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1. El diseño original del hombre

"Creó, pues, Dios al ser humano a imagen suya, a imagen de Dios le creó" (Gn 1,27)

Soñando. Cuando los hombres reflexionamos sobre nuestra vida, nuestro destino, nuestras capacidades… a veces nos permitimos cierta rebeldía ante las limitaciones que nos coartan tantas posibilidades, y soñamos con una vida distinta, imaginamos un mundo en el que no hubiese hambre, ni guerras, ni enfermedades, ni muerte, ni malentendidos, ni temores, ni dolor, ni tristeza, ni mentiras, ni injusticias,… Algunos soñadores han perseguido e intentado vivir en algún grado sus utopías, y otros dedican sus vidas a luchar por la erradicación de algunos de los males arriba mencionados. Para muchos hombres a lo largo de la historia la imaginación y el sueño de otra forma de vida han sido una vía de escape ante la dura experiencia del día a día, en el que han afrontado crudos dramas personales y sociales que muchas veces los hombres calificamos de "inhumanos".

Pero esta capacidad del hombre de soñar y perseguir algunos de estos sueños sobre una vida mejor no es algo que nos conduzca por caminos de simple fantasía. La rebeldía natural del hombre ante los males y el sufrimiento es parte del diseño original del hombre, porque Dios no creó al hombre para sufrir, ni el mal entraba en los planes de nuestro Creador.

Hombre, made in… Dios, cuando creó al hombre, no soñó, sino que estableció verdaderamente al hombre en un estado de equilibrio, de felicidad interior y de armonía con lo que le rodeaba. Dios es bueno, el sumo bien, en él no existe malicia o engaño. El salmista le decía al Señor: "eres bueno y bienhechor" (Sal 119,68). Él es intrínsecamente bueno, y sólo puede hacer el bien.

Como Creador perfecto y lleno de amor por su creación, Dios no creó al hombre con ninguna deficiencia o limitación que le supusiese un sufrimiento, sino que lo creó para la felicidad.

La única verdad es que Dios es nuestro Creador, como dice el salmista: "Él nos ha hecho y suyos somos" (Sal 100,3).

La segunda parte de esta afirmación nos introduce en una poderosa verdad: Suyos somos. Somos de Dios, no sólo como nuestro Creador y origen, sino como nuestro destino. Si el hombre fue creado para la felicidad y el bien, éstos no podían existir en otro lugar sino en Dios mismo, que es el bien supremo y perfecto. Dios hizo al hombre especial, capaz de vivir en comunión con él, o lo que es lo mismo, capaz de disfrutar de la plenitud del gozo y el bien, en Dios.

El poder de la vida. Dios dotó al hombre al crearlo de una serie de capacidades y dones, con los que el hombre podía dirigir su vida sabia y rectamente y no perder así el estado de felicidad en el que se encontraba.

  • Entre estas capacidades o cualidades de la vida de la que el hombre disfrutaba según Dios lo creó, estaba la incorruptibilidad. En la experiencia humana no había lugar para la enfermedad, la corrupción, o la muerte, puesto que la incorruptibilidad y la inmortalidad eran el diseño de Dios para el hombre: "Dios creó al hombre para la incorruptibilidad, le hizo imagen de su misma naturaleza" (Sb 2,23).
  • La vida que Dios otorgó al hombre no terminaba ni decrecía, sino que era un continuo crecimiento y aumento de gozo y conocimiento en la comunión con Dios. En el nivel físico, esto se traducía en fuerza y vigor.
  • Otra de las cualidades del hombre según lo creó Dios era la santidad. Para el hombre, "creado según Dios, en la justicia y santidad de la verdad" (Ef, 4,24), era muy difícil cometer algún acto injusto, por el grado de moralidad, de ecuanimidad y el estado de justicia que conocía y que era lo natural en él. Pero además el hombre estaba preservado de ejemplos e influencias negativas que le eran ajenos, como tradiciones o costumbres impías o mundanas o las tendencias pecaminosas de la carne.
  • El hombre no conocía nada de esto último, ni tenía necesidad de nada, pues disfrutaba de todo lo que necesitaba para ser feliz, y estaba contento y satisfecho con ello, pues "Dios hizo sencillo al hombre" (Qo 7,29).
  • El hecho de que el hombre no conociese la injusticia o el mal, no quiere decir que fuese ignorante, antes al contrario, el entendimiento humano tenía una claridad meridiana, una capacidad extraordinaria de penetrar los misterios, de indagar y conocer la verdad, una tremenda capacidad de comprensión, lucidez, intuición y visión: "hasta alcanzar un conocimiento perfecto, según la imagen de su Creador" (Col 3,10).
  • En cuanto a la los sentimientos y emociones, el hombre gozaba de un perfecto equilibrio emocional, no sujeto a estados de ánimo cambiantes en función de las circunstancias, ni limitado por sentimientos heridos o enfermos. El hombre gozaba de estabilidad y dominio propio, es decir, el hombre no se encontraba dividido, sino que las potencias inferiores estaban sometidas a las superiores, de forma que el espíritu gobernaba el alma y el cuerpo, y éstos colaboraban según lo que el espíritu y la voluntad del hombre marcaban.
  • Esta integridad y dominio propio hacían al hombre capaz de dominar y gobernar con justicia la tierra, que Dios colocó bajo su autoridad: "Apenas inferior a un dios le hiciste, coronándole de gloria y de esplendor; le hiciste señor de las obras de tus manos, todo fue puesto por ti bajo sus pies" (Sal 8,5-6).
  • Pero por encima de todo, la capacidad y el estado de amistad y comunión con Dios que el hombre disfrutaba hacían de su vida algo sublime y gozoso, recibiendo y compartiendo el amor de Dios.

En resumen, cuando Dios creó al hombre: "todo estaba muy bien" (Gn 1,31), enfatizando así la palabra de Dios el estado en que se encontraba el hombre y con el que colaboraba el resto de la Creación en la tierra, puesto que no existía en ella desorden, como dice el relato del Génesis: "vio Dios que estaba bien" (Gn 1,25). El amor de Dios Creador alcanzaba todo y traspasaba todo: "Amas a todos los seres y nada de lo que hiciste aborreces, pues, si algo odiases, no lo habrías hecho" (Sb 11,24).

A imagen y como semejanza de Dios.

El hombre es el resultado de la voluntad de la Trinidad: "Hagamos al ser humano a nuestra imagen, como semejanza nuestra" (Gn 1,26).

  • La expresión "a imagen de Dios" revela cualidades que el hombre comparte con Dios: es un ser personal, espiritual, inmortal, inteligente, con conciencia de sí mismo, dotado de libre voluntad, con capacidad emocional, creatividad, autoridad, justicia, santidad, y también un ser capaz de amar y recibir amor en una relación plena con los otros iguales y con Dios, así como Dios es Uno y Trino, en relación de amor. Además de estas cualidades, esta expresión revela sobre todo la relación especial que Dios establece con el hombre entre todas sus criaturas. Sólo el hombre puede decir: "El soplo de Dios me hizo" (Job 33,4).
  • La expresión "como semejanza de Dios" nos indica que el hombre no es Dios, pues él es infinito y eterno, sino que comparte con él algunas de sus cualidades al modo de criatura, sobre todo con una gran diferencia: la capacidad de perder algunas de estas características. Pero por esto mismo Dios quiso que el hombre, libremente, pudiera dialogar con él y tener intimidad con su Creador, dando así un valor especial a esta relación, y por tanto un valor especial al hombre, capaz de relacionarse así con Dios.

La otra posibilidad. Todo lo que hemos descrito suena realmente muy idílico, pero se trata ni más ni menos que del estado del hombre en el Paraíso. Había realmente otra posibilidad, que era perder ese estado, no porque Dios lo desease sino porque quiso hacer libre al hombre, y por tanto con capacidad de escoger y experimentar las consecuencias de sus decisiones y elecciones. Por tanto, dependiendo de la libre elección del hombre, podía permanecer en ese estado, gobernando la tierra y sometido a Dios y en comunión con él, o desobedecer a Dios. Las consecuencias de esta segunda elección desencadenarían el mayor drama que han contemplados los siglos. Sin embargo, siendo la voluntad de Dios seguir amando al hombre y que su plan perfecto según el diseño original se realizase, el amor de Dios hacia el hombre le llevó a establecer un maravilloso plan de redención. Desde entonces, el bien y el mal siguen librando una batalla de cuyas dimensiones los hombres no somos conscientes, pero en medio de la cual nos encontramos y en la que nos jugamos nuestra vida… y nuestra muerte.

Preguntas para el diálogo:

  • ¿Consideras que los hombres suelen soñar con un mundo verdaderamente feliz? ¿En qué consisten los sueños de los hombres cuando piensan en la felicidad?
  • La Biblia revela que Dios hizo al hombre sencillo, ¿qué crees que significa esta expresión?
  • ¿Por qué crees que tiene un gran valor para Dios la libertad del hombre?

 

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