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Objetivos

Descubrir que las promesas de Dios se cumplen. Aprender de Abraham que esperó a que se cumpliera su promesa: tener una gran descendencia.

Reflexión

¿Qué es una promesa? […] Una promesa es cuando alguien dice que hará algo. El que hace una promesa puede cumplirla o no cumplirla. [Poned ejemplos]. Los hombres, con frecuencia no cumplimos las promesas que hacemos, pero hay una persona que siempre cumple sus promesas por muy difíciles que parezcan. ¿Quién es? […]. Habéis acertado, es Dios. Hoy vamos a ver cómo Dios hizo una importante promesa a Abraham y la cumplió.

Cuando Dios dio a Abraham la tierra de Canaán, le dijo: haré tu descendencia como el polvo de la tierra: tal que si alguien puede contar el polvo de la tierra, también podrá contar tu descendencia” (Gn 13, 16). Su descendencia iba a ser tan numerosa como el polvo de la tierra. [Para imaginarla mejor, podemos llevar arena o tierra y tratar de contar sus granitos]. Después Dios le insiste en su promesa y se la recuerda de nuevo. Los hombres nos olvidamos de las promesas de Dios y dejamos de vivirlas con fe, pero Dios que es bueno le dice: “te heredará uno (un hijo) que saldrá de tus entrañas. … Mira al cielo, y cuenta las estrellas, si puedes contarlas. Y le dijo: Así será tu descendencia. Y creyó él en Yahvé, el cual se lo reputó por justicia. Y le dijo: Yo soy Yahvé, que te saqué de Ur de los caldeos para darte esta tierra en propiedad” (Gn 15,4-7).

La promesa de Dios no llegaba, no llegaba ese hijo que Dios había prometido. Entonces Saray y Abrán se impacientaron, flaquearon en la fe. También a nosotros nos pasa que, si Dios nos dice que nos ha sanado una enfermedad o un recuerdo o nos dice que nos va a dar algo concreto, queremos que sea de inmediato, ahora mismo. Pero Dios tiene su tiempo para hacer realidad sus promesas y casi siempre nos hace esperar. Dice la Biblia: “Saray, mujer de Abrán, no le daba hijos. Pero tenía una esclava egipcia, que se llamaba Agar, y dijo Saray a Abrán: “Mira, Yahvé me ha hecho estéril. Llégate, pues, te ruego, a mi esclava. Quizá podré tener hijos de ella. “ Abrán escuchó el consejo de Saray” (Gn 16,1-2). Y entonces nació Ismael, hijo de la sierva Agar y de Abrán. Este hijo, no era el hijo de la promesa de Dios. Dios, una vez más, animó a Abraham y le recordó su promesa diciéndole: “Yo soy El Sadday, anda en mi presencia y sé perfecto. Yo establezco mi alianza entre nosotros dos, y te multiplicaré sobremanera.” Cayó Abrán rostro en tierra, y Dios le habló así: “Por mi parte ésta es mi alianza contigo: serás padre de una muchedumbre de pueblos. No te llamarás más Abrán, sino que tu nombre será Abrahán, pues te he constituido padre de muchedumbre de pueblos. Te haré fecundo sobremanera, te convertiré en pueblos, y reyes saldrán de ti” (Gn 17, 1-6). Dijo Dios a Abrahán: “A Saray, tu mujer, no la llamarás más Saray, sino que su nombre será Sara.  Yo la bendeciré, y de ella también te daré un hijo” (Gn 17,15-16).

Volver a leer el texto anterior y observar que, antes de la promesa, Dios le da un mandato a Abraham: anda delante de mí y sé perfecto. Ser perfecto es ser santo, es hacer lo que le agrada a Dios. Abraham obedecía en todo a Dios.  Más tarde, volvió a aparecerse Dios a Abraham y le dijo que en un año tendría un hijo. Sara no lo creyó porque era ya anciana, pero Dios les recordó que nada hay imposible para Dios (Cf. Gn 18,14). Y entonces, cuando Abraham tenía cien años, nació Isaac, hijo de Abraham y Sara. ¡Dios cumplió su promesa!.  

Dios volvió a probar la fe de Abraham. Esta vez, le pidió algo realmente difícil, algo incomprensible. Le dijo Dios: “Toma a tu hijo, a tu único, al que amas, a Isaac, vete al país de Moria y ofrécelo allí en holocausto en uno de los montes, el que yo te diga.” (Gn 22,2). Abraham no entendería por qué Dios le pedía sacrificar al hijo que le había prometido, Isaac. ¿Cómo se iba a cumplir la promesa de una gran descendencia? […] Pero Abraham sabía que lo primero era obedecer a Dios, porque los planes de Dios siempre son los buenos. Así que Abraham llevó a su hijo Isaac hasta el monte para ofrecerlo como un cordero. Pero “Entonces le llamó el Ángel de Yahvé desde el cielo diciendo: «¡Abrahán, Abrahán!» Él dijo: «Aquí estoy.» Continuó el Ángel: «No alargues tu mano contra el niño, ni le hagas nada, que ahora ya sé que eres temeroso de Dios, ya que no me has negado tu hijo, tu único.»” (Gn 22,11). Dios no permitió que muriera Isaac, sólo quería probar la fe de Abraham. “El Ángel de Yahvé llamó a Abrahán por segunda vez desde el cielo y le dijo: «…Por no haberme negado tu hijo, tu único, yo te colmaré de bendiciones y acrecentaré muchísimo tu descendencia como las estrellas del cielo y como las arenas de la playa, …. Por tu descendencia se bendecirán todas las naciones de la tierra, en pago de haber obedecido tú mi voz.» (Gn 22,15-18). Dios nos demuestra que obedecer su voz es lo mejor que podemos hacer. Abraham recibió grandes bendiciones de Dios por haberle obedecido.

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