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4. Aumentándonos los problemas

"Cierto es que no hay ningún justo en la tierra que haga el bien sin nunca pecar" (Qo 7,20)

Pecador, ¿yo? Si el pecado original supuso una fractura de una dimensión colosal y de consecuencias gravísimas en la creación y especialmente en la humanidad, lo cierto es que los hombres hemos seguido metiéndonos en problemas y aumentando nuestros problemas por medio del pecado personal, del que cada uno de nosotros somos responsables. De esta forma, se han ido extendiendo el imperio del mal y sus consecuencias en el mundo. Aunque muchos se refieren al mal como un misterio, nadie duda de su realidad, porque todos lo experimentamos.

La triste y terrible escalada del mal. Veamos, a la luz de la revelación, cómo los hombres hemos ido aumentando el nivel del pecado en el mundo y de esta forma, los problemas de todo tipo. Desde el principio, vemos que Abel y Caín responden de forma diferente en su relación con Dios. Caín no ofrece el sacrificio justo que Dios demandaba, sino que endurece su corazón, no se arrepiente y, finalmente, llevado de la envidia y de la ira, asesina a su hermano. A partir de este momento, el pecado se multiplica, hasta el punto de que la Biblia nos describe una situación estremecedora y trágica: "Viendo Yahveh que la maldad del hombre cundía en la tierra, y que todos los pensamientos que ideaba su corazón eran puro mal de continuo, le pesó a Yahveh de haber hecho al hombre en la tierra, y se indignó en su corazón" (Gn 6,5-6). Y es que el pecado ofende y contrista gravemente a Dios: "ellos se rebelaron y contristaron a su Espíritu santo" (Is 63,10).

La gran fractura. Pablo analiza el aumento del mal en el mundo en el primer capítulo de su carta a los Romanos. Vamos a detenernos brevemente en algunas de sus consideraciones:

  • "La cólera de Dios se revela desde el cielo contra toda impiedad e injusticia de los hombres" (v.18). Nuestro primer problema es nuestra relación con Dios. El pecado quiebra la comunión con Dios y nos separa de él: "vuestras faltas os separaron a vosotros de vuestro Dios, y vuestros pecados le hicieron esconder su rostro de vosotros para no oír" (Is 59,2). Además, debido a la impiedad y la falta de temor en nuestra relación con Dios, toda injusticia ya es posible, y por todo ello merecemos la cólera y el juicio de Dios. La humanidad tiene una querencia a la rebeldía y a la independencia respecto a Dios, ¡y son tantos los que dan rienda suelta a esa insolente renuncia y desprecio de Dios! No queremos a Dios, no queremos conocerle, no queremos que sea el Señor de nuestras vidas. Pero esto enciende la justa cólera de Dios: "y él se convirtió en su enemigo, guerreó contra ellos" (Is 63,10). Algunos pecados parecen despertar especialmente la ira santa de Dios, como la injusticia con los débiles (cf. Ex 22,21-23) o la falta de perdón (cf. Mt 18,23ss).
  • "Porque, habiendo conocido a Dios, no le glorificaron como a Dios ni le dieron gracias, antes bien se ofuscaron en sus razonamientos y su insensato corazón se entenebreció" (v.21). Con nuestra razón y con nuestra conciencia llegamos a conocer a Dios como nuestro Creador y discernimos lo justo y lo bueno. Por ello la conciencia nos revela nuestra culpa: "mi pecado sin cesar está ante mí" (Sal 51,3). Pero el pecado endurece el corazón, tuerce la razón y ofusca la conciencia.
  • "Jactándose de sabios se volvieron estúpidos" (v.22). El pecado va de la mano del engaño. Tan necios podemos ser los hombres que llegamos a creer que nuestras razones son más válidas que los juicios de Dios. Pero demostramos así que no conocemos la verdadera sabiduría, que es "el temor del Señor" ni la verdadera inteligencia, que es "huir del mal" (Job 28,28). La realidad es que con el pecado nos degradamos y destruimos a nosotros mismos: "el que me ofende, hace daño a su alma" (Pr 8,36).
  • "Cambiaron la gloria del Dios incorruptible por una representación en forma de hombre corruptible, de aves, de cuadrúpedos, de reptiles. Por eso Dios los entregó a las apetencias de su corazón hasta una impureza tal que deshonraron entre sí sus cuerpos" (vv.23-24). La idolatría está íntimamente unida al pecado. Cuando el hombre no adora a Dios, abandona la gloria de Dios, necesariamente pone su confianza en las criaturas, sea donde sea, buscando sustitutos de Dios. En este cambio tan necio el hombre suele caer tan bajo que idolatra lo más vil, y como nos volvemos semejantes a lo que adoramos, el hombre cae en una animalidad tal que fácilmente las pasiones más bajas le dominan, dando rienda suelta a toda clase de impureza que corrompe el bello y sagrado diseño de Dios para el cuerpo y la sexualidad.
  • "Cambiaron la verdad de Dios por la mentira, y adoraron y sirvieron a la criatura en vez del Creador" (v.25). Cuando, por la idolatría, pervertimos el orden en lo más íntimo del corazón del hombre, que fue creado para dar gloria a Dios, ya todo es pervertido, y cambiamos la verdad por la mentira, así como el bien por el mal: "¡Ay, los que llaman al mal bien, y al bien mal; que dan oscuridad por luz, y luz por oscuridad!" (Is 5,20). Ya no somos capaces de conocer lo que es pecado, ¡porque somos sus prisioneros y sus amantes!
  • "Por eso los entregó Dios a pasiones infames; pues sus mujeres invirtieron las relaciones naturales por otras contra la naturaleza; igualmente los hombres, abandonando el uso natural de la mujer, se abrasaron en deseos los unos por los otros, cometiendo la infamia de hombre con hombre" (vv.26-27). La promoción de la homosexualidad que vemos hoy en día no es sino consecuencia y expresión del grave desorden espiritual, racional y moral a que han dado lugar la idolatría y el pecado. Pero hoy los hombres neciamente se empeñan en llamar bien al mal y verdad a la mentira.
  • "Recibiendo en sí mismos el pago merecido de su extravío" (v.26). Todo pecado trae consigo maldición y castigo. Aunque el pecado ofrezca un goce momentáneo, produce a la postre tristeza, insatisfacción, vacío y muerte.
  • "Y como no tuvieron a bien guardar el verdadero conocimiento de Dios, los entregó Dios a su mente insensata, para que hicieran lo que no conviene: llenos de toda injusticia, perversidad, codicia, maldad, henchidos de envidia, de homicidio, de contienda, de engaño, de malignidad, chismosos, detractores, enemigos de Dios, ultrajadores, altaneros, fanfarrones, ingeniosos para el mal, rebeldes a sus padres, insensatos, desleales, desamorados, despiadados, los cuales, aunque conocedores del veredicto de Dios que declara dignos de muerte a los que tales cosas practican, no solamente las practican, sino que aprueban a los que las cometen" (vv.28-32). El hombre que se rebela contra Dios no es capaz de hacer el bien: "como paño inmundo todas nuestras obras justas" (Is 64,5). Cuando el hombre escoge el mal, el juicio de Dios sobre él elimina restricciones al pecado para que nos hundamos en el abismo que hemos escogido. Y podríamos decir que nunca hubo un tiempo en que hubiese tantas puertas abiertas al pecado como el nuestro. La lista de arriba no es más que una serie de ejemplos de adónde conduce el odio a Dios. El mundo ensalza más a los impíos, necios, pervertidos y orgullosos: ésos son los que se llevan la fama y el reconocimiento, a los que se quiere imitar, los que se erigen en ídolos de las masas.

Un abismo de maldad. Por tanto, no nos puede extrañar, aunque no deba nunca dejar de sorprendernos, la profundidad del engaño y la necedad en la que el hombre puede caer, el daño que el hombre se puede hacer a sí mismo y a su prójimo, la maldad que puede llegar a albergar el corazón del hombre.

Nuestra memoria nos lleva a las sofisticadas técnicas de tortura que se han empleado y se siguen empleando, o a los grandes genocidios de la humanidad, varios muy recientes, o a la masacre de bebés inocentes en el seno de sus madres en las "clínicas" abortistas. Pero también al daño que nos hacemos unos a otros con nuestras palabras, con nuestros gestos, desprecios, y el que nos hacemos a nosotros mismos con los celos y envidias. Igualmente a las grandes tiranías que oprimen pueblos enteros, las grandes injusticias, que tantas veces llevan aparejada miseria y pobreza para tantos, la violencia, los crímenes, las mafias, la explotación de seres humanos para diversos oscuros fines, la esclavitud, el ocultismo, los cultos satánicos, su relación con ciertas músicas, con las drogas, con prácticas y filosofías paganas engañosas… Males y vicios destructivos para el hombre, cadenas con las que Satanás esclaviza a multitud de seres humanos. El hombre queda así "vendido al poder del pecado" (Rm 7,14).

Recordamos también las maldiciones que acompañan al pecado. Desde Deuteronomio 28,15 se enumeran 33 tipos de maldiciones que siguen a la desobediencia de la ley de Dios, inscrita en el corazón del hombre y conocida por la revelación. Estas maldiciones vienen contra nuestra vida: pestes y enfermedades, violencia y guerra, desastres naturales, pobreza y hambre, y finalmente la muerte. Si analizamos las noticias de los informativos, nos están anunciando y advirtiendo continuamente de maldiciones de estos géneros. Nadie puede sentirse seguro o inmune, y finalmente, antes o después todos hemos de pasar por la muerte.

Pero el mal mayor y la consecuencia más terrible, que viene sobre los que se atraen el juicio de Dios, es la condenación de la muerte eterna: "por envidia del diablo entró la muerte en el mundo, y la experimentan los que le pertenecen" (Sb 2,24). Tan real como la rebeldía contra Dios es la realidad de la muerte eterna: "todos los que me odian, aman la muerte" (Pr 8,36), una muerte que pasa por la experiencia de la muerte espiritual y la muerte física, y desemboca en el infierno: "¿No sabéis acaso que los injustos no heredarán el Reino de Dios? ¡No os engañéis!" (1 Co 6,9). "Apartaos de mí, malditos, al fuego eterno" (Mt 25,41).

Problemas por todos lados. Aunque nos hayamos acostumbrado al pecado y al mal, y sus consecuencias nos rodeen por todos lados, no podemos rendirnos, necesitamos reaccionar urgentemente, pues el tiempo es corto. ¡Busquemos salvar nuestra vida!

Preguntas para el diálogo:

  • ¿Por qué siendo la realidad del pecado algo que nos afecta a todos los hombres, tan pocos quieren reconocerlo? ¿Por qué crees que se habla poco del pecado?
  • ¿Cuánta idolatría consideras que hay en nuestros días?
  • Sabemos que Dios ama al hombre, pero ¿qué reacción produce el pecado del hombre en Dios?

 

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