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8. Jesús de Nazaret, el Salvador de los hombres

"Porque no hay bajo el cielo otro nombre dado a los hombres por el que nosotros debamos salvarnos" (Hch 4,12)

Salvación. El término salvación completa y aclara el término redención. Si la redención es pagar el rescate de quien sufre una situación de deuda o esclavitud, la salvación supone librar de todo tipo de males a alguien que los sufre. La salvación que la humanidad necesitaba se refería a anular las consecuencias del pecado, librando a los hombres de los males que afectaban a su espíritu, alma y cuerpo. Los judíos entendían así el término salvación.

En la historia de Israel, son incontables los ejemplos de actuaciones de Dios en favor de su pueblo, salvándoles de males y peligros. Pero todavía no había una solución definitiva para los tres tipos de males más graves:

  • El pecado. Los sacerdotes ofrecían sacrificios de expiación por el pecado, que servían como remedio provisional al mismo. Pero el objetivo no era anular el pecado, pues no había cómo, sino tratar de alcanzar el perdón de Dios y mantener lejos el pecado. El hecho de que no había una solución contra el mismo explica cómo no era posible salvar a los pecadores: para que el pecado no se extendiese no había en ocasiones más remedio que castigar con la muerte a los pecadores, eliminando así de en medio del pueblo el pecado, eliminando al pecador.
  • La opresión demoníaca. No encontramos en el Antiguo Testamento un ministerio de liberación o exorcismo de los afligidos por demonios.
  • La muerte. En el Antiguo Testamento se dice que los espíritus de los justos así como los de los pecadores al morir descendían al seol o lugar de los muertos, pero establece que había dos áreas en el seol completamente separadas entre sí, de forma que se instaura una diferencia basada en una esperanza: Dios haría justicia a los que anduvieron conforme a sus preceptos, y serían resucitados un día para vida eterna, pero los pecadores estarían destinados a la muerte eterna. Sin embargo, esto era algo todavía en esperanza.

Que Jesucristo es el Salvador significa que en él está la solución definitiva para éstos y para todos los males: "llegado a la perfección, se convirtió en causa de salvación eterna para todos los que le obedecen, proclamado por Dios Sumo Sacerdote" (Hb 5,9-10).

  • Para el pecado: Juan el Bautista señaló a Jesucristo diciendo: "He ahí el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo" (Jn 1,29). Identificó quién era Jesús y cuál era su ministerio. Nadie antes ni después podría hacer algo semejante: Él es el único inocente, entregado en nuestro lugar, que asumiendo los pecados de los hombres de todos los tiempos, los clavó en la cruz anulándolos. Por ello, durante su ministerio en la tierra anduvo haciendo el bien y perdonando los pecados del pueblo. Por ejemplo, en una ocasión le presentaron un paralítico, y él le dijo: "Hombre, tus pecados te quedan perdonados" (Lc 5,20). Muchos se escandalizaron, diciendo para sí que sólo Dios puede perdonar los pecados y no reconociendo –o no queriendo reconocer- en Cristo a quien Juan el Bautista dijo que era. Pero Jesucristo, prosiguió: "¿Qué es más fácil, decir: ‘Tus pecados te quedan perdonados’, o decir: ‘Levántate y anda’? Pues para que sepáis que el Hijo del hombre tiene en la tierra poder de perdonar pecados, -dijo al paralítico-: ‘A ti te digo, levántate, toma tu camilla y vete a tu casa’. Y al instante, levantándose delante de ellos, tomó la camilla en que yacía y se fue a su casa, glorificando a Dios" (Lc 5,23-25). La sanación espiritual que Cristo operó al perdonar los pecados de aquel hombre fue más grande, pero no menos real, que el milagro de ser restablecido de su parálisis. La realidad es que todos los hombres éramos pecadores y todos estábamos destinados a la muerte. ¡Pero para todos llegó la salvación por medio de Jesucristo!: "todos pecaron y están privados de la gloria de Dios y son justificados por el don de su gracia, en virtud de la redención realizada en Cristo Jesús" (Rm 3,23-24).
  • Para la opresión demoníaca: Tras encontrarse en el desierto con el diablo y ser tentado, pero vencer al enemigo, en numerosas ocasiones Jesucristo expulsó espíritus inmundos de las personas oprimidas o encadenadas por Satanás. Por ejemplo, podemos recordar la liberación portentosa del endemoniado de Gerasa (cf. Mc 5). Esto era algo tan sorprendente para los contemporáneos de Jesús, que algunos decían: "Por Beelzebul, Príncipe de los demonios, expulsa los demonios" (Lc 11,15). A lo que él respondió: "Todo reino dividido contra sí mismo queda asolado, y casa contra casa, cae. […] Pero si por el dedo de Dios expulso yo los demonios, es que ha llegado a vosotros el Reino de Dios" (Lc 11,17.20). Sabemos que Dios había dado en el principio autoridad al hombre sobre la creación física, pero no sobre la realidad espiritual, mucho menos los hombres podían tener poder sobre los demonios después de caer en esclavitud del maligno. Por ello, puede sonar en cierto modo razonable el pensamiento de aquellos judíos. Pero la respuesta de Cristo no deja lugar a dudas: él estaba operando en la autoridad de Dios. En Cristo, Dios comparte su autoridad con los hombres también sobre el ámbito espiritual, porque Cristo, el libre, vino a liberar a los oprimidos por el diablo y poner bajo sus pies al tirano: "El Hijo de Dios se manifestó para deshacer las obras del Diablo" (1 Jn 3,8).
  • Para la muerte: Dentro del ministerio de Jesucristo, una parte importante fue resucitar muertos (cf. Lc 7,22). Pero el problema principal no era la muerte del cuerpo, sino la muerte eterna. Así como Jesucristo sanó al paralítico como testimonio de su poder para perdonar los pecados, resucitó a Lázaro como testimonio de su poder para librar de la muerte eterna. Conversando con Marta, la hermana del difunto Lázaro, antes de resucitarle, ésta le dijo: "Ya sé que resucitará en la resurrección, el último día" (Jn 11,24). Pero Jesús le dijo: "Yo soy la resurrección. El que cree en mí, aunque muera, vivirá; y todo el que vive y cree en mí, no morirá jamás" (Jn 11,25-26). Y cuando el "buen ladrón", crucificado junto a él, le dijo: "Jesús, acuérdate de mí cuando vengas con tu Reino" (Lc 23,42), no hizo más que confesar a Jesús como el Mesías y confirmar la esperanza judía en que el Mesías traería la vida eterna, salvando de la muerte. Jesús le respondió: "Yo te aseguro: hoy estarás conmigo en el Paraíso" (Lc 23,43), declarando que por medio de él, a través de su sacrificio en la cruz, había ya vida eterna accesible a todos los que le confesasen su Salvador, como hizo aquel salteador crucificado. Y Mateo nos relata que "Se abrieron los sepulcros, y muchos cuerpos de santos difuntos resucitaron. Y, saliendo de los sepulcros después de la resurrección de él, entraron en la Ciudad Santa y se aparecieron a muchos" (Mt 27,52-53). Para esto fue enviado el Salvador: "Porque tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo único, para que todo el que crea en él no perezca, sino que tenga vida eterna" (Jn 3,16).

Hemos visto cómo Cristo es el inocente, sin pecado, el libre, la Resurrección y quien trae la vida eterna. Todos los males huyen, desaparecen delante de él, porque él ha vencido a todos nuestros enemigos y ha perdonado nuestras culpas. Por ello, Cristo es nuestro Salvador de todos los males. Durante su ministerio en la tierra, "Jesús recorría todas las ciudades y aldeas, enseñando en sus sinagogas, proclamando la Buena Nueva del Reino y sanando todo enfermedad y toda dolencia" (Mt 9,35).

  • Los enfermos de cualquier enfermedad eran sanados y el efecto de la enfermedad desaparecía de sus cuerpos. Por ejemplo, los leprosos quedaban limpios de la lepra y su cuerpo entero.
  • Los que sufrían cualquier dolencia o eran impedidos en sus cuerpos, eran sanados y sus miembros restaurados. Por ejemplo, los cojos recuperaban la movilidad, la longitud normal y la fuerza de sus caderas, piernas y pies.
  • Los que tenían el alma herida por las experiencias traumáticas de la vida encontraban alivio, sanación y su vida era restaurada.
  • Los que estaban alejados de la verdad, eran iluminados para que sus mentes fuesen renovadas y sus vidas cambiadas. Por ello el Salvador enseñaba y predicaba las Buenas Nuevas del Reino por todas las aldeas, reflejando el corazón y cumpliendo la voluntad del Padre: "Dios, nuestro Salvador, que quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento pleno de la verdad" (1 Tm 2,3-4).

¿Por qué? Es relativamente fácil y por supuesto agradable contemplar la obra de salvación de Cristo en nuestro favor. Pero, ¿fue realmente así de sencillo?, ¿qué le motivó a dejar la gloria junto al Padre, tomar naturaleza humana y morir en la cruz por nosotros?

  • Por amor. Todo en la vida de nuestro Salvador fue motivado por su amor al Padre y a los hombres: "ha de saber el mundo que amo al Padre y que obro según el Padre me ha ordenado" (Jn 14,31). El plan de la salvación comienza en el amor de Dios: "En esto consiste el amor: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que él nos amó y nos envió a su Hijo como propiciación por nuestros pecados" (1 Jn 4,10). Y Cristo revela ese amor infinito de Dios, "hasta el extremo" (Jn 13,1). Por ello, "la prueba de que Dios nos ama es que Cristo, siendo nosotros todavía pecadores, murió por nosotros" (Rm 5,8).
  • Por obediencia. El amor al Padre se manifestó en obediencia perfecta a su voluntad: "así como por la desobediencia de un solo hombre, todos fueron constituidos pecadores, así también por la obediencia de uno solo todos serán constituidos justos" (Rm 5,19). Así como la desobediencia del Edén al comer del árbol de la ciencia del bien y del mal trajo todos los males, la obediencia de Cristo hasta la muerte y muerte de cruz, reparó el desorden del pecado y nos trajo toda clase de bendiciones. La cruz se transformó así en el árbol de la vida. La obediencia de Cristo reparó la desobediencia de Adán y de todos los hombres. Él dijo: "he bajado del cielo, no para hacer mi voluntad, sino la voluntad del que me ha enviado. Y ésta es la voluntad del que me ha enviado; que no pierda nada de lo que él me ha dado, sino que lo resucite el último día" (Jn 6,38-39).
  • Por gracia. No hay que darle más vueltas: fue amor gratuito, incondicional, sincero, genuino, infinito y personal hacia cada hombre, aun siendo nosotros indignos, no merecedores en absoluto de este amor y de semejante Salvador: "Si por el delito de uno solo murieron todos ¡cuánto más la gracia de Dios y el don otorgado por la gracia de un solo hombre Jesucristo, se han desbordado sobre todos!" (Rm 5,15), "según la riqueza de su gracia" (Ef 1,7).

Un asombroso intercambio. Él tomó nuestros males, para que fuésemos salvos y a cambio recibiésemos sus bendiciones. Podemos acercarnos con confianza a Cristo y entregarle nuestra vida, él la tomará, ¡y nos dará la suya!: "Quien tiene al Hijo, tiene la vida; quien no tiene al Hijo, no tiene la vida" (1 Jn 5,12).

Preguntas para el diálogo:

  • ¿Por qué Jesucristo es el único Salvador? ¿Alguien más puede salvar a los hombres del pecado y de sus consecuencias?
  • ¿Cómo entendían los judíos la salvación? ¿Qué hizo Jesús entre ellos y entre los habitantes de las regiones vecinas durante su ministerio público?
  • ¿Por qué la salvación es por gracia?

 

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