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2. Lo que Dios NO nos dio

"Lo malo a tus ojos cometí" (Sal 51,4)

El amor no cesa. Dios creó al hombre por amor, con su amor perfecto, fiel e infinito. Es importante que tengamos esto siempre en cuenta. Sabemos que Dios creó al hombre libre y por tanto con capacidad de optar por desobedecerle y rechazarle. Pero independientemente de lo que el hombre hiciese, Dios escogió de antemano amar al hombre y su amor no falla ni cesa: "si somos infieles, él permanece fiel, pues no puede negarse a sí mismo" (2 Tm 2,13). De hecho, toda su creación es objeto de su amor, pero el hombre de forma especial: "Amas a todos los seres y nada de lo que hiciste aborreces, pues, si algo odiases, no lo habrías hecho" (Sb 11,24). Y, ¿habrá algo que Dios no hizo?

La negación del amor. Siendo Dios amor y siendo bueno y fiel siempre, es una locura pensar en renunciar a su amor o en rebelarse contra él. Pero entre las criaturas libres que él hizo, los ángeles primero y luego los hombres, existía la posibilidad de rebelarse contra él y separarse de su amor. Esto es lo que ocurrió con la caída de Satanás y los otros ángeles rebeldes que le siguieron. El diablo no fue creado perverso, sino como un ángel bello y bueno, servidor de Dios. Sin embargo, inició una rebelión que llamamos la caída de los ángeles infieles a Dios: "¡Cómo has caído de los cielos, Lucero, hijo de la Aurora!" (Is 14,12). En estos ángeles caídos se encontró algo novedoso, que Dios no había hecho, como en el que menciona este texto: "Querubín protector de alas desplegadas te había hecho yo, estabas en el monte santo de Dios, caminabas entre piedras de fuego. Fuiste perfecto en su conducta desde el día de tu creación, hasta el día en que se halló en ti iniquidad" (Ez 28,14-15).

Hizo la aparición en la historia algo nuevo: la iniquidad, el misterio del mal, y con él, el pecado o la plasmación del mal, desobedeciendo a Dios y rebelándose contra él, lo que merecía el juicio y la condenación por parte de Dios. Estos ángeles caídos eran conscientes de las consecuencias de su elección. Debido a su conocimiento, su elección resultó irreversible y modificó su naturaleza hasta el punto de que perdieron la primera naturaleza con la que Dios los había creado, adoptando una nueva, totalmente perversa y maligna: "a los ángeles, que no mantuvieron su dignidad, sino que abandonaron su propia morada, los tiene guardados con ligaduras eternas bajo tinieblas para el juicio del gran Día" (Judas 6).

El mandato. Dios dio también al hombre la opción de obedecerle o desobedecerle. Si lo había hecho libre, era necesario que el hombre ejerciese esta libertad para obedecer a Dios, teniendo la posibilidad de hacer lo contrario. Dios impuso para ello un mandamiento que el hombre debía respetar: "De cualquier árbol del jardín puedes comer, mas del árbol de la ciencia del bien y del mal no comerás, porque el día que comieres de él, morirás sin remedio" (Gn 2,16-17).

Pensamos que la consecuencia de comer de aquel fruto era grave por traer la muerte a un mundo donde ésta no existía. Pero más grave era el hecho en sí de desobedecer a Dios, siendo Dios, siendo el Creador del hombre, y la fuente del amor, la verdad y la vida. El hombre sólo tenía motivos para respetar y amar a Dios. Y de hecho el hombre no pecó, se mantuvo en comunión con Dios… hasta que hizo su acto de aparición el Tentador, envidioso de la situación privilegiada del hombre en amistad con Dios, que él había perdido.

El drama. Satanás se aproximó del hombre, con permisión divina, para tentarlo, y para ello tomó un animal, una serpiente. Eva escuchó y dio crédito al Tentador, que la movió a comer del fruto mortal, dando a continuación también a Adán a probar el fruto (cf. Gn 3,1-6). El hombre y la mujer no usaron las armas que tenían a su disposición:

  • No permanecieron en unidad. Estando unidos hubiese sido más fácil no tomar una decisión precipitada e irresponsable. Demostraron autosuficiencia y exceso de confianza en sí mismos.
  • No usaron la palabra de Dios, fuente de Verdad. Hubiese sido suficiente recordar y repetir sencillamente las palabras que Dios les había dicho, tal cual se las había dicho, para deshacer el engaño de Satanás.
  • No usaron su autoridad. El hombre tenía el dominio sobre la tierra, por lo que tenía la autoridad para haber expulsado a la serpiente del jardín cuando se acercó a tentarles. Al final, el hombre fue quien se vio despojado de su autoridad y arrojado del Edén.
  • No buscaron a Dios. En caso de duda o de necesidad, podrían haber recurrido a la ayuda de Dios, de cuya amistad gozaban.

La tentación. Fue un proceso de engaño para llevar al hombre a desobedecer a Dios, seduciéndolos a apartarse de Dios y guiándolos hacia el pecado:

  • El Tentador usó para ello el engaño. Usó parte de la verdad que Dios había dicho, pero la distorsionó, magnificando la prohibición de Dios: "¿Cómo es que Dios os ha dicho: No comáis de ninguno de los árboles del jardín?" (Gn 3,1). Eva cayó en el engaño cuando en su respuesta continuó magnificando la prohibición de Dios, añadiendo por su cuenta la prohibición de tocar el árbol de la ciencia del bien y del mal: "Podemos comer del fruto de los árboles del jardín. Mas del fruto del árbol que está en medio del jardín, ha dicho Dios: No comáis de él, ni lo toquéis, so pena de muerte" (Gn 3,2-3). Igualmente, Eva minimizó las consecuencias de desobedecer a Dios al omitir la advertencia de que morirían "sin remedio".
  • Una vez abierta la puerta al engaño, el Tentador se atrevió a presentar directamente la mentira: "De ninguna manera moriréis" (Gn 3,3).
  • El diablo fue directo a establecer rivalidad entre el hombre y Dios, quebrando los cimientos de su comunión y sembrando desconfianza: "Es que Dios sabe muy bien… y seréis como dioses" (Gn 3,5). Sembró así duda sobre la bondad de Dios y sobre los motivos por los que Dios había establecido aquel mandamiento.
  • Siguió realizando una atractiva oferta. Si Dios ya no parecía tan digno de confianza ni tan bueno… él en cambio se atrevía a ofrecer algo: "se os abrirán los ojos y seréis como dioses, conocedores del bien y del mal" (Gn 3,5). Nuevamente, actuando con engaño, ofreciendo un conocimiento y una vida superior… sin Dios. Fuera de Dios, la experiencia que aguardaba al hombre era demasiado dramática como para describirla con verdad y tener éxito en la tentación.
  • Esta tentación logró centrar la atención del hombre en un árbol, situado en el centro del Jardín, y hacerle apartar la vista de Dios. Por primera vez, el centro no era Dios, sino que el hombre se estaba erigiendo en centro de sí mismo, abriendo camino a la soberbia, el egocentrismo y la egolatría.
  • La tentación se abrió paso, concibió y engendró el pecado: "Y como viese la mujer que el árbol era bueno para comer, apetecible a la vista y excelente para lograr sabiduría, tomó de su fruto y comió, y dio también a su marido, que igualmente comió" (Gn 3,6). Ya no era el discurso del Tentador, sino el hombre mismo quien consideró en su interior que alcanzaría algún bien fuera del orden que Dios estableció.

El pecado. En definitiva, el hombre y la mujer confiaron más en el Tentador que en Dios, y desobedecieron a Dios. Si hubiesen creído verdaderamente a Dios nunca habrían llegado a dar oídos a la serpiente ni habrían llegado a desobedecer a Dios. Pero dejándose convencer por el Tentador demostraron que su corazón se había apartado de Dios. La responsabilidad por el pecado fue personal. Y la gravedad del pecado consistió en a quién habían desobedecido, contra quién se habían rebelado. David reconocerá: "contra ti, contra ti solo he pecado, lo malo a tus ojos cometí" (Sal 51,4).

Nueva naturaleza. Automáticamente, al comer de aquella fruta, el hombre se convirtió en pecador, haciendo propio el pecado, algo que Dios no había hecho, y recibiendo la semilla o la naturaleza del pecado, algo que Dios no le había dado, y que le hace exclamar por medio del profeta Isaías: "¡Ay, gente pecadora, pueblo tarado de culpa, semilla de malvados, hijos de perdición!" (Is 1,4). El pecado anidó en el hombre, desgarrando su comunión con Dios.

Una gran esperanza. ¿Qué podía esperar el hombre en esta situación? Sin embargo, a pesar de la tremenda gravedad de la misma, al haber caído inducidos por el engaño del diablo, las consecuencias no fueron iguales en el hombre que en el caso de los ángeles. En el hombre se mantuvo la lucha entra las dos simientes: la vida y la muerte. Aunque la muerte llegó sin remedio, Dios prometió que de la simiente de la mujer saldría quien aplastaría la cabeza de la serpiente y traería de vuelta el dominio de la vida. Es decir, abrió la esperanza de la salvación de aquella terrible situación, desde el primer momento, cuando maldijo a la serpiente: "Enemistad pondré entre ti y la mujer, y entre tu linaje y su linaje: él te pisará la cabeza mientras acechas tú su calcañar" (Gn 3,15).

Preguntas para el diálogo:

  • ¿Cómo es el amor de Dios?
  • ¿En qué consiste el pecado?
  • ¿Cuál es la gravedad del pecado?

 

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