cautivos de la muerte, aguardaban al Redentor.

La cruz es victoria, el mayor éxito y la mayor victoria de toda la historia, abarcando todos los tiempos y a toda la creación, espiritual y física. La cruz no es la cruz sola, es la cruz con Cristo, nuestro Redentor, que hizo del madero maldito, del instrumento de muerte, instrumento de bendición y de vida.

Si la cruz es lo que los hombres aportaron, la sangre es lo que Cristo aportó. Se encontraron la tortura y el sacrificio, la muerte y la vida, la condena y el perdón, el odio y el amor, el pecado y la redención, ¡y vencieron el amor y el perdón, para siempre! De forma que la cruz ya no es signo de muerte sino de vida, ya no es soledad y sinsentido sino que es la cruz de Cristo, la cruz con Cristo, nuestro Salvador, ya no es maldición y humillación, sino instrumento de bendición y el camino a la gloria.

Preguntas para el diálogo:

  • ¿Encuentras elementos comunes en las diferentes revelaciones de la cruz en el Antiguo Testamento?
  • ¿Cuál es el significado de la cruz, según su "primer rostro"? ¿Cómo debemos ver la cruz, cuál es el "otro rostro de la cruz"?
  • ¿Por qué decimos que Cristo anuló la maldición del pecado y venció en la cruz sobre sus enemigos?

 

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